El río del olvido

Por Guillem Borrero

 

  • Título: El río del olvido
  • Autor: Julio Llamazares
  • Editorial: Alfaguara
  • Lugar y año: Barcelona, 1990

 

Imagino al autor de El río del olvidoJulio Llamazares, (Vegamián, León, 1955), enfundándose unos guantes de seda o haciendo una plegaria a la diosa de lo efímero y hermoso justo antes de ponerse a escribirlo. O en compañía de un café negro, sentado sobre una piedra que recibe el primer rayo de la mañana, a la que le llega el susurro de alguna cascada cercana. Tal es el cariño y delicadeza que emanan de sus páginas.

Crónica de un viaje realizado en el verano de 1981, el libro fue redactado casi diez años después empleando las caóticas notas tomadas durante el transcurso. El narrador es un viajero sin nombre, sin rostro, sólo voz. El escenario del viaje, el paisaje de la sierra de León, acribillada de nombres que parecen cantados por Santiago Matamoros en alguna batalla de la larga reconquista: Valdorria, Redilluera, Pardesivil. El objetivo del viaje no es otro que caminar, desde la desembocadura hasta el origen, el río en el que el autor pasó todos los veranos de su infancia, recuperar los recuerdos eternizados en un paisaje que apenas cambia.

Durante la narración pocas cosas pasan, fuera de un pueblo de piedra tras otro de teja negra, los pasos crujiendo sobre el ardiente camino, la respiración agitada del viajero, mucho sudor en la espalda, conversaciones monosilábicas con solitarios habitantes de los pueblos que jalonan el camino, noches estrelladas y mañanas de resaca en las que no callan los gallos. En suma, ecos de la memoria que aún rebotan entre las montañas, pero que no hay manera de sujetar, de hacer propios, y que se van, se van y se diluyen.

El río del olvido es un desgarrado canto de amor a lo que irremediablemente ha de desaparecer. Un esforzado intento por fijar las aguas de un río que es como la memoria, fluyente e imposible de asir. El autor, como el viajero, como el lector, descubre que el olvido, a fin de cuentas, horada hasta la roca más dura. Sólo precisa de algunos milenios, y no tiene ninguna prisa. Que el recuerdo, como el río, siempre llegará al mar del olvido.

Es este uno de esos libros que conforme uno avanza en la lectura siente como si estuviera entablando sólida amistad con alguien. Son los libros-amigos, esos que uno se llevaría adonde fuera a modo de consuelo, a modo de perro que te lama las heridas. Llamazares es capaz de poner la punta de su pluma, metonímicamente hablando, en una roca caliente, en una breña árida, en la copa despeinada de un chopo, y hacerla llorar.

Su escritura incide en los puntos esenciales. Pareciera hecha de tierra y aire, agua y fuego. Pareciera interpelar al animal que nos habita, aquello atávico que de vez en cuando nos recuerda un pasado de barbarie que ha hecho posible este presente precariamente decente. La precisión descarnada de su prosa resigue la realidad en bruto, confecciona su representación como si en verdad levantara un alzamiento geofísico. Su virtud reside en la mesura, en la discreción, en la exactitud, la precisión, el rigor de la palabra exacta. Llamazares es un orfebre del lenguaje.

Con El río del olvido el paisaje de la sierra leonesa ya cuenta con un homenaje insuperable. Si uno sólo de los ejemplares de este libro sobrevive, también lo hará, transmutada por la subjetividad llamazariana, esa tierra. ¿Quién no quisiera un bardo así en el propio terruño para salvarlo de la arrasadora ola del olvido?

 

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