Los laberintos de la enfermedad

Por Carlos Jáuregui

  • Título: Primera silva de sombra
  • Autor: Eduardo Ruiz Sosa
  • Editorial: Caballo de Troya
  • Lugar y año: México, 2019

Pasado el oleaje de los Volpi, Chimal, Padilla, Nettel, Villoro, Herbert y demás escritores consagrados, Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, 1983) pertenece a una nueva generación de autores mexicanos que empuja fuerte una literatura de mucha calidad y aun más osadías.

La explícita portada de Editorial Caballo de Troya y el lóbrego título entrega precisamente lo que sus prefacios vaticinan: estamos frente a un denso ramaje de contemplación y obsesiva exploración de la enfermedad, del olvido, del cáncer, de la distancia, de los auto-destierros, de las sombras y de la tragedia; de los sombríos diagnósticos médicos y de las fútiles lápidas. Todo aquello que Ruiz Sosa insiste en explorar para detener y espesar al incauto lector en un barrizal de chapopote.     

Me habían advertido de lo plúmbeo de Ruiz Sosa, quien gusta de formar periplos literarios que se enroscan en laberintos (una de sus muy socorridas referencias) y con franqueza puedo declarar que Primera silva de sombra no es un libro fácil de recomendar y yo no se lo daría a cualquiera. A la obra se le debe respeto y ésta en particular, se niega a ser leída en ratos libres, en una soleada vacación o en momentos de transitoria flaqueza humana. No permite leerse más que de corrido, porque cada escrito  tiene un carácter firme y como de sistema circulatorio, se mueve dentro pero de forma viscosa.

Pocos textos logran disciplinar de tal forma al lector. Si se lee muy aprisa o muy por encima pierde el significado; si se lee detenidamente, su forma de Medusa absorbe y petrifica. De ahí que, como Teseo, el lector se verá obligado a decidir qué tanto se adentra al laberinto.

Contrario a lo que Ruiz Sosa nos presenta (silva se refiere a un conjunto de textos o materias sin orden ni métodos), este libro tiene en sí mismo un sistema y una clara estructura. Quizá su título se deba al origen y al despliegue de los textos que no terminan por ser meras crónicas, ensayos o relatos cortos, ni ficción ni realidad; o quizá simplemente el autor decidió jugar con nosotros desde el inicio. Si fuera esto un examen y hubiera que montarle una estructura, respondería que Primera silva de sombra nos lleva por cuatro sitios: las clínicas y enfermedades, los viajes y su origen,  la exploración y el destierro y, finalmente, el viaje de vuelta y su anecdotario.  

El método narrativo de Ruiz Sosa es siempre directo, liberado y tan hiriente que quizá, por lo experimental, logra inclusive maquillar y esconder el atinado sarcasmo de sus líneas, que son verdaderas joyas:

“No se puede ser puto o puta o feliz para donar sangre: hay que ser un monje, un maniquí absoluto: ni sexo ni risa ni alcoholes ni desvelos ni riñas ni amor ni nada: una pura carne pura, limpieza absoluta incluso en los pensamientos, ya sea por obra, palabra u omisión.”

La primera parte, que imbuye al lector en las entrañas de la peor enfermedad del siglo pasado y los nosocomios, produce tal ritmo vertiginoso que revuelve el estómago. Y lo hace con una comicidad tan ventajosa que es delirante hasta que se vuelve desamparo.

La devastación de algo tan serio como una enfermedad mortal es contrastada con lo burocrático, lo ridículo y lo ilógico de cualquier trámite que la acarrea; y es que todo aquel que sufre, desde la más mínima dolencia de garganta hasta el coma, padece  la tragicomedia de esperar a Godot. 

En “La crónica de la (in)sanidad”, el texto que abre el libro, se cuenta la historia de un viejo que busca salir de su situación de calle y sacar provecho de la atención del hospital. En respuesta, todos los enfermeros le dicen al viejo que si necesita algo los busque por el nombre de Álvaro. Evidentemente, el tal Álvaro es un nombre falso y la situación hilarante muta a tragedia cuando el viejo muere pidiendo ayuda al inexistente enfermero.  

