El detective cotidiano

Por Guillem Borrero

  • Título: No cerramos en agosto
  • Autor: Eduard Palomares
  • Editorial: Libros del Asteroide
  • Lugar y año: España, 2019

El éxito de crítica de No cerramos en agosto de Eduard Palomares es indiscutible. Le adoran los lectores, también los libreros. ¿Por qué? Supongo que algo tendrá que ver que Jordi Viassolo, el joven protagonista, criatura de su tiempo, podríamos serlo todos los nacidos durante la década de los ochenta y noventa.

¿Quién no se identificaría hoy día con un joven inseguro que tiene un sueño bastante alejado de su anodina realidad y que apenas consigue trabajos precarios que no le permiten convertirse en un auténtico sujeto adulto? A casi todos nos suena ese cuento. Mucho. Porque lo nuestro es elaborar una crítica resignada. Y ya. Lo hacemos a diario: con el bisturí de nuestra desproporcionada formación señalamos culpables, hacemos un diagnóstico certero, identificamos el discurso neoliberalista subyacente, y luego, cuando a la hora de firmar el contrato de mierda nos preguntan: “¿conforme?”, respondemos: “conforme” y firmamos sin sonreír (nuestro mayor acto de rebeldía). ¿Qué otra cosa podemos hacer los que no tenemos las agallas del Che Guevara pero sí compartimos gran parte de su visión crítica del mundo?

Viassolo, como también le sucede a cualquiera alguna vez, tiene una oportunidad. Pero cuidado, que las palabras las carga el diablo. El término “oportunidad” (cuya interpretación etimológica por parte de Ortega y Gasset no viene a cuento pero es deliciosa: viene de la voz latina “portus”, puerto, es decir, oportunidad comercial) puede ser francamente ambivalente. Se usa hasta el abuso hoy en día. Que se te muera un ser querido puede ser una oportunidad para una mente bien trabajada a base de cursos de motivación y liderazgo. En el caso de Viassolo, su oportunidad consiste en un contrato de prácticas en una tal Agencia Private Eye, remunerado con migajas que no le alcanzan ni para el metro. Por fin va a dar el primer paso en el largo camino que lo acercará a su sueño: ser detective privado. Cámbiese “detective privado” por cualquier profesión y hágase la siguiente pregunta: ¿le resulta familiar al lector esta manera de argumentar?

Así empieza una novela cuya trama irá retorciéndose con las complicaciones del primer caso de Viassolo, el cual en un inicio se presenta aparentemente insulso. Acompañamos a un Viassolo con cuyas miserias (sueldo, horarios, lugares de ocio, restaurantes regentados por chinos) nos identificamos al 100%. En este sentido, el título es inmejorable, todo un retrato de una época: ahora no, no cerramos en agosto, abuelo, ya sé que en tus tiempos luchabais por…

Sin embargo, mientras el protagonista va bregándose a fuerza de lidiar con las asperezas de la calle, y así, poco a poco, convirtiéndose en lo más parecido al único héroe creíble hoy en día, al lector se le tuerce el gesto. Algo chirría. Por un lado aceptamos que Viassolo pueda crecer a lo largo de las páginas como ningún mediocre real lo hace fuera de los libros. Pero por otro, debemos hacer notar que la cadena de sucesos que empuja la acción y teje la trama termina por empantanarse en cierta inverosimilitud. Si se lo perdonamos (cosa que hacemos), no sólo se debe a que a veces somos lectores amables y generosos que queremos distraernos un rato, sino también por la triste razón de que todos queremos ser ese Viassolo que, sin rebelarse, hace lo posible no sólo para tirar adelante, sino para cumplir su sueño. A lo máximo que aspiramos es a convertirnos en el joven que va emergiendo hacia la segunda mitad de la novela: un héroe clásico que pone a prueba sus debilidades, se enfrenta a sus enemigos (en la novela: sus defectos), vence, y todo el proceso le granjea una gran sabiduría.

No cerramos en agosto, en suma, es una novela cómoda y fácil de leer en la que se aprecia el gozo del escritor al concebirla y ejecutarla. También se adivinan proyecciones. Se intuyen oscuras y veladas satisfacciones del autor. Como lectores, descubrimos el placer en los mismos puntos: nos proyectamos con facilidad, Viassolo es el vicario que satisface nuestras frustraciones. Su lectura contentará tanto a lectores del antiguo mundo que cierren en agosto, como para los de este presente que huele a un futuro en el que no, no cerraremos en agosto.

Lee un fragmento aquí 

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