He aquí un amigo

Por Miguel Blasco

 

  • Título:  Diarios (1999-2003) – (2004-2007)
  • Autor: Iñaki Uriarte
  • Editorial: Pepitas de calabaza
  • Lugar y Año: Logroño, 2015

 

“He estado en la cárcel, he hecho una huelga de hambre, he sufrido un divorcio, he asistido a un moribundo. Una vez fabriqué una bomba. Negocié con drogas. Me dejó una mujer, dejé a otra. Un día se incendió mi casa, me han robado, he padecido una inundación y una sequía, me he estrellado en un coche. Fui amigo de alguien que fue asesinado y fue enterrado por los asesinos en su propio jardín. También conocí a un hombre que mató a otro hombre y a uno que se ahorcó. Sólo es una cuestión de edad. Todo eso me ha sucedido en una vida en general muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos”.

De unos meses a esta parte tengo la inmensa fortuna de estar empalmando uno tras otro una serie de libros excelentes. Al igual que los servicios secretos dispongo de fuentes fiables y también es cierto que unos me llevan inevitablemente a otros. Espero que la racha continúe. De hecho, me acababa de leer los Aforismos de Lichtenberg y empecé con los Diarios de Iñaki Uriarte un pelín descreído, ¿otro libro de opiniones, ideas, iluminaciones? Cuando llegué al párrafo arriba citado ya no puede parar de leer, los dos tomos, de un tirón, el que va de 1999 al 2003 e inmediatamente después el segundo, del 2004 al 2007.

Mi sensación final ha sido similar a esa película tan divertida —Buddy, Buddy— de Jack Lemmon y Walter Matthau, que en España se tradujo algo así como He aquí un amigo. Conforme iba avanzando en la lectura la cosa empezó a tomar visos de conexión paranormal o extraña epifanía puesto que he descubierto lo que con cierta cursilería se suele denominar un alma gemela, uno de esos escritores de los que J.D Salinger decía que le encantaría poder llamar por teléfono a menudo y charlar con ellos de cualquier cosa. Para empezar, estoy completamente de acuerdo con más del noventa por cien de las opiniones e ideas que arroja Iñaki Uriarte, lo que es mucho decir en un libro que se construye básicamente a partir de reflexiones vagas e imágenes rotundas.

Todo el libro sigue esa tónica de sinceridad desarmante, de estudiado desapego, dosis de sana socarronería, maravillosa ligereza con la que se toma su propia escritura: “Hace diez años empecé a tomar apuntes en un cuaderno y a pasarlos luego al ordenador. Y después hacer un resumen, citarme, reírme de mí, criticarme y avergonzarme”.

Es un libro con el que además —igual que con Buddy, Buddy— se pasa de la sonrisa a la risa y de la risa a la carcajada. El momento en el que Uriarte recuerda haber estado ligoteando en la entrega de unos premios toda una noche con Letizia Ortiz antes de que fuera princesa/reina, ¡y qué hubiese sido del futuro de España si la cosa hubiese ido a mayores! O cuando recuerda sus cambios de nacionalidad, de la española a la norteamericana (y viceversa), debido a cuestiones militares.

En esa línea, su comparación de los nacionalismos con la adicción a las drogas me pareció brillante, irrebatible (“y también es cierto que si uno es comedido puede estar consumiendo heroína o cocaína toda una vida”). O su tremenda lucidez cuasi visionaria de lo que iba a suceder en Cataluña (¡lo predice en 2003!).

Ha sido un fin de semana maravilloso compartiendo su miedo a convertirse en opinador profesional, su rechazo frontal a cualquier tipo de fama, el cariño para con su madre, las adicciones superadas y las que permanecen: su pasión por los gatos, el gusto por los hoteles con piscina, su descreimiento del sistema universitario, cierto rechazo hacia el ejercicio físico, la certeza de que nadie va muy lejos cuando conoce la alegría de volver a casa. Y sus gustos literarios, con los que también comulgo plenamente.

Ahora, lo que más me ha impresionado es su visión sobre el trabajo. Para que nadie se lleve a engaño, en las primeras páginas confiesa: “En 53 años no he conocido a nadie que viva con mi sistema. Sin trabajar y con una renta pequeña”. Más adelante puntualiza que básicamente vive de alquilar los pisos de una casa que le tocó en herencia, recibir estrenas por su cumpleaños y de trabajitos ocasionales poco despeinantes que le han ido saliendo aquí y allá (reseñas culturales en periódicos, presentaciones; en su juventud redactaba artículos para enciclopedias), no ha tenido que depender jamás de jefes, horarios (“¡Cuantos años de mal humor me habré ahorrado!”). Fascinante, ¿no? Fascinante sobre todo porque esa holgura le ha permitido convertirse en el verdadero pensador que es, aparte, intuyo que por ahí andan algunos escritores que siguen ese método y no se atreven a revelarlo en sus escritos; hay mucho privilegiado, es un tema antiguo, yo mismo conocí al hijo del presidente del Valencia Fútbol Club y al nieto del dueño de Mercadona, adolescentes millonarios, y eran unos perfectos zoquetes, sobre el particular con cuanta auto-ironía satiriza Iñaki sobre aquellos que le han etiquetado de señorito, (“sí, puede que me vieran como señorito, pero un señorito algo rebelde”).

No caeré en ese tópico de afirmar que a mí de mayor me encantaría ser Iñaki Uriarte —porque nos separan treinta y pico años; eso estaría bien haberlo dicho hace diez, yo también empiezo a peinar canas— pero casi. Estos Diarios son un gran canto a la amistad al tiempo que tienen algo de llamada urgente hacia una necesaria ampliación del círculo de amistades.

No sé si Iñaki fue plenamente consciente pero en la mayoría de casos, abomina de casi todos sus amigos . Y ojo, que entre sus camaradas se encuentra la plana mayor de la literatura española, políticos, editores, pintores. Habla bien de él —ya que en el fondo Iñaki es bastante cabrón, un cabrón que cae muy simpático— es que cuando la rajada es mayúscula omite sus nombres y se refiere a ellos como X, B, S o V. Cuando la cosa no pasa del chascarrillo, del tirón de orejas o de la batallita sonrojante, suele poner el nombre real.

Capítulo aparte merecen sus elogios a un lugar tan extravagante como Benidorm. Y ahí se da otra coincidencia: yo también veraneé allí de pequeño, con mis abuelos, luego nos trasladamos a “la más tranquila” Denia. Las páginas que dedica a la vida de la ciudad vacacional y a la playa de Levante han conseguido que me entren ganas de regresar, ciertas descripciones de las calles, el paseo marítimo, el mirador, “¿por qué parece siempre tan abarrotada la playa? ¡porque se filma con teleobjetivo!”

De largo, el autor más citado y comentado en los Diarios es Borges. Empatado con Montaigne pero diría que gana Borges. Y el caso es que venía yo esos días de ver dos películas sobre el argentino: Jorge Luis Borges, una vida de poesía de Fernando Arrabal y Harto the Borges de Eduardo Montes-Bradley. La primera me pareció una patochada, una de esas películas que hay que ver ebrio u alucinado; la segunda, una genialidad que muestra cómo desde Argentina se trató de convertir a Borges en una vedette cultural, en un símbolo patrio para desactivarlo.

Continuamente se queja Iñaki Uriarte de que se está haciendo viejo. Le puedo asegurar que nada más lejos de la realidad: sus planteamientos vitales, su filosofía, su manera de ver el mundo lo acercan más a un millenial (sin los archiconocidos vicios y taras millenials) que a un tipo de su generación. Miro a mi alrededor y ojalá tuviera más amigos como Iñaki.

 

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