Fresco de la dictadura peruana

Por Raquel Verdugo

 

  • Título: Grandes miradas
  • Autor: Alonso Cueto 
  • Editorial: Ciudad de libros / Anagrama, 
  • Lugar y año: Lima, 2003

 

En el año 2000 torturaron y asesinaron al juez César Díaz Gutiérrez. La voz ejecutora de la orden fue la de Vladimiro Montesinos, asesor del entonces presidente del Perú, Alberto Fujimori. En Grandes miradas, Alonso Cueto (Lima, 1954) muestra el paisaje de turbación que este tándem siniestro dibujó en el país: una mezcla de ficción y realidad donde el odio, la vergüenza y la culpa traspasan las páginas. Y es que la prosa del escritor peruano jamás resulta inofensiva. Lo aclaró con La hora azul, novela por la que ganó en 2005 el Premio Herralde: “Toda literatura es un individuo, un hombre o una mujer, que rompe con la ley, la que sea, y entonces, en la ruptura y la transgresión, sabemos quién es realmente. En Adán y Eva no hay conflicto ni interés hasta que no llega la serpiente”.

El asesinato del juez Díaz Gutiérrez, que en la novela responde al nombre de Guido Pazos, es sólo el punto de partida. A partir de entonces, su novia, Gabriela, motivada por la necesidad de venganza, emprende una serie de acciones cuyas consecuencias van moviendo los hilos de la trama, creando un efecto dominó en el que, uno a uno, caen todos los personajes.

Para la escritura de Grandes miradas, Cueto decidió no ver los vídeos de las ejecuciones que a Montesinos le gustaba conservar. Prefirió capturar esa brutalidad a través de la palabra concisa. Las frases que usó, los gestos que escogió, la mente de ese famoso ególatra: mitad temido, mitad idolatrado. El oráculo de un presidente que ya no supo a quién pertenecía el control del Perú. Montesinos aparece en la novela como la mirilla por la que Fujimori se asomaba. En él depositaba la confianza para que el sistema se perpetuase, era considerado el arma corruptora del régimen. La pareja fatídica, Fujimori/Montesinos queda bordada con tal precisión que al lector le es posible construir con ellos una relación repulsiva. El asco como sinfonía de fondo.

La novela es una amenaza desde la primera línea. Lo anuncia el orden de las frases, la exactitud, la forma en la que la acción agrede a los personajes. Se saborea desde el inicio el estímulo de la literatura bien hecha. Las letras dictaminan, caen furibundas en imágenes. Pero los personajes ignoran sus destinos y descubren progresivamente el juego de complicidades en el que participan.

Los diálogos, indirectos y directos son el eje fundamental. Le dan un ritmo trepidante a la acción, la visten de oralidad. El habla cotidiana de Lima, “pata”, “terno”, “nomás”, “oye”, convierten la escritura en la crónica de una urbe. La concatenación de sonidos, de luces, del tráfico aparejado a la vida citadina, la visión ininterrumpida de rostros tras los vidrios, los taxistas en busca de clientes, algún que otro mutilado. La desolación de un pueblo domesticado por la corrupción.

“¿No te parece que todo el mundo maneja muy triste?, dice ella de pronto. Todos tienen cara de culpables de algo”.

En efecto, todos los personajes de Grandes miradas cargan con una culpa, la connivencia que implica que no los hayan mandado matar. La ambigüedad moral los salpica, se tienen que convencer continuamente de su bondad, un “lo hago porque la familia está por encima” envuelve sus pensamientos. El personaje de Gabriela reacciona a estos síntomas de culpa y experimenta una animalización, se convierte en una alimaña capaz de lo peor:

“Sus dedos largos, nudillos fuertes y uñas rojas, sus manos que parecen dispuestas siempre a aferrarse a algo, no son manos sueltas y colgadas, manos dispuestas sobre los objetos sino arañas encorvadas, buscando siempre cerrarse sobre algún objeto”.

La sensualidad del odio deconstruye la personalidad inicial de Gabriela. Grandes miradas podría ser la travesía interior de una mujer, la exploración de sus pulsiones más instintivas, la historia de alguien que clama venganza. En cierto punto Gabriela usurpa el papel del narrador y aprende a escoger las palabras exactas por sí misma, las que la conducen al lugar y al momento precisos del trauma para acabar, de una vez, con todo.

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