Ni Netflix ni Hollywood

Por Miguel Blasco

 

  • Título: Visitation Street
  • Autor: Ivy Pochoda
  • Editorial: Malpaso
  • Lugar y Año: Barcelona, 2013

 

No son pocos los que aseguran que la gran narrativa norteamericana ha pasado del cine a las series, y basta echar un vistazo a las carteleras para comprobar que, efectivamente, Hollywood se ha vuelto a transformar en un barracón de feria, proclive a las más diversas mutaciones del género de súperhéroes y demás pajillas escapistas de redoblón palomitero e ideología metida con sutil o no tan sutil calzador.

Ante este panorama aciago, aquellos que le damos cierto valor a nuestro tiempo y no deseamos ver una película —buena o mala— estirada cual chicle bíblico durante el suplicio de no sé cuántas temporadas, nos hemos refugiado en la literatura, que nos regala de vez en cuando títulos como Visitation Street de Ivy Pochoda. ¿Se parece leer Visitation Street al hecho de ver una película? Pues, apelando un tanto a la imaginación de cada uno, me atrevería a decir que sí.

Desde luego, la autora toma como referente un clásico cinematográfico, en este caso del cine italiano. En La Aventura (1960) de Michellangelo Antonioni el punto de partida es una desaparición. Un grupo de amigas salen de excursión a las islas del Egeo y al regresar a la península descubren que falta un miembro del grupo, Anna. De pronto, la trama de la película realiza un hábil requiebro y, mientras cualquiera pensaría que los protagonistas van a comenzar una investigación para hallar a Anna, de lo que trata La Aventura es de la historia de amor que surge entre dos de los personajes de ese grupo.

Visitation Street toma esta idea tan jugosa y la amplía. Lo que a priori tiene toda la pinta de ser una novela policiaca, la típica pareja de inspectores tras la pista de una muchacha que desaparece en el primer capítulo, muta o deja paso a un precioso fresco del barrio neoyorquino de Red Hook, desde el punto de vista de un amplio abanico de personajes que entraron en contacto directa o indirectamente con la desaparecida. La tensión se genera a través de varios peligros sociales que ponen en jaque al barrio: el proceso de gentrificación del mismo, o la llegada al puerto de numerosos mega cruceros comerciales.

La descripción del tejido social de este barrio es absolutamente maravillosa y se apoya en un refinado uso del diálogo para dar voz a una serie de personajes cercanos y verosímiles. Al grado que si uno les pone el rostro de Kevin Bacon, de Octavia Spencer, o del actor/actriz de su preferencia, puede ir al cine desde casa sin pagar entrada.

Ivy Pochoda escribe desde las imágenes al tiempo que las reinventa en la mente del lector. Impresiona cómo le toma la temperatura al barrio a partir de cuatro certeras pinceladas: “En un extremo del parque se alza la antigua fábrica de maletas, ahora convertida en lofts; en el otro, el primer proyecto de bloques de pisos y, en medio, el campo de batalla de aficionados al baloncesto y amantes de las barbacoas. Los bancos del parque están llenos, algunos se han convertido en improvisados estudios de grabación para aspirantes a raperos cuyas rimas se ven ahogadas de vez en cuando por el ruido de los coches. Chicas embutidas en ropas fosforescentes que parecen regalos de navidad se congregan alrededor de los bancos, dando saltitos y siguiendo el ritmo”.

El uso del diálogo desenvuelto —como si una grabadora estuviese escondida debajo de la barra— queda fresco en lo literario (me vienen a la mente otros dos grandes maestros: John Cheever y Richard Price), como en esta conversación:

—¿Mi licor es demasiado bueno para ti? —dice El Sucio—. ¿O acaso tú eres demasiado bueno para él?

—Ni una cosa ni otra. —Jonathan se bebe el vasito de un trago y lo refresca con Coca Cola.

—Bueno, Maestro, ¿seguimos ilustrando a las colegialas? —El Sucio adopta un tono de viejo verde que exige atención.

—Tú deja en paz a mis alumnas.

—No me las follaría ni con la polla de otro.

Ese comentario hace reír al carcamal.

—Nunca me han puesto las colegialas, ni siquiera en mis buenos tiempos —afirma El Sucio

—¿Les das de reglazos cuando se portan mal, Maestro?.

Lo cierto es que la novela norteamericana no puede ser sustituida por ningún formato audiovisual, porque en sí misma, pese a tener rasgos cinematográficos, despliega una viveza que ninguna adaptación a otros formatos sabe transmitir. Posiblemente Visitation Street terminará convertida en película o en serie, igual que lo han hecho con otros libros de la autora (Mistic River), pero el placer de sumergirse en sus páginas es ya en sí mismo una experiencia sumamente cercana a lo fílmico, pero infinitamente superior.

 

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