El crepúsculo de la auto-ficción

Por Anais Nine

  • Título: La noche de la pistola
  • Autor: David Carr
  • Editorial: Libros del K.O.
  • Lugar y año: Madrid, 2017 (2005)

 

Sin querer me ha salido una reseña múltiple acerca de tres novelas que me he leído estos días y en las que veo una clara interrelación. Vaya por delante que las tres me han agradado, las he devorado con cierta fruición. De lo que me he dado cuenta es que por aquí, hasta ahora, a ningún libro le han buscado realmente las cosquillas, parece que esta página tuviese como frase de cabecera —aplicada a Literatura— la máxima de François Truffaut: de las películas malas es mejor ni hablar. Y es que teniendo en cuenta la infinita variedad de obras maestras que una puede encontrar, mejor no darle publicidad a lo insípido, que también lo hay y mucho. Mejor volcar la cabeza, el tiempo y las reflexiones a lo que vale la pena o como diría otro maestro francés: “Ejerce tu labor crítica con suave prudencia pero con mano firme”.

La noche de la pistola me dejó una sensación ambivalente y percibí en ella un claro desequilibrio. Hablamos de una novela de 500 páginas en la que en las 250 primeras hay una historia espeluznante: la brutal adicción del propio David Carr a la cocaína y al crack, y cómo deambuló durante años por el auténtico filo de la navaja. El autor se quema a lo bonzo a trescientos sesenta grados, sus reflexiones sobre la droga son brillantes, aporta informes clínicos, fichas policiales (lo detuvieron más de una vez), fotografías de sus jaranas; el capítulo en el que deja a sus dos hijas encerradas en un coche de madrugada y va a pillar crack permanece en mi mente hasta ahora; le quitó dinero a varios amigos, se hizo dealer, maltrató repetidamente a su mujer….

En fin, 250 páginas de ¡aúpa!. ¿Y el resto? El resto es una historia de redención, pero una historia de redención con un tufo medio evangélico, su literatura se transforma en una especie de reunión de Alcohólicos Anónimos, en una terapia superacional, en una catequesis; lo que hace que el libro se convierta en un auténtico tostón infumable, en un tobogán hacia el aburrimiento hasta el punto del cuasi abandono. Las fotografías continúan, pero en esta segunda parte son de una familia feliz con paisaje de fondo cursi, y fotos de sus premios y sus portadas en un famoso diario. Se puede ser todo, menos un coñazo, decía Michi Panero; y a esta segunda parte un editor debería haberle metido tijera porque se hace completamente insoportable.

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Compartiendo tema y tono, sin movernos de la literatura del yo, aunque aquí el autor nos ahorra incluir las fotos de vigor para confirmar: ¡Eh, créanselo, yo soy el que les está contando todo esto, mírenme en la foto!… tenemos Cocaína de Daniel Jiménez. La balanza está más equilibrada: 150 páginas de adicción, 80 de redención y la redención sigue salpicada de la mala leche que impregna toda la primera parte, no hay esa dicotomía tan abrupta como en Carr, no hay predicador con micrófono ni resuenan coritos evangélicos. Los fallos son otros. Novela de escritor que no sabe sobre qué escribir, es la cantinela de estos tiempos duros para la lírica, un discurso que ya suena a lorito repitiendo las mismas morisquetas. Tragedia familiar que se ventila en público, pornografía sentimental variada, lector haciendo el papel de fortuito psicoanalista, vómito y traslado de la sensación de náusea.

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Tras terminar Cocaína me embarqué en Las dos muertes de Ray Loriga y en esta tercera novela el título es una distracción: al final es Daniel Jiménez quien vuelve a desnudarse o a hacerse el harakiri en directo. Lo que hay de Ray Loriga, y eso está bien, es un sesudo ensayo sobre su obra. Aunque mi duda es: ¿por qué Sócrates no habló de Platón, porque Borges no escribió sobre Bioy Casares y por qué Ray Loriga no ha escrito nada sobre Daniel Jiménez y sí al revés? Vuelve a haber una adicción palpable de fondo: al alcohol, vuelven las dudas y los quebrantos sobre qué escribir, si merece la pena o no escribir, hay visitas a ferias del libro, presentaciones, aparece el tirano Juan Soto Ivars, la parte más prescindible de la tramoya literaria queda con el culo al aire y se mantiene una relación de amor-odio con la capital del reino, Madrid, Madrid, ese infierno en el que caí:

—Todos los que querían tener éxito se han ido de esta ciudad. Así que, de algún modo, los que estamos aquí hemos fracasado. Este país y esta ciudad ya no pueden ofrecernos nada.

¿Ha pretendido hacerse un hueco Daniel Jiménez en el escaparate literario primero con una novela vivencial sobre su terrible enganche a la cocaína y después subirse a los lomos del éxito de otro escritor consagrado? ¿El morbo vende? Si rechazamos frontalmente los programas del corazón y similares, ¿por qué acudimos a comprar cada vez más novelas que hablan de los cotilleos literarios, de la corrala del mundillo literario? En Nueva York primero, en Madrid después, estas tres novelas toman como materia prima el chisme, propio y ajeno, y lo elevan a categoría literaria. ¿Tiene algo de talent show encubierto estas novelitas acerca de lo proceloso de la escritura? ¿Hasta cuándo podremos aguantar novelas cuya materia prima esencial es un escritor que afirma no saber sobre qué escribir o da vueltas y vueltas cual zopilote al hecho de qué es ser hoy en día un escritor? ¿Cuántas citas de otros escritores admite una novela sin acabar siendo pedante? Y, sobre todo, ¿recomendaría La noche de la pistola o Cocaína a un cocainómano? ¿Sería beneficioso que la leyera? Si la respuesta es negativa, ¿qué me aporta a mí, que no deseo probar esa sustancia? Me quedo con la punzante reflexión de Ricardo Piglia que Jiménez recoge en Las dos muertes de Ray Loriga:

“Literatura y mercado son dos cosas muy distintas condenadas a vivir juntas, en la misma caseta, como los animales del zoo están condenados a vivir entre sus propios excrementos.”

¡Y si sólo fuera eso! El escritor hoy está condenado a vivir en una jaula pública, a hacer mucho ruido con los barrotes y lanzarle sus propias cacas a los escasos visitantes que por allí delante pasan como aquella mona del zoo de Valencia que en un continuo acto de rebeldía manchó más de una chaqueta y un suéter. Aunque las he disfrutado mucho, me huelo y descubro que estas tres novelas me han dejado restos de sus autores en la camiseta.

Lee un fragmento del libro aquí 

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Runasererna dice:

    Este libro me lo han recomendado varios amigos. A ver si este verano tengo tiempo lo puedo leer.

    Le gusta a 1 persona

    1. Pues, tal como indica la reseña, el libro tiene muchos méritos, pero también le sobran algunas páginas.

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