La marginalidad en resistencia

Por Raquel Verdugo

  • Título: Fuerzas especiales
  • Autora: Diamela Eltit
  • Editorial: Periférica
  • Lugar y año: Madrid, 2015

Diamela Eltit es una especie descatalogada en la naturaleza. Un especimen raro. Su nombre anuncia el mecanismo extraño que es su prosa. Un personaje desorientado se autoexplora y halla, solapada a la violencia que lo rodea, su identidad. Esta sinopsis sirve para contar todas y ninguna de sus obras.

En Fuerzas especiales, la décima novela de esta autora chilena, una mujer joven camina cada día hacia el cíber en el que se prostituye. El cíber es el sitio donde socializa, allí se encuentra con sus dos únicos amigos y allí también se enfrenta al principal lugar de sometimiento. Los cuerpos son el depósito de la brutalidad social. Los otros cuerpos, los policiales, asedian los bloques de hormigón en los que viven los personajes de esta narración. Tienen armas sofisticadas porque son fuerzas especiales, profesionales preparados con nuevos sistemas para matar. Estos cuerpos están conformados por sujetos que han internalizado el discurso dominador y personifican el fascismo popular.

La algarabía me provoca mareos y me empuja hacia un hambre rara, extensa. Soy una criatura parásita de mí misma. Sé que mi hermana palpita en nuestra cama, incómoda, incierta. El cuerpo de mi hermana espera, no sé, sábanas o aguarda que yo mitigue su pena. Me pide que sea yo la que consiga horadar la sensación de pesadumbre metálica que le provoca la ausencia de sus niños.

El espacio público, la calle, es un espacio reprimido, marginal, que se intenta escapar de los parámetros de control porque contiene la vitalidad de la ciudad latinoamericana: los puestos ambulantes, la música. Las fuerzas especiales procuran que todo se repliegue al interior de los bloques, a lo privado, la música adentro de los auriculares. El lenguaje también oscila en el mismo debate, aspira a ser popular, local, chileno, y es altamente elevado, puntilloso, abstracto. La voz de la joven alcanza a veces la perfección y expresa como en un relato coral la tristeza de una sociedad entera. Pero el equilibrio no siempre llega. La reinvención poética que logra Eltit se diluye en verborrea en algunos fragmentos. La propuesta estética, en cambio, sí consigue transgredir las fórmulas estandarizadas.

Voy al cíber como mujer a buscar entre las pantallas mi comida. Todos se comen. Me comen a mí también, me bajan los calzones frente a las pantallas. O yo misma me bajo mis calzones en el cíber, me los bajo atravesada por el resplandor magnético de las computadoras.

El lector se pierde porque no logra encontrar el tiempo en el que transcurre la narración. Una sucesión inacabada de abusos que terminan convertidos en rutina. Es vertiginosa la naturalidad con la que se acepta, por ejemplo, la dinámica familiar de la joven, que se define por el miedo, la abyección y la enfermedad. La exploración de la familia bajo estas circunstancias revela lo que en realidad es una familia: un juego de interdependencias que quieren ser traicionadas. La individualidad se aprecia así bajo la luz de la disidencia social y las expectativas de un futuro improbable. Fuerzas especiales son las que se necesitan para vivir en estas condiciones de represión.

Están ahí con sus técnicas de camuflaje, bien intensos ellos, …aparecen y desaparecen de las redes para desorientar a los tiras del mundo que están con sus caras pegadas a las pantallas. Policías ociosos, enfermos de imágenes prohibidas, recalentados por la censura. Ellos, los policías, nos siguen por todas partes, nos estudian porque formamos parte de su trabajo, lo sé.

El tiempo, que no detona –como no detona el conflicto–, acaba hundiendo la narración en el concurrido cosmos de la marginalidad. El combate cotidiano, los bloques grises controlados por la policía, las armas acechantes, los recursos que se agotan, el cuerpo al límite de su extenuación. Fuerzas especiales es una rara avis de la naturaleza literaria; una distopía política contada desde la intimidad.

 

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