Réquiem para Tabucchi

Por Guillem Borrero

 

  • Título: Réquiem
  • Autor: Antonio Tabucchi
  • Editorial: Anagrama
  • Lugar y Año: Barcelona, 2006

 

Confieso que cuando siento languidecer mi entusiasmo por la vida sólo me es preciso abrir el delgado volumen de Réquiem para recuperarlo. Sé que es extraño que precisamente un réquiem, una plegaria a los difuntos, haya de ser mi antídoto contra el desánimo, pero es culpa de Antonio Tabucchi (Pisa, 1943 – Lisboa, 2012), que sabe atrapar lo que para muchos es inefable. Veamos la magia de este Réquiem:

Bajo una morera, el narrador dormita. Probablemente piense en Pessoa. En lo mucho que le hubiera gustado coincidir en época con él, y en lo que, de ser así, le hubiera dicho. Tabucchi no lo dice, pero yo lo imagino fabulando con el mejor modo que se conoce de dirigirse a los que ya no están. Entonces sucede lo imposible y el tejido de la realidad se rasga y por esa abertura la morera desaparece y de repente estamos en un muelle de Lisboa. A todo esto nada parece salirse de la naturalidad. Nuestro narrador, un tal “yo”, tiene un día por delante antes de que llegue el momento de la cita nocturna con su poeta muerto. Un día de gracia para escribir su réquiem con pasos.

A partir de ese momento lo acompañamos por las calles de una Lisboa mítica, negociando falsas camisas Lacoste con gitanos, comiendo el tremebundo sarrabulho, o jugando al billar con el maître de una improbable Casa del Alentejo. Una ciudad desierta, de adoquines ardientes y porterías de pensiones frescas, con balancines y señoras en batas de flores abanicándose y suspirando los sofocos del mediodía. Una Lisboa que hoy día duele, como duelen todas las ciudades que han muerto de éxito y de las que tanto nos gusta pensar que en algún momento no fueron un escaparate, que su falta de pretensión en la forma fue su forma. Esas ciudades, esa Lisboa, no existen, son cadáveres por los que pululan enfebrecidos y muy poco poéticos turistas. Por eso este libro también es, por lo menos, un doble réquiem, un canto a dos difuntos.

La sensibilidad de Tabucchi, si bien es usual en sus obras, en Réquiem alcanza una cuota de refinamiento difícilmente superable. Cada palabra ocupa un puesto preciso en el mecanismo del texto. Bien engrasadas, bien encajadas, las piezas activan el engranaje y abren un espacio de excepción poética, un paréntesis abrasado por la canícula del julio lisboeta del que emana sacro respeto de plegaria.

En este sentido, es reseñable el maravilloso contraste que Tabucchi emplea para fascinar: mientras cada párrafo es sobrevolado por la inminente amenaza de un desvanecimiento de la realidad, también cada página está al alcance del aroma de platos suculentos devorados por personajes que hablan desde las tripas de la vida. La cuidada combinación de lo prosaico y lo metafísico contribuye a agudizar la atmósfera del sueño que empapa todo el texto.

La destreza de Tabucchi, así pues, radica en la pirueta de lograr escribir un sueño, o “una alucinación”, subtítulo del libro, como un ejercicio de funambulismo entre el abismo de la cursilería y el de la abstracción vanamente elevada (ambos productos indigestos) y salir exitoso. El equilibrio de saber qué decir, qué callar, es difícil. Los de estómago literario delicado, agradecemos mucho la maestría de un escritor que, como Tabucchi, es una boya de salvación en el mar de indigestión del panorama literario hegemónico.

A los viajeros, a los que se mueven por el espacio y  a los que se desplazan por el tiempo, estas páginas, fieles al título, os ofrecerán el deseado “reposo” que ansiáis. Tabucchi merece que alguien le escriba un Réquiem como el que él escribió a Pessoa, a Lisboa, y por extensión a Portugal. Quien conozca a algún autor que lo haya hecho, por favor, que me lo haga saber, por lo mientras, le dedico este texto.

 

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