EL CRACK-UP DE JOSÉ LUIS ZERÓN

Por Juan C. Lozano Felices

 

  • Título: Espacio transitorio
  • Autor: José Luis Zerón
  • Editorial: Huerga y Fierro
  • Lugar y año: Madrid, 2018

 

Por tercera vez me acerco con una reseña al mundo poético de José Luis Zerón. Esta vez con ocasión de su último poemario, “Espacio transitorio”, editado por Huerga y Fierro en una edición ejemplar, con la exquisitez a la que nos tiene acostumbrados la editorial madrileña.

Intentar glosar una obra como la de José Luis Zerón, con un sustrato tan rico en fuentes literarias, filosóficas, espirituales y simbólicas, siempre es empresa arriesgada, conlleva un reto intelectual y una implicación emocional. Además, creo que uno debe contar para ello con un conocimiento más o menos global de su trayectoria poética. Cosa distinta es su lectura. La coherencia y unidad del corpus poético de Zerón no obsta para que la lectura se pueda afrontar de forma independiente en cada libro que, por supuesto, tiene los perfiles diferenciados y concretos que resultan de un tiempo y unas circunstancias vitales determinadas.

José Luis es, desde luego, un poeta intemporal, alejado de modas y banderías literarias, y está conformando una obra poética que merece, por méritos propios, situarse entre lo más destacado del panorama nacional. Al contrario de lo que suele ocurrir con  un determinado tipo de poesía muy en boga, donde abunda lo previsible y lo plano,  no es el de José Luis un libro de  cómoda ni fácil lectura. En un tiempo donde se le exige a la poesía que sea legible y se acomode a alguno de los modelos imperantes, el poeta oriolano es plenamente consciente de haberse situado en un espacio difícilmente abordable, pero es su espacio. El poeta se enfrenta en él, no solo al problema de la alteridad, también a la incertidumbre y fluctuaciones del sujeto cognoscente y a implicaciones de orden alusivo y simbólico. Y acaba canalizándolo todo mediante un lenguaje tan feraz en intuiciones y percepciones que acaba liberando, al decir de Jung, “una fuerza más poderosa que la nuestra propia”.

Dos cualidades se hacen patentes en este poemario, que hacen de Zerón el gran poeta órfico que es: la capacidad de oír y el don de transmitir poéticamente aquello que le es, de algún modo, dictado. Como dice Valente, “el poema se presenta”. Esto es, la idea poética y el proceso de desentrañar, transfigurar y  representar, dentro de las posibilidades y limites del lenguaje. En este sentido, y muy acertadamente, en la entrevista que le hace Ada Soriano, José Luis alude a la etimología de la palabra centinela, un préstamo del italiano sentinella, derivado del verbo “sentire”, oír. O sea, aquel que está a la escucha, en un sentido valentiano y autoconsciente. Ello podría estar en la base del desarrollo estético de la poesía de José Luis y entra también en íntima conexión con el pensamiento de Walter Benjamin cuando dice que “la atención es la oración del alma”; reflexión ésta que también Zerón ha incluido alguna vez como parte de su poética. La poesía se convierte, bajo este foco, en vehículo para canalizar experiencias radicales.

En aras a un mejor juicio y una visión más amplia por parte del lector, creo necesario poner algo de orden en la cronología poética de José Luis Zerón. Me refiero, evidentemente, no al orden de publicación sino al de escritura. Los que tenemos la fortuna de conocer personalmente a José Luis y de frecuentar su caldero literario sabemos, por ejemplo, que la génesis de un libro como el presente no se corresponde con el momento que el autor vive en la actualidad sino con unas coordenadas temporales y unas circunstancias vitales muy determinadas, afrontadas en su momento y que dan como fruto este “libro negro” (Jordi Doce dixit) en la poética de Zerón.  Suele pasar con un poeta como José Luis, que escribe movido por una exigente necesidad con amplios espacios también de inactividad poética o silencio, en que se produce esa disonancia temporal entre lo escrito y lo publicado. Cuestión que ni desmerece ni rebaja en modo alguno una obra de tan alto voltaje lírico.

