Los dominios del Dios blanco

Por Guillem Borrero

 

  • Título: Mandíbula
  • Autor: Mónica Ojeda
  • Editorial: Candaya
  • Lugar y Año: Barcelona, 2018

 

Mandíbula transcurre en una pequeña ciudad de Ecuador en la selva amazónica y da cuenta de la historia de una profesora, la pubescente alumna a la que secuestra y la pandilla de muchachas a la que pertenece la víctima . En la narración ―escrita desde una tercera persona tan íntima que llegamos a confundirla con la voz de un yo― se despliegan con abundancia de detalle los conflictos internos con los que cada una de las personajes está lidiando: una profesora obsesionada con la madre a la que odia; un grupo de púberes jugueteando con las enseñanzas de Sade; una época en la que la inocencia no está reñida con la perversión.

No exagero al considerar el texto un paulatino descenso a los infiernos de cada personaje. Pero los infiernos que Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) cartografía con vocación de espeleóloga no están debajo de sus personajes, sino que están en ellas, en todos nosotros. Más exactamente: son una de nuestras partes constituyentes. No es que los contengamos, es que somos esos infiernos. Y aquí reside una de las más valiosas y apabullantes lecciones de la novela: no tenemos que ser necesariamente malos para albergar lo que la tradición ha dado en llamar “el mal”.

El modo de poner palabras esa realidad subyacente es, sin lugar a dudas, el gran reto que Ojeda se plantea. De modo que su literatura se convierte en una apuesta por palabrar lo inarticulable, eso que rehúye a las palabras y anida en lo más hondo de la sima humana, esa experiencia que rebasa al lenguaje. La buena noticia es que la autora lo consigue por medio de una poética memorable :

Un ataque de pánico es como quemarse en el agua, caerse hacia arriba, helarse en el fuego, caminar en contra de ti misma con la carne sólida y los huesos líquidos.

Como solución al eterno problema de acercarse lingüísticamente a lo inenarrable, Ojeda propone la fundación de un nuevo lenguaje encargado de alumbrar esas oscuras y analfabetas zonas. A través de éste, transita temerariamente los límites de lo vivible y de ello resulta un ensanchamiento de los discutibles límites de lo narrable. Llegados hasta aquí, no debe sorprendernos que a lo largo del recorrido el lector se vaya enfrentando a los mismos desafíos que Ojeda asumió al escribir el texto. ¿Qué pasa con hacer textos estéticos cuyo contenido es condenable? ¿Es culpable el autor por escribirlo, o el lector por sentir gozo estético al afrontarlo?

Cada vez que Fernanda escuchaba las historias de Annelise, llenas de pelos y encías y leche y madres e hijas y cultos adolescentes y rituales, se sentía aliviada de que su madre no fuera nada parecida a la de su mejor amiga.

                       De que no tuviera una dentadura tan blanca.

De que no tuviera una voz igual que uñas afilándose contra su frente.        

Me sigo preguntando a quién recomendaría Mandíbula, a qué clase de lector, ¿uno vegetariano?, ¿uno carnívoro?, ¿uno omnívoro? Difícil decirlo. No se lo recomendaría a esa clase de gente que solo quiere divertirse, entretenerse, tal vez aprender, pero eso sí, aprender aquello que no haga tambalear su visión del mundo. Gente que no quiere retos, que no quiere incomodidad. ¿Saben de qué hablo? Pues a esos lectores, sean vegetarianos o carnívoros, desde luego, jamás les recomendaría Mandíbula, menos aún Nefando, la primera novela de Ojeda. Seamos sinceros: Mandíbula no es una lectura cómoda, el mar de fondo y las gaviotas revoloteando por el cielo. No es una lectura que imprima rosa a la vida. Pero atención, tampoco es una lectura que inyecte horror, porque el horror ya estaba ahí; en todo caso desvela y no retira la vista.

Entonces, ¿qué es Mandíbula? Una arriesgada propuesta para aceptar sin complejos aquello que somos y nos repugna y horroriza pero que, paradójicamente, nos atrae.  Leed Mandibula, pues, con la disposición a abismaros en vosotros mismos. Pues cuando su lectura os desgarrare y se abra una honda sima en el pecho, deberéis abrir los ojos. Solo los valientes no los cerrarán.

 

Guillem Borrero bio

 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Issa Garla dice:

    Extraordinario libro, horrorizante y revelador, blanco y negro…

    Me gusta

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