Buenos Aires se ve, tan susceptible

Por Miguel Blasco

  • Título: El año del desierto
  • Autor: Pedro Mairal
  • Editorial: Emecé Editores
  • Lugar y Año: Buenos Aires, 2005

No me atrevería a llamarlo exactamente una “tendencia”, pero sí que es cierto que de un tiempo a esta parte no paro de encontrarme novelas y cuentos de escritores argentinos en los que el telón de fondo es la destrucción completa o parcial de la ciudad de Buenos Aires, su deformación o su transfiguración más o menos aberrante.

El primer caso lo hallé en el fabuloso cuento Las cosas que perdimos con el fuego de Mariana Enríquez —que da nombre a su no menos fabulosa colección de relatos de terror—, un cuento oscuro, muy punk, en el que personas anónimas comienzan a prenderse fuego y a quemar también, de paso, la ciudad.

El segundo caso fue El aire de Sergio Chejfec, en la que el protagonista observa perplejo cómo las azoteas de la capital bonaerense comienzan a poblarse creando una especie de ciudad paralela en las alturas. Una variación inquietante la plantea Fogwill en su novela póstuma La introducción: Buenos Aires como una megalópolis pija llena de campos de golf, gimnasios, centros de belleza, donde, entre otras cosas, ha desaparecido misteriosamente la miseria.

Con El año del desierto, Pedro Mairal se lleva las palmas. Estamos ante una destrucción metódica, calle a calle, barrio a barrio. Un mapa que se borra. La premisa es sencilla: la intemperie —una misteriosa erosión que derruye todos los edificios que encuentra a su paso— está “subiendo” desde el sur de la provincia hasta la Capital. Lo que antes eran bloques de apartamentos, ahora es terreno baldío.

¿Y qué ocurre ante tal amenaza en una urbe de quince millones de habitantes? Se desencadena el caos. Un caos con ecos a Ensayo sobre la ceguera de Saramago que se desgrana o se refleja en una serie de peripecias personales y colectivas en la que los prejuicios prevalecen pese a que el mundo se desmorone.

La elección de una narradora muy cándida, María, responde a un doble propósito: la mayoría de las aberraciones las va a perpetrar el género masculino (María es testigo de su brutalidad y estupidez), y esa primeriza ingenuidad o candor va ir dejando paso, abyección tras abyección, a un nuevo espíritu cínico. Así, ciudad y protagonista se van desintegrando; arquitectura y moral se minan, reflejo de la atrocidad del hombre, que siempre es un lobo para el hombre.

Por suerte, Mairal nos da respiros. No es solemnemente sádico como Saramago en su fábula invidente, pues salpica el relato con toques de humor y fabulosos guiños literarios: ¡Aparecen por sus páginas los dos hermanos protagonistas del cuento Casa tomada de Cortázar!

La segunda parte de la novela ligaría mucho con La carretera de Cormac McCarthy, pura fantasía de peregrinaje post-apocalíptico con toques de western, pero Mairal le resta brutalidad o juega a un salvajismo menos áspero. Así, por ejemplo, se da el hallazgo de una arcadia feliz que nos viene a sugerir que, al final, los más felices no son los que más tienen, sino los que menos cosas necesitan.

El año del desierto es uno de esos libros cuya mayor falla es que en determinado momento se le pone punto final. Uno se encuentra tan a gusto en su lectura que podría seguir las peripecias de María indefinidamente.

¿Qué está pasando entonces con esta serie de narradores que se regodean en la destrucción de Buenos Aires? ¿Se anticipa la literatura a una catástrofe inminente? ¿O son más bien metáforas de la crisis, de la situación actual? Ahora que recuerdo, podríamos encontrar un referente a todo esto en la imaginación desbordante de César Aira, quién se ha encargado varias veces de destruir su ciudad natal, Coronel Pringles, o de asediarla por hordas de zombis y extraterrestres.

—¡Ah, pero Buenos Aires es tan “bescha” que la pueden destruir todas las veces que quieran!— concluye una amiga porteña y pronuncia “bella” a la manera en que sólo por esos lares saben hacerlo.

 

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