Novelas góticas para el otoño

Por Pavel Granados

 

  • Título: Los albigenses
  • Autor: Charles R. Maturin
  • Editorial: Valdemar
  • Lugar y Año: Madrid, 2016

 

Tengo numerosos altares literarios erigidos para los autores que más admiro, pero ninguno tan alto como aquel en el que tengo a Ann Radcliffe. Y eso que han pasado muchas, muchas lecturas entre sus novelas y yo.  Los misterios de Udolfo y El italiano han quedado atrás. Sin embargo, casi todo estremecimiento literario lo mido con base en ellas. Son las responsables de las grutas que tiene mi pensamiento, de las cosas misteriosas que me atraen: bosques sombríos, castillos inmensos, voces de ultratumba. No creo ser el único. Todo aquel que ha pasado con emoción por las novelas de misterio, desde Frankenstein a La caída de la Casa Usher, algo le debe a Radcliffe.

En fin, ella no es el tema de esta nota. Hablaré de uno de sus menores epígonos, Charles R. Maturin (1782-1824). Y como para mí, todos son menores que ella, no culpo a este autor de nada. Al contrario, es casi una falta de respeto lo que afirmo porque no he leído Melmoth el errabundo, de 1820, la cual es considerada la cumbre de la novela gótica. Hablo sólo por mi experiencia, soy abogado de mis propios estremecimientos. Y pienso que Maturin sabía que ya estaba todo dicho en este terreno, así que su novela Los albigenses, la última de las que escribió, aparecida el año de su muerte, se aleja del mundo gótico: es un gran mural histórico que retrata el siglo XIII. Es tal la distancia que existe entre el autor y la época que narra, que pareciera no existir relación de ninguna especie, como si fuera un capricho para escribir libremente.

La personalidad de Maturin y de su tiempo no estaban siquiera esbozadas; sin embargo, la época de los albigenses, es decir, de los cátaros, la más célebre de las herejías, da mucho que pensar, pues la novela retrata a un pueblo lleno de devoción. Evidentemente, Maturin está de su lado, de la autenticidad de su creencia. Y aporta una visión que devuelve a los albigenses una existencia que la Historia les ha quitado. No vemos, en efecto, personas, sino mapas sobre los cuales Maturin nos pinta el avance de las tropas cristianas. La novela, por otra parte, no acaba donde termina el relato de este pueblo. Si el lector no supiera por otros medios que la cristiandad exterminó de raíz este pensamiento, con sus acostumbrados métodos inhumanos, pensaría que es posible una reconciliación, un entendimiento entre las dos culturas. En ocasiones, mientras leemos novelas históricas, vivimos una indignación que no es la nuestra.

 

Pavel Granados bio

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