No hay víctimas irónicas

Por Alejandro Espinosa Fuentes

 

  • Título: Villa
  • Autor: Luis Gusmán
  • Editorial: Contrabando
  • Lugar y año: Valencia, 2018

 

En una de sus últimas novelas, el escritor inglés Julian Barnes llegaba a la conclusión de que incluso la ironía tiene un límite.  Por ejemplo, apuntaba Barnes, “no se puede hablar irónicamente de la tortura. No hay torturadores irónicos ni víctimas de la tortura que ironicen su situación”. Alguna vez intenté reflexionar en torno a esta idea con un estudio exhaustivo de la función irónica en la obra de Roberto Bolaño. Cuando lo escribí aún no conocía a Luis Gusmán ni la novela Villa. Grave error. ¿Por qué? Porque ignoraba la deuda tan grande que tiene una novela como Nocturno de Chile, (de lo mejor de Bolaño) con la obra de Luis Gusmán. Parecen tratarse de obras gemelas, una sobre un médico cómplice de la tortura en la dictadura argentina, y otra sobre un cura, cómplice de la tortura en la dictadura chilena. Pero la de Gusmán apareció cinco años antes. Roberto Bolaño debió leerla con atención para trazar la pasividad malévola del cura Sebastián Urrutia Lacroix y, sobre todo, a la hora de plasmar a ese dueto de verdugos tétricos que son el señor Odeim y el señor Oido, personajes que en su momento me parecieron kafkianos, por sus similitudes con los agentes de El Proceso, y ahora sé que también son gusmanianos, y están basados en Cummings y Mujica, los torturadores de la triple A que cooptan al doctor Villa en su perverso repertorio de crueldades.

Escribía Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi que la dificultad que le presentaba hacer el prólogo de El frasquito (primera novela de Luis Gusmán) residía en que no quería escribir un “ensayo freudiano, sino más bien organizar el exceso de significado para hacer ver lo que quedaba ahí de escritura literaria”. Pese a que El frasquito y Villa sean novelas muy diferentes, escritas con un intervalo de más de veinte años (1973 y 1995), trataré de atenerme al mismo principio, presentando una lectura de Villa de acuerdo a su vigencia. Es raro hablar de “la vigencia” y la “actualidad” de una novela histórica, una novela de dictadura. O es raro que no sea tan raro, no sé si me explico.  En estos tiempos en los que están de moda los golpes de Estado democráticos, hay que observar con lupa a un personaje como Villa, un buen funcionario, un cómplice pasivo, un ejemplo de esos burócratas anónimos que han sido responsables de los peores crímenes de la humanidad.

Hay que estudiar con lupa al personaje, porque Villa es una novela de personaje, algo poco común en la narrativa argentina. El doctor  Villa es de una actualidad interesantísima. Además de ser un Eichman argentino y un ejemplo de mediocridad, es un protagonista con muchas peculiaridades, es excéntrico, místico, celoso. Está infantilizado por su ceguera existencial, por su nula voluntad; colecciona objetos robados de moribundos como un niño que colecciona cromos, se pone a jugar con un mapa a los avioncitos poco antes de que su mentor se dé un tiro, habla de sí mismo en tercera persona, se cosifica en un mundo deshumanizado, un mundo en el que las personas no representan más que una función del sistema, porque el miedo nos mecaniza.

Villa se llama a sí mismo un “mosca”, de esa manera define sus funciones. Él es el “mosca” que ronda alrededor de la gente de poder, con todas las metáforas insectívoras y pugilísticas que esto implica. El zumbido, la invisibilidad, la ligereza, el aleteo agónico. Su condición recuerda a las Las moscas de Sartre, metáfora del arrepentimiento. Pero también evoca la frase: “no te hagas la mosquita muerta”, que define perfectamente la actitud de Villa, un tipo que siempre parece estar y no estar.

He consultado algunos papers académicos sobre Villa y noto que se insiste mucho en la idea de que el doctor Carlos Villa es un personaje utilizado por el poder para ser cómplice de torturas y desapariciones debido a sus conocimientos médicos. Lo cierto es que el poder jamás se vale de sus conocimientos sino de su título, su rango de doctor que tanto le molesta que olviden, su firma de burócrata que facilita las cruentas acciones del sistema.

Son pocas las novelas de dictadura que retratan a este tipo de personajes laterales, la mayoría se ocupan de la víctima, otras del victimario, pero pocas describen la banalidad del mal de estos perfectos funcionarios, estos burócratas grises que legitiman a un estado criminal. Ellos sólo siguen órdenes. Y son menos los libros que han puesto en evidencia el papel de los médicos en las dictaduras, pareciera que fueran figuras intocables (Dos veces junio de Martín Kohan sería otro ejemplo en la literatura argentina). En la España franquista, creo que solo Javier Marías ha abordado el tema en su novela Aquí empieza lo malo, donde cuestiona  el abuso de poder de numerosos médicos que utilizaron su cargo para manipular a sus pacientes a cambio de favores económicos y sexuales.

En cuanto a la vigencia de esta novela, me es perfectamente posible trasladar su conflicto a mi actualidad. Me pregunto, por ejemplo, en México: ¿Cuántos funcionarios no serán cómplices de las torturas y desapariciones del narcotráfico? ¿Tendrán los criminales médicos como Villa a su disposición? Un acierto de esta novela es el estilo sutil con el que retrata la violencia de la dictadura. En Villa apenas hay dos o tres imágenes de violencia explícita, el resto es un clima de frialdad e incomprensión que sume al lector en la intriga, pero no lo apabulla con escenas efectistas, sádicas ni melodramáticas (esas cosas que le encantan a HBO y a una célebre escritora canadiense). Pese a todo, cabe advertirle al lector que la lectura de Villa viene acompañada de temibles pesadillas que van y vienen del pasado al futuro, del sueño a la vigilia.

 

Lee un fragmento de la novela aquí 

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Bio Alejandro Espinosa

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