La loca del frente

Por Erick Tejada Carbajal

  • Título: Tengo miedo torero
  • Autor: Pedro Lemebel
  • Editorial: Seix Barral
  • Lugar y año: Santiago, 2001

Pedro Lemebel formó en 1987, junto al poeta Francisco Casas, Yeguas del Apocalipsis, un dúo performativo que se hizo notorio por boicotear presentaciones de libros o entregas de premios literarios auspiciados por el régimen militar chileno. Es famosa la intervención que hicieron en la segunda entrega del Premio Pablo Neruda, ya que le ofrecieron en pleno evento una corona de espinas al poeta galardonado, Raúl Zurita.

Fue Roberto Bolaño quien se dio a la tarea de difundir internacionalmente la obra de Lemebel, quien, durante la dictadura, se autodenominaba un escritor comprometido con las luchas de los frentes de izquierda contra el gobierno castrense. En Tengo miedo torero hay un pasaje donde, con un sarcasmo magistralmente hilvanado, se burla de Jorge Luis Borges, ya que en su momento el escritor argentino—, aceptó una condecoración por parte del régimen de Pinochet.

El autor comienza la novela descorriendo una gasa sobre el pasado, situando al lector en aquella atmósfera de la Chile empantanada en la dictadura militar que se extendió hasta bien entrados los años ochenta.

La historia se desenvuelve esencialmente en dos ejes temáticos paralelos: uno, la planificación del famoso pero fallido atentado al General Pinochet en septiembre de 1986, perpetrado por el movimiento guerrillero Frente Patriótico Manuel Rodríguez; y dos, la historia de amor entre Carlos (miembro de la guerrilla) y La loca del frente, carismático personaje homosexual y travesti, quien es el eje de referencia principal en toda la narración. Una de las grandes virtudes de Tengo miedo torero es humanizar e ironizar a este excéntrico personaje gay sin caer en el uso exagerado de formas femeninas impostadas. La loca entiende perfectamente su problemática al ser homosexual y pobre en el contexto de una sociedad sometida por el conservadurismo.

Lo más entrañable es la relación que se va gestando entre Carlos y La loca. El guerrillero, aprovechando sus dotes físicos, convence al travesti de utilizar su casa como centro de reuniones del Frente patriótico justo en los días en que se planeaba el atentado. La loca sabe que Carlos la está utilizando, pero lo permite para saciar su impulso erótico.

A partir de esa relación, a priori utilitarista, se gesta a punta de conversaciones y vivencias, un genuino cariño que paulatinamente rebasa los confines de la amistad. La soledad, el abandono, la violencia, el temor a la muerte y la vejez, cincelan a este magnífico personaje que, a la vez, es capaz de traicionar a su mentora y regresar a ella como símbolo de perdón y arrepentimiento. Los personajes tienen capas múltiples y acciones contradictorias, lo que contribuye a humanizarlos con bastante acierto. La prosa de Lemebel es sublime, variopinta, serpentea y tiene la cadencia propia de una partitura musical:

Así, separados por bastidores de humo, del fumar y fumar chupando la vigilia, ella tejía la espera, hilvanaba trazos de memoria, pequeños recuerdos fugaces en el acento marifrunci de su voz. Retazos de una errancia prostibular por callejones sin nombre, por calles sucias arrastrando su entumida «vereda tropical». Su son maraco al vaivén de la noche, al vergazo oportuno de algún ebrio pareja de su baile, sustento de su destino por algunas horas, por algunas monedas, por compartir ese frío huacho a toda cacha caliente.

El autor combina regionalismos con invocaciones a la memoria de los personajes, recurso que da al lector pistas sobre su pasado. Lemebel sigue orquestando la melodía:

A todo refregón vagabundo que se desquita de la vida lijando con el sexo la mala suerte. Y después un calzoncillo tieso, un calcetín olvidado, una botella vacía sin mensaje, sin rumbo, ni isla, ni tesoro, ni mapa donde enrielar su corazón golondrino. Su encrespado corazón de niño colibrí, huérfano de chico al morir la madre. Su nervioso corazón de ardilla asustada al grito paterno, al correazo en sus nalgas marcadas por el cinturón reformador.

El autor marca a través del tono el carácter y conducta de los protagonistas, pero también de la narración. No son necesarias acotaciones sobre qué personaje interviene, ya que el ritmo característico de cada uno los anuncia. La voz de la esposa de Pinochet es frívola y parlanchina, lo cual sirve para denunciar y desnudar con harta ironía a esta siniestra señora que compartía aposentos con el General.

Lemebel también se burla de sí mismo cuando reafirma la hondura psicológica de su personaje  parodiando al estereotipo del travesti. El autor se adelanta a esta insufrible época en la que vivimos asfixiados de aludes de corrección política y utiliza el mote de La loca del frente como símbolo que sublima una aceptación a medias. Rodea el maniquí a través de exquisitos pasajes burlescos:

«Cada vez que Carlos se perdía, un abismo insondable quebraba ese paisaje, volviendo a pensarlo tan joven y ella vieja, tan hermoso y ella tan despelucada por los años. Ese hombrecito tan sutilmente masculino, y ella enferma de colipata, tan marilaucha que hasta el aire que la circundaba olía a fermento mariposón».  

Tengo miedo torero es el nombre de una canción de Sarita Montiel que La loca canta incansablemente para amortiguar la soledad y la desazón. El autor escribe a ese ritmo, al ritmo del que trapea la casa y canta con el sonido a todo volumen. El narrador conoce tramos de las subjetividades que habitan su novela, inclusive detalla un par de sueños de Pinochet, quien es mostrado como un tipo homofóbico obsesionado por el lugar que ocuparía en la historia de su país. 

La cadencia de todo el texto rezuma una especie de nostalgia perpetua: La loca y sus amigas exudan una tristeza existencial, quizás en el fondo ellas mismas no terminaron de aceptarse. Tal vez comprendieron a temprana edad que su vida iba a estar plagada de sufrimientos y eso las hizo acumular a cuentagotas una sólida tristeza filosófica. Esa peculiar melancolía es un elemento esencial del metarrelato que el autor chileno intentó deslizar en la novela.

Pedro Lemebel delinea la influencia mutua que existe en toda relación intensa. La loca, antes desinteresada por la política, entra en sendos accesos subversivos. Carlos, a cada interacción con el travesti, deja de importarle menos su imagen de macho marxista, como en un inicio se había definido. La loca decide apostarle a un recuerdo idealizado antes que a enfrentarse a un futuro real, prefiere ahuyentar la cotidianidad, no someter esos momentos con su amado a la prueba de los días y la convivencia. El chico comprende que en las relaciones siempre hay asimetrías en las intensidades con que se quiere, y que él confundió agradecimiento con cariño. La loca lo tuvo claro.

En definitiva, se trata de una novela escrita prolijamente que es capaz de desarrollar personajes de notoria hondura psicológica, mientras –como telón de fondo– contextualiza magistralmente aquella Chile inmersa en los últimos días de la Dictadura militar.

Lee un fragmento aquí

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. María Soler dice:

    Una magnífica novela. Me encantó. Os la recomiendo vivamente.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s