¿El escritor nace o se hace?

Por Carlos Jáuregui

 

  • Título: La vaga ambición
  • Autor: Antonio Ortuño
  • Editorial: Páginas de espuma
  • Lugar y año: Madrid, 2017

 

¿Cuál es la necesidad de ser un mentiroso profesional?  ¿Qué crea el impulso primario de quien lo arriesga todo por contar su historia? Ortuño responde esto en seis breves relatos empapados de auto-ficción con  mordacidad ácida. La obra de Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976), ganadora del V Premio Ribera del Duero, se defiende por sí sola.  Los relatos que conforman esta breve e inclemente narración van mucho más allá de insistir en un tema tan habitual como lo es la naturaleza o el origen de la escritura.

Seis historias se acoplan y forman una sublime asíntota en la cual desvelan los distintos momentos de la vida de Arturo Murray (un escritor ficticio y alter-ego de Ortuño); fases que utiliza el autor para restregarnos todo aquello que conlleva el ser escritor en nuestros tiempos: las burocracias, las envidias, las pleitesías, el resquemor, el sacrificio, la prostitución y, sobre todo, la eterna duda que arrastra tener la “vaga ambición” de dedicarse a la literatura.

La narración de Ortuño siempre va cargada de sarcasmo, leerlo da la sensación de reírte de una tragedia ajena, como ver a alguien resbalar en la calle, sabes que no debes, pero es imposible evitarlo. Los relatos inician con una normalidad pastosa y simple, dando la impresión de estar leyendo una comedia o un cuento de aquellos en donde no pasa nada, hasta que un hecho rompe con tal fuerza que lo convierte en tragedia.

Murray es un sobreviviente de todo aquello con lo que Ortuño y miles de escritores lidian, a fin de despojarnos de la imagen pomposa y romántica del escritor consagrado, para presentarnos los vicios y miedos con los que cargan los literatos. Conforme avanza la narración, se van raspando capas de pintura interiores disparadas del inconsciente, que abren la compuerta al lugar más plúmbeo de Murray, en donde habitan no solo recuerdos sino los traumatismos que revelan sus cicatrices.

El primer relato, “Un trago de aceite”, es un ejemplo perfecto que acusa la génesis de Murray como escritor. Ortuño toma esta simple metáfora de vergüenza, y la convierte en algo monstruoso. El Murray de once años narra un fin de semana con su padre ausente. El  aburrimiento y el desconocimiento del menor se torna en una pesada bruma una vez que un hecho indecible irrumpe en la narración. Desde la visión del pequeño que no conoce de divorcios, alcoholismo, secuestro y abusos, el recuerdo lo comprime en imágenes y una sensación, la de tragar aceite (hacer lo que no quieres y aguantarte). De ahí, una promesa y un abuso da lugar al entendimiento muchos años adelante.

“—Tú escribes —dijo con lentitud y torpeza, como si la lengua se le hubiera quedado inmanejable.

No supe responder.

—Escribe esto un día. Un libro.

Me tomó la mano. Volvimos a mirarnos y pude recordar, a trozos, su cuerpo, su respiración. Señaló con la cabeza al salón principal.

—Que lo lean. Que arranquen las hojas. Y se las traguen.

Formalizamos en silencio la promesa.

Bajé y no volvimos a vernos.”

El siguiente relato secunda la línea del abuso, la violencia, el abandono y toca con deliciosa acidez la figura de la “venganza del escritor”, la misma con la que Cartarescu en Nostalgia proclama que el bullying recibido de sus compañeritos estaría justificado una vez que él llega a ser un prominente escritor y pudiera mirarlos desde su alto basamento, acusándolos y lapidándolos desde las alturas. La impotencia se convierte en ira.

Siguiendo la línea trágica de su personaje, Ortuño da un tratamiento sobre la miseria de tener doce años: donde no eres dueño de absolutamente nada y solo eres circunstancia, objeto y pretexto del resto. El personaje de Murray sufre el abandono del padre y la aprehensión a la madre, a la par de ser aterrorizado por su primo mayor, quien cierto día lo encierra en un ropero hasta el anochecer como burla de su condición de escritor.

“Serían las tres de la tarde. Mis ganas de llorar eran notables pero mayores aún eran las de contenerme y evitar que Carlos tomara el llanto, esa señal universal de cobardía, como un motivo agregado para aporrearme. 

Años después, se reencuentra con el primo abusador en el funeral de su madre, y las circunstancias de aquél lo obligan a pedirle ayuda económica, dejando de lado su violento y humillante pasado. Mientras Murray, aún escocido por los recuerdos, se debate entre soltar o vengarse definitivamente de su ofensor, paradójicamente se queda encerrado dentro de la funeraria recreando aquel nefasto aislamiento forzoso.

El final es perfecto pues Murray acepta ayudar al primo entregándole un cheque que lo sacará del apuro, y estando ya del otro lado del imperio, se debate entre soltar lo pasado y limpiarse el alma. Los mismos recuerdos lo llevan a convencerse que el encierro en esta ocasión es diferente, pues ahora tiene las letras (las armas) y el juego consta en decidir si ayudará al primo o no para adjudicarse el jaque mate.

“Llamaría al banco, reportaría el cheque de mi primo como robado. O no. Hay decisiones que deben meditarse a fondo. Las armas, buen señor, las armas o las letras.

