Novelas Anti-turísticas

Por Miguel Blasco

  • Título: Moronga
  • Autor: Horacio Castellanos Moya
  • Editorial: Random House
  • Lugar y año: Madrid, 2018

 

Definitivamente Horacio Castellanos Moya es el gran maestro en cuanto a psicología del pene se refiere. Hablo de un tema muy serio y de gran actualidad. No confundir este término con el escritor que parece que se la está meneando mientras escribe, o con “la novela genital”, entre cuyos máximos representantes encontraríamos en su nivel más masturbatorio pero poéticamente eyaculante a Charles Bukowski; en un nivel ya de onanismo sofisticado —semítico, lamentatorio del prepucio perdido— al recientemente extinto Philip Roth o, antaño,  Ernest Hemingway, sanferminesco, adalid perfecto del “a ver quién la tiene más larga y es el gallo más chulote del corral”.

Me refiero más bien a un tipo de escritura en la que el miembro viril es el punto clave y dominador fatal de todas las acciones masculinas, su detonante, lo que hace avanzar la trama y el verdadero núcleo de motivación velado de todos y cada uno de sus protagonistas (machos).

Así, si uno lee La diáspora (1989), primera novela de Castellanos Moya, se dará cuenta que por encima de los ideales marxistas y la hasta cierto punto bienintencionada lucha por un mundo más justo, el trasfondo de la revolución salvadoreña de los años setenta fue netamente lúbrico. En Baile con serpientes (1996), el sociólogo que se vuelve terrorista y genera un monumental caos en la urbe centroamericana, lo hace precisamente al entrar en contacto con una cédula de tres serpientes amaestradas que le masajean sensualmente obnubilándolo. Y en La sirvienta y el luchador (2011), en el clima de pre-guerra civil de los noventa, una insatisfacción genital del pasado genera violencia y venganza a raudales. Las novelas de Horacio Castellanos Moya son también completamente anti-turísticas para con su patria natal, en todas ellas El Salvador está en guerra o en el contorno del abismo o es visitado por Thomas Bernhard; el trasfondo es dantesco, puro Apocalipsis Now.

“El Salvador se describe con tres v: violenta, vil y vacía.”

No es de extrañar entonces que su última novela lleve el título de Moronga, singular palabra polisémica que tanto puede significar morcilla/fiesta/jarana/borrachera o cipote. En Moronga, Castellanos Moya da un paso más allá y, como si estuviéramos en una lección de anatomía, se desglosan todas las partes del aparato reproductor masculino en forma de tramas y sub-tramas que se entrelazan diabólicamente bajo la fórmula o el género de espionaje, más cerca tal vez de la agilidad de La pantera rosa que de un mamotreto de John Le Carré. En Moronga utliza  de nuevo ese recurso narrativo del que es ya un maestro: cada parte la narra una voz distinta. Y va un paso más allá al aventurar —con mucha razón— que las grandes decisiones macroeconómicas de los gerifaltes del Banco Mundial están íntimamente relacionadas con el hecho de si los ejecutivos  lo han pasado bien o mal en los prostíbulos de alto standing del barrio Rojo:

“Según Yesenia, ellos consideraban que ésta era la práctica sexual más relajante, y luego de pagar no menos de 2000 euros regresaban a su oficina a comer un sándwich y a su mundo de las altas finanzas, lo que me hizo preguntarme cuál sería la relación entre el masaje prostático y la economía europea, hasta dónde una mala decisión que afectaría gravemente las finanzas de un país como Grecia o España dependía de que el oficial encargado de tomarla no hubiese tenido tiempo de recibir su masaje prostático al mediodía”.

Moronga, en su acepción de fiesta, borrachera y despliegue literario es un libro del que podría citar párrafos enteros. Para no ser peñazo, resumiré diciendo que tiene un trasfondo de guasa pero muy serio dado que el horror, alcanzado cierto punto de ebullición, deviene en comedia. Con particular soltura y un estilo tremendamente entretenido, Castellanos Moya vincula el narcotráfico, la violencia de las maras, el descarado espionaje virtual al ciudadano de a pie, la historia del poeta Roque Dalton capturado a manos de la CIA, lo patético/poético del machismo caribeño/latino en contraposición al alto grado de intransigencia en los modos, usos y costumbres —la dictadura de lo políticamente correcto— que se cierne sobre  los United States of America.

No quisiera ejercer de ocasional soplón de la CIA, pero me doy cuenta —porque me acabo de leer también la divertidísima y demoledora Hipotermia de Álvaro Enrigue— que el verdadero peligro para Estados Unidos, otra vez, no está en esas oleadas de migrantes que buscan trabajo y asilo, sino en el profesorado universitario latinoamericano que han contratado/becado. Tanto Enrigue como Horacio Castellanos Moya, profesores en Columbia y Iowa, están ridiculizando hasta el paroxismo el estilo de vida norteamericano, se están mofando de los gringos literalmente en su cara y en su casa, poniendo en entredicho su pasado y su presente, dinamitando  el sórdido día a día de un pueblecito del interior del país, las rutinas de un campus o los quehaceres absurdos de los burócratas de Washington. Y qué bien lo hacen, carajo.

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