Vayamos con la cronología. El poemario “Sin lugar seguro” (Ed. Germania, Alzira, 2013) comienza a fraguarse a finales de 2009 y se concluye a finales de 2010 pero antes de su publicación incluye tres poemas más, escritos en 2011.  Durante el transcurso de 2010, esto es, de forma simultánea a la concepción de “Sin lugar seguro” escribe  “La sed del náufrago” que permanece inédito y supone el eslabón, espiritual y temático, con “Espacio transitorio” (Ed. Huerga y Fierro, Madrid, 2018), escrito entre 2012 y 2013. Luego, en el bienio 2014 -2015 escribe los poemas de “Exilios y moradas” (Ed. Polibea,  2016) que es, de momento, su último poemario escrito y publicado. Entre tanto, en octubre de 2017 aparece su obra de prosa poética “Perplejidades y certezas” (Ars Poética, Madrid 2016), cuya gestación se alarga desde 2000 a 2008, ya que éste se concibe como un cuaderno de anotaciones que, en un momento, decide cerrar.  Por último, el poeta acaba de poner fin a otro poemario inédito en el que ha estado trabajando durante 2018 y que, con el reconocimiento ascendente de nuestro poeta, imagino que no tardará mucho en ver la luz.

Establecida ya la cronología de lo que podemos llamar la obra de madurez de nuestro poeta, vayamos con el poemario que nos ocupa. Los 33 poemas que componen “Espacio transitorio” se conforman dentro de una estructura tripartita y una coda final, precedido todo ello por un prólogo del ensayista, poeta y traductor Jordi Doce, que conoce muy bien una poética tan compleja como la de Zerón y puede hablar con completa autoridad de su ya dilatada trayectoria. Un prólogo como éste, que lleva por título “La oscuridad del tránsito”, constituye siempre un pórtico de agradecer y hasta necesario, para conocer los  resortes y claves cardinales del poemario. Jordi Doce nos dice:

Ya desde sus primeros compases queda claro que estos poemas configuran una especie de libro negro, de quiebra o fractura donde la visión poética se despeña, abrumada por la sombra omnipresente del dolor y la violencia, el sufrimiento –propio y ajeno- , la angustia, la enfermedad…

También trae a colación Jordi Doce como referente, o más bien como guiño metaliterario, el título rimbaudiano “Una temporada en el infierno”, yo añado el fitzgeraldiano “Crack-Up”. En principio tenemos que atender a las circunstancias vitales y al estado anímico de José Luis Zerón en la época en que fue concebido este libro. Nos lo relata el mismo poeta en las ya aludidas entrevistas:

Surge en un periodo difícil y doloroso de mi vida en el que necesito tirar adelante casi sin asideros, pero sin perder la esperanza. Al mismo tiempo que escribo desde el dolor propio, desde un buceo interior, también lo hago preocupado por el sufrimiento de los otros, de los más desfavorecidos, de los desclasados. De modo que reúno poemas introspectivos, o llamémosle confesionales, con otros de corte social o comprometido.

Los títulos de los poemarios no son una cuestión de capricho estético en Zerón. No lo era “Sin lugar seguro” ni lo era “Exilios y moradas”, tampoco lo es “Espacio transitorio” que queda suficientemente justificado en las siguientes líneas. En Zerón, los títulos tienen un valor exegético al que hay que atender. Tampoco una portada como la de Ana Leonís puede quedar al margen. José Luis viene manteniendo desde siempre un control artístico global sobre su obra, incluida la portada de cada libro. No es baladí lo que digo, una portada debe estar en íntima conexión con el interior, como la puerta de acceso que es, junto al título. En esta ocasión, la ilustración, una acuarela de la citada artista, en la que vemos en primer plano el ojo de una cerradura, casi un agujero abierto en las tablas de una puerta tosca y sin trabajar que intuimos ya antigua, requiere necesariamente una lectura simbólica. Mirar por el ojo de una cerradura facilita la visión estrangulada de una realidad pero también permite enfocar, centrarnos en lo que importa, que es lo que abarca ese foco. Vemos en la acuarela de Leonís un camino que lleva a otra puerta, como de un templo,  detrás de la cual adivinamos un límpido cielo azul. El agujero, que en este caso podemos conectar con el ojo de la cerradura, es un símbolo de gran importancia en J. E. Cirlot:

Concierne, esencialmente, a dos planos principales: en el de la vida biológica, tiene poder de fecundación y se relaciona con los ritos de fertilidad; en el de la vida espiritual o transmundana, expresa la «abertura» de este mundo con respecto a otro.

En simbología, los caminos casi siempre tienen un componente salvífico, es decir,  son caminos de salvación que conectan dos mundos. Se trata de un recorrido iniciático en el que el poeta, sobrellevando el dolor propio y la compasión hacia el exterior, hará que vuelva  a salir a un cielo limpio y puro. Ese camino es el “Espacio transitorio” que aborda el poeta en un momento sumamente difícil, abatido por unas circunstancias adversas que le hacen situarse al borde del abismo de la depresión. Pero también, tras la apariencia de la cotidianidad y lo rutinario, se oculta una realidad que pasa por un momento ante nuestros ojos en los noticiarios y desaparece sin que detengamos la mirada. Alepo, Hula o Srebrenica son para nosotros lugares que ni siquiera sabríamos situar correctamente en el mapa. José Luis interpreta el dolor ajeno como carga que, unida a su propio sufrimiento, hará que la sintonía devenga en comprensión de la vida y de la propia naturaleza y se convierta en harmonía, donde la comunicación fluya en ambos sentidos.