Los relatos ahogan a Murray, quien se descubre como un ser distanciado de aquella idea romántica y preconcebida de lo que es dedicarse a las letras. En “Quinta Temporada”, a Murray se le presenta la oportunidad de integrarse a un equipo de “talentos” como guionistas de una serie popular. El apuro económico lo hace aceptar y descubre que “el que paga manda”. Paulatinamente, los consagrados literatos terminan por venderse para entregar un revoltijo de sexo, violencia y divagaciones que satisfacen a un público masivo y simplón.

Ortuño critica a destajo la auto-clasificación y jerarquía impuesta por los propios literatos, la imposición de pertenecer a cierto grupo, la excomunión de quien “no vive propiamente de la escritura” y la justificación de aquellos del gremio que no tienen reparo alguno en venderse, estancarse en un mismo nicho y veletear con tal de encontrar un sitio cómodo.

El escritor, que históricamente lleva la carga de irrumpir y criticar, termina sumido en la regla de oro, y recubre su piel contestataria bajo un elegante vestido de prostituta, revelando a un gremio falso, envidioso y putrefacto. La últimas líneas del relato, revelan la confesión secreta de Ortuño: “Estoy aquí. Atrapado. Todos en verdad lo estamos.”

En “El príncipe con mil enemigos”, Murray hace un recuento de las presentaciones fallidas, del tedio de la impartición de talleres infecundos, de las reseñas erradas y de las giras imprevistas que harían temer a cualquier vendedor nómada. En un foro municipal, tiene que enfrentarse a su propio ego cuando lo invitan a hacer una presentación de su obra y no sólo el autor se da cuenta de que nadie de los ya de por sí pocos asistentes lo conoce o lo han leído, sino que encima es abrumadoramente derrotado por un insulso cantautor adolescente, quien coincide en el recinto de su presentación. En una feria municipal tiene que lidiar con una colega del gremio, cuyo ramplón cuento erótico fulmina su participación. Y finalmente, en un programa de televisión, el presentador confunde su obra con un libro de crianza de perros que Murray lleva bajo el brazo. Ortuño pinta la humillación y la auto-crítica en un lenguaje plagado de imágenes por igual cómicas y amargas.

“Me decía que escribir era la vaga ambición de guerrear contra mil enemigos y salir vivo. Que me leyó y que supo que no debió permitir que la sacaran del combate. Que escribiera contra todos, me decía, y a pesar de todos. Que no les llevara paz sino la espada. Me decía que el enemigo estaba en todas partes y aunque yo estuviera cansado, solo, rodeado, había que marchar, marchar y pelear. Que pensara en ella, en la batalla. Que sabía que iba a poner los ojos en blanco al leer esta línea. Que dejara de hacerles caso a todos de una puta vez.”

Ortuño insiste en dos hilos conductores primarios que reaparecen en todos los relatos como fantasmas del pasado, y que les dan unicidad: el impulso del escritor, que lo arrastra a soportar una y mil derrotas, malos tragos, y la nostalgia y apego a su madre (a quien dedica la obra), quien es una presencia férrea que por igual lo acosa y que funge como promontorio contra la marejada, que lo obliga a no parar.

En “La Batalla de Hastings”, donde Murray imparte un taller de escritura a unos talentos imposibles, Ortuño divaga hacia el pasado y nos convence que ante mil enemigos, adversidad, mala paga y humillaciones, se puede subsistir a través de aquél cántico normando que entonaban los vencidos. A través de sus frustrados y neófitos alumnos, reconoce que es su sitio, y el de ellos, aunque carezcan de talento; pues solo siendo devastados e ínfimos es que pueden llegar a algo.

“Son hermosos si son pobres y escriben, como hice yo, desde el rencor. Y son maravillosos si son ricos y quieren librar la guerra de clases en la trinchera equivocada (y así, cuando son derrotados, ganan de todas maneras).”

En un arranque de sinceridad, Ortuño desvela que la belleza de dedicarse a escribir radica precisamente en dedicarse “a pesar de todo”. No existe condición óptima ni reglas, ni jerarquías ni mundos fantásticos, es guerra. Es simple y llanamente jugarlo todo con el vicio de un jugador compulsivo. No existe condición óptima ni reglas, ni jerarquías ni mundos fantásticos, es guerra y punto. Pues el escritor no crea, destruye mundos y corta gargantas. Debe portar por igual pluma y armadura para pulir, deformar y embellecer, pero, ante todo, mentir.

“Somos bardos mercenarios que escriben algo que escuchamos en otra parte para venderlo a los miserables que puedan pagar por él. Somos unos mentirosos que adornamos, pulimos, deformamos, embellecemos lo repulsivo y lo trocamos en presentable, incluso si intentamos reflejar el lodazal […] y si lo hacemos bien y contamos con algo de suerte, nuestra canción mercenaria será entonada y les llenará los ojos de lágrimas a los invasores del futuro, y los hará salir al campo arropados por la belleza y combatir como leones… o nos llevará a pelear con nosotros mismos.”

Ganar o perder –concluye– pero dejar un legado. No apagarse sino morir en el fango, no recibir un no por respuesta y jugártela hasta lo último, sin importar lo que cueste. Y para ello, alejarse de todo. De la arrogancia, de la envidia, de los obstáculos, del pasado imborrable y del futuro inexistente. Salir a la batalla y pelear, salir y cantar, salir y escribir, salir y mentir. No queda más para Ortuño (a través del somero cuarentón de Murray), que afinar  la naturaleza de la escritura, que consiste en seguir un impulso y alejarse de todo e ir contra todos; principios simples, pero no por ello fáciles. Arrancarlo todo de tajo como J.D. Salinger alguna vez aconsejó a la joven Maynard para evitar que se contaminara: “Escribe como si fueras huérfana”.

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