75 años de un clásico ignorado

Por Raquel Verdugo

 

  • Título: Dos damas muy serias & Placeres sencillos
  • Autor: Jane Bowles
  • Editorial: Anagrama
  • Lugar y Año: Barcelona, 2009 (1943 y 1966)

 

Dos damas muy serias es una novela perturbadora. Jane Bowles la escribió en 1943 convencida de su mediocridad. La autora sólo terminó tres obras: esta novela, un libro de relatos titulado Placeres sencillos y una obra para títeres. Indica Truman Capote en el prólogo: “Mi única queja contra la señora Bowles no es la calidad de su obra sino simplemente la cantidad”. Y es que objetar acerca de la calidad sería subrayar la propia estupidez. Por eso cuando digo que es perturbadora no lo hago a modo de queja sino de alabanza: Es difícil que, sin pantalla de por medio, el lector tenga que apartar la mirada y suplicar benevolencia.

El trabajo de Jane Bowles ha pasado al cajón de las obras catalogadas como “de culto” y su escasa popularidad se atribuye casi siempre a esta condición. Nadie dice que ya a los veintipocos años esta mujer era una celebridad en los círculos artísticos de Nueva York por la extraña frialdad de su primera y única novela. Lo cierto es que la señora Bowles era considerada un producto extravagante nada propenso a la catalogación. Sorprendía en sociedad su dominio de cuatro idiomas, entre ellos el árabe, y la indefinición de su tendencia sexual. Era reconocida por su particular aspecto, el cual Capote describió a detalle:

“Jane, con su cabeza como una dalia, con su corto pelo rizado, su nariz respingona y sus ojos de un brillo malicioso, y algo alocados, con esa voz suya tan original (un áspero soprano), sus ropas de muchacho, su figura y su leve cojera, es más o menos la misma que era cuando yo la conocí hace más de veinte años: ya entonces evocaba al golfillo eterno, tan atractivo como el más atractivo de los no adultos”.

Dos damas muy serias está compuesta por relatos interconectados que cuentan la vida de dos mujeres pudientes, la señorita Goering y la señorita Copperfield. Ambas tienen un carácter comprensivo e inocente que, a ojos del resto, las asemeja a lo que dicta el título. Sus identidades están completamente opacadas por su clase social y su condición de mujeres. Ambas tienen que hacer un gran esfuerzo para sobreponerse a lo que “son”, a veces incluso en contra de lo que verdaderamente desean.

“Admitamos que cierta negligencia en la propia naturaleza logra muchas veces lo que la voluntad es incapaz de hacer”, reflexiona la señorita Goering. Bajo esta premisa afronta sus excursiones nocturnas. En ellas, pretende entablar amistad con las personas que más inquietud le despiertan y disfruta, a su manera, de la animosidad a la que la arrojan las nuevas situaciones. No tiene miedo porque la búsqueda de la sinceridad en los actos no siempre es agradable y para lograrla se obliga a salir de su zona de confort.

“No sabes cuántos actos verdaderamente monstruosos se cometen en nombre de la mediocridad”.

La frase anterior se la dice a uno de sus últimos amigos cuando se despide de él. La señorita Goering se regocija en el sometimiento emocional que logra con sus nuevas relaciones y, cuando se ha procurado debidamente, siente unas ansias terribles de huir justificándose siempre en un afán superior.

Por su parte, la señorita Copperfield viaja a Centroamérica y allí conoce a una prostituta panameña por la que desarrolla un apego enfermizo. Conseguir la felicidad terrenal la lleva a abandonar a su marido y las facilidades de su vida conyugal. Lejos de tratarse de una historia de superación, la angustia por controlar a su amante la deja exhausta y fuera de sí. Está perdida en su deseo y es incapaz de abandonarlo.

“Nunca había sufrido antes tanto como en aquellos momentos, porque iba a realizar lo que siempre había deseado. Pero sabía que esto no la haría feliz. No tenía el valor de oponerse a la realización de sus deseos”.

La mayor parte del texto se desarrolla entre diálogos. El lenguaje participa de una sutileza expresiva que, a priori, parece monótona, pero que realmente está obcecada en extraer la auténtica esencia de las contradicciones humanas. La riqueza emocional de los personajes resulta incómoda porque sus decisiones son impredecibles. Pero cuando comprendes por primera vez a un personaje femenino de Jane Bowles ya no puedes dejar de empatizar con ella.

Los personajes masculinos son vulnerables y, paradójicamente, esta fragilidad se subraya en ocasiones a raíz de peticiones o comentarios despiadados. Todos son circunstanciales y, sin ser obvios, presentan una similitud: incluso cuando intentan obrar con bondad necesitan sobreponerse de manera desesperada a cualquier sutileza que haga peligrar su autoestima. La violencia de esta novela se hace evidente antes por el efecto corporal que el lector percibe en sí mismo que por la exhibición de motivos aberrantes.

“Les diré simplemente que mañana por la noche traeré aquí a una joven, y es mi deseo que todos ustedes la quieran sin reservas: esa joven, caballeros, es como una muñeca rota. No tiene ni brazos ni piernas”.

El viaje de autodestrucción que emprenden estas dos mujeres es una travesía íntima narrada desde el sarcasmo. Ninguna de ellas puede dominar su incapacidad para la obediencia y su única manera de salvarse requiere la humillación. Para dilucidar sus auténticas identidades prefieren subyugarse  antes de que lo haga el medio en el que se relacionan, aunque eso implique un mayor dolor en ciertas circunstancias.


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Este patrón se repite en Placeres sencillos. Se trata de una recopilación de seis relatos y una obra para títeres exquisitos. Capote alaba en especial el cuento Camp Cataract, que: “Tiene en su corazón, y como corazón, una sutilísima comprensión de la excentricidad y del aislamiento humanos”. En realidad esa descripción serviría para definir el resto de los títulos. Todos están narrados en una tercera persona que se acerca a los personajes hasta introducirse en ellos y exhibir sin piedad sus miserias.

El lenguaje de Bowles permea la realidad y se construye por medio de imágenes íntimas. Estas imágenes se sobreponen y van configurando en la imaginación del lector la textura concreta de una atomósfera. En muchas de mis lecturas, los autores que fabrican complejos libros a nivel intelectual han fracasado en introducirme al simulacro de la realidad humana. Jane Bowles alcanza ambos méritos sin necesidad de entretejer tramas policiacas ni enrevesadas.

Dos damas muy serias y Placeres sencillos demuestran que un lenguaje directo y natural puede sugerir argumentos complejos y tortuosos. “Los actos de violencia, por lo general, se ejecutan con desenvoltura”, añadiría  la señorita Goering, mientras se toma una copa tranquila y despreocupada.

 

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