Ciertos autores mexicanos —y lo refiero como cumplido— llevan siempre esta variabilidad de humor negro y cruel, que se estira como músculo hasta desgarrarse en tintes de verdadero horror, quizá originario de nuestra guerra interna, que hace que por igual se llore y se hostigue a la muerte y a la desgracia.

Ruiz Sosa profundiza en los demonios de una afectación con la testarudez del asesino en serie. Las anécdotas van desde accidentes que destrozan la vida de aquellos que acompañan al enfermo, hasta la elongación del alcance del dolor y de los estados anímicos, que son los que nos terminan matando antes que la enfermedad. 

Deja mal parados a los hospitales porque tiene la capacidad de verlos con rayos X, los entiende como un cultivo de bacterias y los asimila al purgatorio. Aún cuando se sobreviva, se arrastran las cuentas, los desvelos y los demonios del haber caminado en el mundo de los muertos.      

Los hospitales de Ruiz Sosa insisten en infectarlo todo, a donantes —a quienes igual visten con batas y los convierten en enfermos momentáneos—, a los deudos que cargan con gastos e impotencia, a quienes esperan el órgano donante que les salvará la vida, a los encargados de los bancos de sangre, a los doctores que por la profesión misma descartan vidas y todavía pueden degustar los alimentos con el apetito de un jornalero.

Y de ahí, Ruiz Sosa nos arrastra cual corriente al centro de todo el revoltijo de lo que implica la enfermedad; cualquiera, porque todas tienen el mismo grado de engorro y de nocividad. Todo aquello con lo que se lidia: aferrarse a la esperanza y a mantener una vida cuando ya ha decidido irse, la moneda de cambio que significa el banco de sangre, el porcentaje mínimo de éxito en los trasplantes.

“La enfermedad le cambia a uno la cara, o le cambia la cara al mundo, la cara que nosotros vemos y la que los demás ven en nosotros mismos, y entonces tenemos pesadillas donde un tren enloquecido recorre la ciudad, y los nahuales y los coyotes vienen mordiendo nuestras últimas palabras para dejarnos en silencio, y el dolor es un esguince antiguo, una rotura de la rodilla, una elongación muscular, dolores que nos vienen de lejos, una lejanía temporal, de otros años y otras pesadillas.”

La capacidad del autor de insistir sobre cicatrices y sintomatologías de agobio es equivalente a sus descripciones líquidas. El vocabulario de Ruiz Sosa es simple y la forma de historieta con la que narra se asemeja a aquel grotesco amigo que todos tenemos, aferrado a la crueldad y la simpleza. 

En la segunda y tercera parte del libro, el autor nos habla sobre el distanciamiento, el olvido, la narrativa y la melancolía del viaje y de lo que siempre marca un recorrido: las ciudades perdidas, las gabardinas, los trenes, los desiertos, los destinos que son nada y dentro del viaje se vuelven relevantes y dan cohesión a un sinsentido.

“Toda escritura es el borrador de un libro que nunca terminamos de escribir, porque la muerte llega primero. Las primeras líneas de ese libro se escriben cuando el viaje empieza a pensarse, cuando el viaje es virtualidad. Pero entonces, ya desde que el viaje se enuncia como promesa, nosotros somos el viaje, somos la fragilidad.”

A través de relatos que nos hablan de búsquedas del autor amado, de la ciudad perfecta y de cartas que se escriben pero que jamás se envían a ningún sitio, el autor disecciona los pensamientos de aquello que forma la distancia y la melancolía de un viaje, que por definición siempre es incierto y lleva elementos clave: si nadie espera, no es un viaje, es un errar sin destino; y el viajar y alejarse, siempre es romper. El errar siempre será distinto, pues el viaje por definición lleva la vuelta incluida.    

Los viajes de migrantes hacia la frontera (la vuelta al origen) remiten a mitos muy antiguos que plasman la objetiva desazón de aquellos forzados a irse con la incógnita de cumplir una promesa. Aun cuando Ruiz Sosa aborde siempre el lado poético, no suelta el bisturí para mostrarnos que la vida es una herida y que ahí estaba mucho antes que nosotros.

