El atrincheramiento como escapatoria

Por Miguel Blasco

 

  • Título: La azotea
  • Autora: Fernanda Trías
  • Editorial: Tránsito
  • Lugar y año: Madrid, 2016 (Montevideo, 2001)
“¿Dónde terminaba la azotea y dónde comenzaba la nada?”

Hoy nos vamos al otro lado del Río de La Plata, a Montevideo, o a ese trasunto oscuro, indistinguible y levemente distópico de la capital uruguaya en el que Fernanda Trías ubica La azotea.

“El mundo es esta casa, dice Clara. El mundo es malo. Las calles son peligrosas y no se puede confiar en la gente. Así le fue a Julia. Por eso quise proteger a papá, aunque él nunca lo haya entendido”.

Pese a que Clara, la protagonista, vislumbre desde la terraza comunal del último piso esa urbe vagamente montevideana (y el libro funciona cual profecía, desde que fue escrito en 2001 hasta ahora, por desgracia, según me confirman varias uruguayas, la capital del Paisito se ha convertido en una urbe sumamente insegura), el espacio verdaderamente protagónico lo conforma su casa, un departamento en el que ella, su padre, su hija y un canario viven enclaustrados, y donde sobrevuela el fantasma del incesto, el fantasma del patriarcado y, especialmente, el fantasma de la locura.

Allá por 1987 Stephen King escribió una de las mejores reflexiones hasta la fecha sobre el fenómeno groupie fuera de todo control con su terrorífica Misery. La novela versaba acerca de un escritor de best sellers que tiene un accidente de coche en mitad de un paraje de alta montaña y lo salva una enfermera quien, cosas del azar, resulta ser su fan número uno. Durante toda la claustrofóbica narración lo tiene encerrado en su casa y hasta lo obliga a re-escribir sus ficciones.

En La azotea encontramos una paramétrica similar solo que quien se ha convertido en la cancerbera de un prisionero es Clara. Clara no deja salir ni al rellano a su padre, un padre viudo que literalmente se irá pudriendo entre esas cuatro paredes. Frente a ese padre que agoniza, frente a ese fantasma del patriarcado, el resto del elenco son mujeres: la propia Clara, su hija Flor, su vecina Carmen y las prostitutas que habitan en el piso de arriba. Aparecen más hombres: los policías que extorsionan a las prostitutas, el casero, algún vecino; todos pérfidamente prescindibles.

Mientras que en Misery el encierro provocaba grandes gestos, intentos de fuga, peleas, tortura, diálogos tensos, acción, Fernanda Trías ha optado por el minimalismo, por el monólogo interior rumiante, por la contemplación: fotografiar la imagen de unas raras flores de invernadero que progresivamente se van poniendo mustias; radiografiar con precisión todas esas amenazas que realmente vienen de adentro; el atrincheramiento como escapatoria, el coqueteo con la demencia, lo cansino de la maternidad, el vivir rodeado de desconocidos. Cosas que, pensándolo bien, podemos observar desde la azotea de cualquier ciudad deshumanizada, es decir, todas.

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