¿La mejor novela mexicana del 2017?

Por Carlos Jáuregui

 

  • Título: Temporada de huracanes
  • Autor: Fernanda Melchor
  • Editorial: Random House
  • Lugar y año: México, 2017

 

La novela de Fernanda Melchor (Veracruz, 1982) es en principio sencilla respecto a su línea narrativa, pues refiere a un crimen como cualquier otro que puede acontecer en México en nuestros días. Escrita en forma de novela de misterio, inicia con el descubrimiento de un cadáver flotando sobre el canal de aguas negras cercano a un poblado. A partir de dicho descubrimiento, la línea empieza a engrosarse y a escupir aristas cuando la autora otorga voz a los distintos personajes de la ranchería que de alguna manera tienen algo que ver con el crimen.

Los hechos ocurren dentro del ficticio y cálido pueblo costero de Matosas. Un lugar indiferente que bien podría ser cualquier localidad de nuestro México actual. Un sitio donde la vida, al igual que un cigarrillo, va ardiendo y se consume en un letargo perenne, donde la única opción viable de supervivencia es venderse o vender.

La identificación del cadáver descubre un robo malogrado y el asesinato de un personaje central dentro de la vida del pueblo: La Bruja, un misterioso habitante con historia y mito propio dentro de Matosas; por igual temida y venerada, y a quien los habitantes utilizan como punto de apoyo y válvula de escape.

La búsqueda de la explicación al perturbador suceso rompe con la otrora lenta y tediosa rutina de los pobladores y va deshebrando a través de la voz de los distintos actores  un adentramiento pringoso en sus vidas, desenmascarando sus verdaderas pasiones y repulsivos vicios, y peor aún, la reservada relación que guardan con la víctima.

Dos adolescentes, quienes por igual reciben golpes y abusos de todos aquellos que los rodean, ven como única opción para escapar de la ranchería encontrar el supuesto tesoro que, según cuenta la leyenda, existe escondido dentro de la casa de la Bruja. Envalentonado por la historias callejeras y por su apetito por el perico , Brando convence a Luismi de llevar a cabo el robo. Pero al plan original terminan por sumarse la pereza, los vicios, los celos y la traición.

Cuatro personajes han presenciado el asesinato. Y cada uno de ellos narra el relato a través de las historias de la familia de Luismi, que está irremediablemente condenada a hundirse generación tras generación. La perversión y los patrones típicos de una sociedad dominada por el machismo, la homofobia, la hipocresía, la sin razón y los vicios comunes, llevan al desenlace trágico en donde ningún habitante sale librado; y la única víctima es aquella que jamás tuvo un rostro.

“…ella misma nunca quiso decirles su nombre verdadero: decía que no tenía, que su madre nomás le chistaba para hablarle o la llamaba zonza, cabrona, jija del diablo, le decía, debí matarte cuando naciste, debí tirarte al fondo del rio, pinche Vieja, pinche culera, […] pobre Bruja, pobre loca, ojalá que de menos sí agarren al chacal o los chacales que le rebanaron el cuello.”

La muerte de la Bruja es solamente el punto de partida para sacar a flote no sólo la condición de vida de los habitantes del pueblo, sino los demonios incrustados en cada individuo. Con ello Melchor consigue embarrarnos contra nuestra voluntad de la vida de aquellos que se gobiernan a rajatabla con la necedad, la culpa, el abuso y la postración; causando una sensación inflamatoria similar a la de ver una película slasher, en donde se puede adivinar a kilómetros el error a punto de convertirse en condena.

La narración de Melchor no da respiro y se asemeja mucho al tradicional  corrido, no lleva un sólo salto de párrafo en sus más de doscientas páginas y es siempre acelerada, lo que contrarresta con la modorra y el hastió que invade a los pobladores. La novela está colmada de guiños a la tradición oral mexicana, en donde advertencia y sabiduría se transmiten siempre a través de la admonición y la leyenda.

El lenguaje es intencionalmente duro y soez, cargado de sexo, rabia e impotencia. Los diálogos de Melchor mezclan por igual insulto, odio y machismo; y es esto sin duda uno de los atinos de la autora. Los juicios y abusos que se dejan entrever en la interacción de los personajes reflejan la desesperación y violencia misma con la que conviven. De alguna manera esta dinámica compele al lector, si no a justificar sus acciones, sí a entender que estamos ante un panorama de vida yermo y aplastante.