“Por la mañana, el desierto, que era la piel de un lagarto ya sin dientes pero que sigue mordiendo con las encías desnudas, los muñones de algún desaparecido que busca su casa, fue abultándose en montículos escarpados que poco a poco se convirtieron en una cordillera torcida y seca que terminó por alejarnos del páramo para ofrecernos al final, la frontera.”

“Crónica cuántica sobre los viajes en el tiempo” narra la visita de tres personajes a la biblioteca privada de Julio Cortázar (desde 1993 adjudicada a la Fundación Juan March de Madrid); luego de tener en sus manos tesoros garabateados por el argentino nacido en Bélgica, abandonan el lugar con un retrogusto que es símil de todo viaje: jamás se terminan como se planean, siempre son breves, siempre hacen mirar al hogar como un sitio peor, y siempre dejan una sensación de engaño. No obstante, el recuerdo del viaje es lo relevante. Las visitas se agotan y los retornos son devastadores, lo que permanece es el recuerdo, “la huella indeleble que los otros dejan en nosotros”.

El recuerdo no sólo es el hecho de una acción, sino que la memoria siempre se perfecciona con aquellos seres que acompañan el viaje, y de ahí que los objetos (cualesquiera que sean, un amigo o un libro de la colección personal de Cortázar) se impregnan del todo. 

¿Por qué es relevante visitar la biblioteca de un autor, buscar la tumba de Walter Benjamin, ver la habitación de un pintor, recorrer los pasos de Thoreau en Massachusetts o de Joyce en Dublín? ¿Qué se busca?, ¿una nota al pie no descubierta? ¿un mensaje indescifrado?, ¿una aparición o invocación a la creatividad? No es tan importante tener las respuestas, como lo es mantener la promesa del viaje, cualquiera que sea su fin.

Ruiz Sosa compone una narración tersa y melódica sobre temas que de otro modo se atragantarían en el esófago; hay decapitaciones, suicidios y entuertos que sólo al ser amoldados bajo humor, retruécanos y oxímoros hacen que su peso sea menor. Las conversaciones internas y externas que sus personajes sostienen en primera voz junto con las referencias literarias son muy bastas y espesas, pero no caen en la pedantería y, más que pausar la lectura, complementan y pulsan la herida. Ruiz Sosa utiliza sus referencias literarias e interlocutores como leales escuderos, elevando su palabra a rango bíblico.

“Me mataron los murmullos, con esa voz de cuchillo que tienen los muertos y sus recuerdos; recordé que unos años después, sentado en la mesa de un café, los versos de Gonzalo Rojas se convertían en la pértiga de un salto por encima de la mesa para romper cualquier frontera inventada por las convenciones y arrancar al tiempo el beso de un nuevo viaje…”

Primera silva de sombra no es denso o lento, sino un libro pausado. No se lee con prisa, acechando la llegada a la siguiente estación o en un café escuchando a los Counting Crowes de fondo. Es por igual pausa y viaje. 

La técnica y profundidad para alguien nacido en el 83 es admirable y la valía de “obligarte” a una encerrona para contemplar lo que verdaderamente dura un minuto siempre se agradece. El autor desmiembra conceptos de sueño, recorrido, enfermedad y ceguera con el orden exacto para no pasar la hoja hasta comprenderla en su totalidad.

“…el libro fragmentario no se termina, se abandona: se deja ahí, sobre la mesa, en el estante de la librería, en el recuerdo de alguien a quien amamos tanto, sin terminarlo, sin cerrar las puertas; está lleno de espacios en blanco, de fugas, de lugares propicios para que otros vengan a escribir en él, sin de verdad cerrar los ojos porque, ¿cómo escribir un libro cerrado y sin fracturas viviendo en este país roto y lleno de ruinas, de muertos apresurados, de violencia y fraude?”

Para Ruiz Sosa las cosas son todo lo interminable, no tienen un tiempo específico y el recuerdo siempre va hacia adelante. Del encuentro con la memoria, así como de la enfermedad, nadie regresa siendo el mismo, por lo que ni recuerdo ni cuerpo logran permanecer intactos. 

 

Lee un fragmento de este libro aquí

Compra este libro aquí

bio Jáuregui

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s