En cuanto a su experiencia individual e interior (Valente nos dice que la palabra poética nunca te invita a una experiencia hacia afuera, siempre te llama hacia dentro) podría pensarse en una dimensión social, terreno no abordado hasta ahora por el poeta. Se trata, a mi modo de ver,  de algo más, de una poética que trasciende el ámbito de la denuncia para ofrendarnos una comunión del dolor propio con el sufrimiento ajeno, en una corriente empática. José Luis esgrime el dolor como fuente de conocimiento para trascender. Ya el estado anímico de José Luis, mediante la introspección, ha devenido filosofía y la filosofía, poesía. En esa lucha por no abandonarse a la nada, al sinsentido y al desapego, la pulsión poética de José Luis es más fuerte que su propio abatimiento y, pese al síndrome de lord Chandos reconocido por el poeta y que le hace cuestionarse la validez estética de lo escrito, sigue escribiendo casi al borde del abismo.

Entre estos poemas, situados en su mayoría en la segunda sección, “Extravíos”, tenemos el díptico “Los otros”,  “La niña de Srebrenica” y “Después de ver una fotografía que muestra a los niños asesinados en Hula”. En una de las citadas entrevistas, dirá el poeta:

“En éste he abierto más los ojos a la realidad poliédrica, dinámica, con toda su riqueza, su magia, su misterio, y también sus miserias y perversiones”.

Hallamos en la poética de Zerón una introspección casi schopenhauriana, a la que probablemente tampoco son ajenas la filosofía de Kierkegaard y “Del sentimiento trágico de la vida” de Unamuno. Glosa el autor de este modo el pensamiento de Unamuno: “Decía igualmente que por el dolor los seres vivos llegan a tener conciencia de sí, y tener conciencia de sí es saberse distinto a los demás. Y la distinción se alcanza a través del choque, pero también a través de la compasión”. No hay que olvidar la base etimológica de “compadecerse” que es “padecer con”. También, en los estratos de este poemario podríamos encontrar el pensamiento de ese demiurgio del pesimismo vital que es Emil Cioran, un autor al que tanto Zerón como yo mismo recurrimos frecuentemente, y quizás esto podría ser más aventurado por mi parte,  con el concepto del Übermensch nietzchiano.

En esta categoría, pero de forma más abstracta, encontramos el poema final del libro, “Réquiem”, que es uno de mis favoritos. El propio poeta comentó en la presentación que tuvo lugar en Orihuela, que este poema era coetáneo de un renovado interés por la escucha del “Réquiem alemán” de Brahms. Vale la pena incidir en esta correspondencia. Como sabemos, el Réquiem de Brahms es atípico, no es un Réquiem apocalíptico. Brahms deliberadamente huye del texto litúrgico para componer una obra cuyo objeto no es demandar la luz para los muertos, sino llevar el consuelo a los vivos. Es un réquiem humano, un réquiem para los vivos, a partir de textos bíblicos escogidos. Aunque este poema final del libro no se despoja de ese tono oscuro que predomina a lo largo del conjunto, sí parece servir de revulsivo para producir en el lector una toma de conciencia. Cabe aquí también volver a la equivalencia unamuniana, cuando el pensador bilbaíno nos dice:

“La vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción”.  

En lo referente a la estructura discursiva, vuelve Zerón en “Réquiem” a la forma versicular, una cadencia salmódica y casi profética que no le es ajena y a la que nuestro poeta parece acomodarse perfectamente. Encuentro en este poema algo así como una dolorosa luminosidad y una coda perfecta que sirve de eslabón con su siguiente poemario, “Exilios y moradas”.

La anacrónica pervivencia de la poesía en el siglo XXI nos depara sorpresas como la de este libro. José Luis Zerón  no es un poeta que se prodigue en demasía. Cada libro ha de tener su justificación y su periodo de maceración, en lo personal y en lo poético. No podemos pedir más a esta aportación de José Luis Zerón, ni en el fondo poético ni en la forma.

Lee algunos poemas de José Luis Zerón aquí

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Bio Juan Carlos Lozano (1)

 

 

 

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