“Loco, no me digas que nunca te ha mamado el picho un choto, decía el Willy, con la quijada trabada por la coca. No sabes de lo que te pierdes, loco, continuaba la Borrega; te hacen una chambota y encima te dan varo y te invitan la peda. Tú nomás cierra los ojos, decía el Mutante, y piensa en cualquier pinche vieja y disfruta la mamada, coño. ¿De verdad nunca te has culeado a un choto?, preguntaban, con sonrisas burlonas. ¿A un chotito tierno y apretadito que hasta gime como perrito cuando se hinca para chuparte los huevos? 

El espacio de Temporada de Huracanes es terriblemente desolador, un espacio seco, abierto, polvoso e incómodo que escuece la garganta. Matosas no es más que un caserío de paso sobre una carretera infestada de cabarets y moteles donde por igual habitantes, narcos, autoridades y camioneros se discuten a la puta más carnosa.

Con una perspectiva casi cinematográfica, Melchor nos adentra a imágenes que nos incomodan y causan arcadas, dentro de las casas de estuco y palma, plagadas de olores fétidos, insectos, tedio y culpa.

La vida del pueblo se refleja a través de los diálogos: el actor, victimario, los acompañantes y el resto de habitantes atestiguan quién es realmente el otro. Y el único personaje que no recibe voz —remarcando su carácter de alienado— es la Bruja. Los habitantes de Matosas se describen a sí mismos, lo que salpica todo de malentendidos y rencores.

El personaje de La Bruja es una fantástica mezcla entre Norman Bates, la leyenda de la Llorona y la protagonista de Hawthorne en La Letra Escarlata. Toda ella flota envuelta a la orilla del pueblo en un halo de misterio, en donde su ambigua presencia –desde sus largas uñas y vestidos negros, su velo fijo sobre el rostro y hasta su género– está confundido por la superstición de los pobladores de Matosas, quienes por igual temen y reverencian.

En el pueblo todo mal le es achacado y, no obstante, es visitada regularmente para pedir su ayuda, ya sea en dinero o en hechizos. Una “mujer atractiva y furcia” bajo el velo, que impone maldiciones y cura enfermos por igual, con atributos sobrenaturales que distraen la atención del verdadero infierno que rige dentro de Matosas.

En realidad, todos en el pueblo tienen tratos ocultos e intercambios con la Bruja, que a destajo otorga consejos, préstamos, encuentros sexuales, relaciones de amistad, etc., pero el inconsciente hipócrita y petulante de los pobladores, únicamente acepta su presencia en lo opaco:

“[fulanas y pirujas] las únicas a las que a veces la Bruja les confesaba sus propias cuitas, tal vez porque ellas comprendían y sentían en carne propia lo cabrón que era el vicio de los hombres, y hasta le hacían bromas y la cabuleaban para que se riera, para que olvidara los golpes y hablara…”

Melchor exhibe a nuestra sociedad actual a través de la figura de la Bruja y de los compinches de Brando y Luismi. El tono de la novela no deja de remolcarnos constantemente entre el asco y la risa: estamos ante el escaparate del verdadero México. Rebasado de violencia y de imposibilidad. Y el malestar refleja en los habitantes de Matosas la causa principal de nuestro yerro como pueblo: el absoluto cinismo de no verse a sí mismos y responsabilizarse, recargando la injusticia en la huida de los contratistas, en el calor insoportable, en la cercanía de los moteles y las putas, en los narcos que corrompen, en la Bruja y sus hechicerías. Cualquier descargo es válido para que las madres justifiquen a sus críos asesinos, para juzgar a las hijas, para que los hombres se tiren al vicio y sobrevivan de aire, todo está en manos de Dios y de un determinismo implacable.

Es por eso que la novela de Melchor es por igual triste y cómica. Estamos ante una dinámica que lleva demasiados años ocurriendo en nuestro país, mirando todavía hacia el pasado y hacia trescientos años del arrebato de un supuesto paraíso que nos dejó atrincherados en un subsuelo repugnante, sobre el cual Temporada de Huracanes arroja un lamento real y doloroso.

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