Corrido vilamatiano

Por Miguel Blasco

 

  • Título: Impón tu suerte
  • Autor: Enrique Vila-Matas
  • Editorial: Círculo de Tiza
  • Lugar y Año: Barcelona, 2018

 

Desde luego, si un día me encontrara con don Enric Vil-Amat le diría: ¡Yo a usted le he vendido mucho! En el fondo, es lo mejor que se le puede decir a un escritor, dejémonos de jerigonzas críticas y pinches fajitas de libro gratuitamente elogiosas: al escritor, al escritor amado, hay que publicitarlo, recomendarlo, ser una miss o mister Amazon en potencia, regalarlo, leerlo en voz alta con la persona querida, citarlo, llevar sus libros de paseo, dejarlos expuestos en inverosímiles rincones, pedirlos en las bibliotecas, leerlos en la ducha, mancharlos, esturrearlos, apuntar en los márgenes, comprar otro, otro más, piratear masivamente sus epubs o incluso rogarle a la ganadora del campeonato mundial de boxeo femenino que imprima su firma en un ejemplar suyo y hacernos el correspondiente selfie junto a ella con la correspondiente cara de no saber quién es Vil-Amat. Es otro astro del boxeo, le aseguramos,

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Todo esto es cierta-ficción o no tanto: yo lo vendí mucho y lo recomendé encarecidamente a mis clientas durante un periodo de mi vida muy grato en el que estuve ejerciendo de librero ambulante en la Puerta de las Pesas, donde más bien puede que hiciera el flamenquín en el barrio más flamenco de Granada, el Albayzín, Albayzín of inwit, que diría Joyce y mi carnal Alejandro Espinosa: que se laven y se froten si a alguien le picara, a tres pesos los vendo, a tres pesos le vale, si les parece caro, compren cacahuates. Ése fue mi lema y, en un país del que nos quejamos de la falta de lectores, vendí muchos.

Ahora que deambulo por otros rumbos me da placer que la editorial Círculo de Tiza haya compilado artículos de Vil-Amat bajo el sugerente título Impón tu suerte, dado que habría sido un perfecto reclamo para vender auto-ayuda literaria entre mis queridísimas clientas, algunas de ellas, tan afines a títulos olvidables como El poder del ahora, Trabaja tu mente, La fuerza del karma, Monta tu empresa, Sondea tu ego o Amazon viene: 101 maneras de evitar lo que Saramago predijo en La caverna. (Y disculpen que reitere lo de Amazon, pero si hoy hay una hidra de siete cabezas que viene dispuesta a fagocitarlo todo, esa es la empresa gringa).

Batallitas aparte, batallas en las que mañana pensaré en ti, don Enrique, le diría a usted sinceramente que junto al citado agente doble del MI6 don Javier y su compadre el bullanguero Révez Per, junto a nuestro amigo nunca muerto don Robert B., junto a Isaac Ro y Sara Me, junto al grandísimo Orejudo y junto a toda la inmensa parroquia de autores latino y americanos, irlandeses, argentinos, dominicanos, franceses… (el etcétera sería interminable) que usted ha reseñado siempre generosamente y, por supuesto,  junto a tres o cuatrocientas escritoras que realmente son muy guapas pero no acostumbran a salir en la foto, todas y todos ellos, bajo su influjo, me han dado, al menos, de beber. Mil gracias. Sacié mi sed literaria y lo que te rondaré, morena, puesto que los libros de Vil-Amat no se acaban nunca: son el pistoletazo de salida para comenzar a rastrear otros libros, sólo en el presente volumen hay literatura para un año largo y ahora me voy a por Teju Cole, Lydia Davis, Tom McCarthy, Dana Spiotta, Andrei Biely, Sonia Hernández, Elizabeth Smart o J.R Moehringer.

He consultado con mucha gente de Albacete –puede sonar extraño pero en esa localidad residen los más sesudos conocedores del campeón de los pesos pesados disfrazado de peso pluma- y me confirman que muchos artículos del presente volumen ya aparecieron en prensa. Para mí Impón tu suerte es el Vila-Matas que me he perdido, el Vila-Matas que ha estado sonando desde que pasaba mis años más felices en el verdadero sanatorio de Herisau: segundo camino de tierra a manderecha subiendo desde Órgiva dirección Cañar (Las Alpujarras); una temporada que no hubiese sido posible si allá por 2005 o 2006 no hubiese leído Doctor Pasavento, en cuyo interior encontré un boleto, una invitación para practicar por esos lares el siempre confortable mito de la desaparición. Lo que parecería un paréntesis en mi biografía (y más bien un “alejarse del mundo para comprender mejor el mundo”)  hubiese sido de veras imposible sin esa providencial lectura, sin ser sacudido por el meteorito Walser y ser pequeño y hacerme más pequeño aún por esos pueblos en los que se ha detenido el tiempo y que parecen líquenes blancos incrustados a la roca. Dediqué mi tiempo a la lectura y cuando salió Aire de Dylan, Kassel no invita a la lógica o Mac y su contratiempo encontré en todos ellos mensajes secretos en los que de manera indirecta su autor parecía estar diciéndome: vas por el buen camino, muchacho.

Por no hacer spoiler —aunque Vila-Matas es difícilmente espoileable— de entre toda la borrachera literaria que Impón tu suerte nos brinda, de entre todas las cuestiones de rabiosa actualidad que nos plantea, rescataría una en la que me he visto fuertemente espejeado. Y es la más impertinente: ¿de qué trabaja realmente don Enrique? Él mismo se arriesga en su artículo Las citas descolocadas a compararse con “los trabajadores africanos que vienen a esta ciudad de provincias francesa” (Montpellier). Ellos —dice— han venido aquí a trabajar igual que yo. Bravo, don Enrique, alguien debía decirlo por fin fuerte y claro: el verdadero trabajo intelectual es exactamente igual de equiparable al trabajo físico y más hoy día que hasta al más aberrante engendro de la manada le esgrimen una excusa laboral cuando su padre o su tía o una señora del barrio que lo conoce aparece en televisión argumentando: No, no… ¡pero él es un chico muy trabajador! ¿Qué quiere decir eso? ¿Es el trabajo manual alienante, el ser un esbirro de la ley, el ser un peluquero que en realidad vende farlopa, un valor en sí mismo, algo que puede salvar a un ser en cuyo maquillaje “laboral” se esconde un Monstruo?

Ah, don Enrique, cuántas ganas tengo de alejarme de eso que llaman “civilización” y regresar a un cielo iluminado únicamente por estrellas. Y eso que acabo de llegar. Impongamos nuestra suerte por última vez: alguien, necesariamente, ha de hacer de Lector, alguien debe boxear contra los cada vez más frecuentes impositores del cerrilismo, desde su insobornable chimenea melvilleana, alguien tiene que pasear, viajar, regresar y contar qué hubo de bueno, alguien nos tiene que regalar la cita de arriba y tantas más.

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