Retrato de un feminicida

Por Guillem Borrero

 

  • Título: Los Divinos
  • Autora: Laura Restrepo
  • Editorial: Alfaguara
  • Lugar y año: Barcelona, 2018

 

Los Divinos, de Laura Restrepo (Bogotá, 1950), se abre con una nota etimológica sobre la palabra “monstruo”. Por precaución, para que luego no diga que no se le ha avisado, se recomienda al lector que la lea como un augurio. Porque a continuación sigue la narración de un feminicidio ambientado en una sociedad, la colombiana, donde el horror, habiendo anestesiado al personal por exceso de exposición, tiene vía libre para campar a sus anchas.

No sabía yo, hasta dar con este libro, que hay sofisticadas jerarquías dentro de lo horroroso, que incluso allí dentro hay límites inviolables. Y resulta que sí: existen horrores tan atroces que incluso son inaceptables para el horror, digamos, de nivel medio.

El feminicidio real que inspiró el de esta novela fue un suceso de esa índole. Ni siquiera los más acostumbrados a la violencia pudieron asumir que un varón rico y atractivo escogiera como víctima a una niña pobre. ¿Por qué ella? El absurdo de cualquier respuesta a esta atroz pregunta, contra lo esperado, logró sacar a gran parte de la sociedad colombiana de su catatonia moral en diciembre del 2016, y la lanzó a la calle para protestar coreando unas palabras que, de tan usadas durante decenios, ya habían perdido su significado. Unas palabras que venían a reivindicar que aún quedaban cosas sagradas, cosas que no se podían mancillar impunemente, ni siquiera en el territorio del horror.

Con este sensible material, Restrepo ha construido una novela llena de aciertos. El primero de ellos, para empezar, reside en la elección de la voz narrativa. Apodado como Hobbit, el narrador es miembro del círculo de amigos íntimos del criminal. Pero con una sutil y crucial diferencia. Si bien Hobbit no pertenece por derecho propio a la exclusiva clase alta del resto de sus fieles amigos, sí asiste a su misma escuela privada y habla como ellos, sabe qué piensan y cómo hacen, qué les preocupa. La elección de Restrepo es perfecta; el modo cómo la desarrolla, además, no la demerita, ya que, como buena primera persona, las primeras cien páginas logran el milagro de la literatura: que empaticemos con alguien a quien de otro modo aborreceríamos.

El segundo elemento genial en la concepción del libro es su sabia estructura. Está dividido en seis partes, cada una de ellas focalizada en torno a uno de los protagonistas, pero siempre narrada por Hobbit. A medida que el lector se acopla al ágil ritmo del libro, se deja llevar, sin saberlo, por una suerte de sutil trayectoria orbital. En un inicio es inapreciable. De momento, estamos orbitando en las lejanías, vamos conociendo a los personajes. Poco a poco, de modo inexplicable, los más desagradables se nos van haciendo queridos; nos encariñamos con ellos. Y seguimos orbitando.

Por fin, llegado cierto momento, el lector olisquea algo raro y, con cierta alarma, se pregunta: ¿alrededor de qué orbita todo esto? La respuesta a esta pregunta debió haberla intuido en la cita inicial, o en el resto de augurios que fueron apareciendo de página en página. Porque lo que tira del lector es un agujero negro que ejerce su abismal fuerza, y le está arrastrando. Ya nos hemos dado cuenta de que esto no es sino un viaje al infierno y de que Hobbit es nuestro Virgilio, pero ya es demasiado tarde para, simplemente, odiar a los personajes.

El vuelco que da la narración nos lleva barranco abajo. El narrador atestigua cómo un amigo desvela su naturaleza monstruosa, mientras nosotros, los lectores, asistimos a su vez a la monstruosa mutación de uno de los personajes que nos habían robado el corazón con su afán de abrazos.

Y aquí reside la piedra de toque de Los Divinos, pues, como bien dice el director de Medicina Legal encargado del caso en la novela: no es un monstruo, es un ser humano. Y esa es la tragedia, que esto lo ha hecho un ser humano. Uno que, además, confiesa Hobbit: Se parece a ti, y a ti, y a ti, y en el fondo es idéntico a mí. En este sentido, la verdad incómoda que tiembla en las profundidades de Los Divinos la convierte en una novela hermanada con Nefando, de Mónica Ojeda (Candaya), en la que también alguien intenta encapsular el horror, alejarlo de lo humano, tildándolo de obra de un monstruo, no de un humano.

La espeluznante lección, así pues, se muestra al lector por sí misma: a la vista de que existe cierta faceta monstruosa inherente a lo humano, resulta crucial reivindicar una concepción plena de lo humano, una que contemple desde sus más virtuosas potencialidades hasta las más viles, y que sirva de base para un humanismo auténtico e integral. Solo así podremos aspirar a una humanidad, si no mejor, sí real.

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Lee un fragmento de la novela aquí.

 

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