La descomposición del yo

Por Carlos Jáuregui

 

  • Título: Apreciable señor Wittgenstein
  • Autor: Adriana Abdó
  • Editorial: Tusquets
  • Lugar y Año: México, 2017

 

Hay libros que se incrustan en nuestra mente como un recuerdo forzado. Disfrazados de folios inocentes, atacan aquello que consideramos la cordura cotidiana. En Apreciable señor Wittgenstein, la mexicana Adriana Abdó (Ciudad de México, 1963) nos sumerge en una libre interpretación de la biografía de Georg Trakl, poeta austriaco que luchó toda su vida contra la depresión y las adicciones. Contada a modo de “manuscrito encontrado” y a través de la narración epistolar, el libro relata la pesadumbre y los devaneos de los supuestos últimos siete días de Trakl en un hospital psiquiátrico antes de que se quitara la vida con una sobredosis de cocaína.

Desde la primera carta, Trakl expone su desesperación por sostener un último y anhelado encuentro con su hermana Gretl y con Ludwig Wittgenstein, quien con los años se convertiría en el reconocido filósofo que todos conocemos. A través de los textos, Trakl va meciéndose entre un pasado por igual amable y tormentoso, y  en un presente trágico, decidido y resuelto.

En las epístolas predominan imágenes aciagas y lacerantes, acompañadas por efímeros episodios de inmaculada felicidad (condición propia de un insalvable adicto). Su visión del deseo, la mojigatería de la época, el autodescubrimiento del ser y la compañía constante de la melancolía se plasma en cada uno de sus poemas, revestidos de un espesor sofocante.

Trakl tuvo que lidiar constantemente contra su salud mental, las adicciones y los convencionalismos sociales; prueba de ello es la relación incestuosa con su hermana, palpable en sus poemas decadentes, siempre cargados hacia la depresión que enaltecía a la soledad, abrazaba al suicidio y acusaba la irracionalidad de la guerra. Un expresionista al máximo de la descomposición del yo y de la angustia.

En el libro, la precisión con la que un Trakl atormentado describe el sentimiento común de vergüenza en un niño (aun cuando a esa edad se carece de vocabulario para expresarlo) es cruda y verosímil. El resto de sus epístolas se desplazan por ese fangoso trayecto hasta concluir que estar vivo es sobrevivir y que la soledad absoluta, por su dimensión, debería llevar un nombre propio para distanciarse de la soledad común.

El poeta cuida celosamente sus instrumentos de escritura y en cada línea va desbordando a la par felicidad y abatimiento hasta el trágico final. Abdó consigue a lo largo de doscientas páginas que el lector encarne la dolorosa existencia del poeta austriaco. Su visión derrotista llega a ser tan insidiosa, que el mismo narrador necesita tomar aire en gratos recuerdos infantiles, siempre protagonizados por su eterna y prohibida enamorada.

El pasaje más relevante de la obra se manifiesta cuando Trakl comparte el instante exacto en que, aún siendo un niño, entiende que el mundo está inmerso en un profundo dolor y condenado a la soledad. Este evento marcará el momento en que la toma de conciencia lo convierte en un “ser oscuro”, un yo perdido y por ende, vacío.

“Considero una maldición que la humanidad en su conjunto posea tan poca consciencia de la degradación que sufre mientras camina por la vida. Innegable es que la realidad está cegada por los mismos acontecimientos que la componen. El ser se desintegra en ellos. Por eso renegamos de los tropiezos. Una incongruencia lamentable.”

A la autora podríamos quizá recriminarle un uso excesivo de frases clichés sobre el tema del poeta maldito, pero la lectura es tan intensa y apasionante que incluso pasamos por alto el exceso por el bien de la narración, ya que su principal acierto es inducirnos a pensar que estamos leyendo al mismo Trakl, desde su solitario confín en el psiquiátrico. Así, Apreciable señor Wittgenstein llevará al lector a adentrarse al tortuoso mundo del poeta, quien se entregó de lleno a hurgar entre las almas perdidas de su interior para autodestruirse y sentir el pálpito de un universo convulso.

 

bio Jáuregui

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