El spinozista que contagió a Alemania

Por Becubio Reloaded

  • Título: Natán el sabio (Nathan der Weise)
  • Autor: Gotthold Ephraim Lessing
  • Traductor: Agustín Andreu
  • Editorial: Anthropos
  • Lugar y año: Barcelona, 2008

Nathan der Weise, obra de teatro alemana de 1779, ha sido traducida y reeditada en varios lugares del mundo en las últimas décadas con cierto éxito. ¿A qué se debe esto? Bien pudo haber quedado sepultada en el olvido, puesto que, desde que se escribió, tuvo problemas en ser representada y publicada. Posteriormente tuvo una breve celebridad en Alemania cuando Schiller hizo un remake adulterado, al cual le seguirían un par más de otros autores. Luego sería prohibida por el Tercer Reich y la obra entera del autor no sería recuperada sino hasta la segunda mitad del siglo xx. Sin embargo, la mera recuperación no garantiza su éxito, menos aún cuando los gobiernos de este mundo se esfuerzan en idiotizarnos y homogeneizar el pensamiento en un solo drama, consumir y consumirnos, cobrar y comprar. La lectura liberal, incluso neoliberal, propició que Nathan der Weise saliera a flote.

Mi intención es contraponer dicho rescate sesgado, interesado en una paz y tolerancias hipócritas donde la casa gana, es decir, el Imperio, con una lectura que reivindica los múltiples temas que, en su momento, actualizaron la radicalidad de la que obtuvo su autor materiales para su realización. Esta obra me parece de actualidad tanto por dichos materiales como por su síntesis concisa respecto a varias problemáticas que aún existen.

La escolástica medieval y la traducción de la Biblia por Lutero fueron las condiciones principales para que la filosofía se emancipara en Alemania y dejara de ser ancilla teologiae. Borges dice en el Deutsches Requiem: «Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia», Nietzsche lo escuche. El florecimiento de esta yedra venenosa filosofal se vio dirigido por la metafísica de Leibniz, sistematizada y difundida institucionalmente por Christian Wolff. Sin embargo, sus espinas más ponzoñosas provenían del gradual impacto, desigual y combinado, que tuvo la filosofía de Baruch Spinoza, esa columna vertebral de la Ilustración radical.

Si bien la radicalidad de Spinoza se nutrió constitutivamente de las puntas de lanza renacentistas (Maquiavelo, Vanini, Cardano, Bruno, Telesio, Pomponazzi), sus efectos se esparcieron por toda Europa y donde más arraigaron fue en la Francia Ilustrada (Voltaire, Diderot, Bayle, d’Holbach, La Mettrie, Helvetius, Sade). A esto me refiero con el desarrollo desigual y combinado en Alemania y, específicamente, con Lessing, quien fue lector directo de Spinoza en tiempos donde su obra encabezaba el Index Librorum Prohibitorum; así como de sus discípulos franceses, los enciclopedistas (Voltaire, Diderot, La Mettrie, Helvetius, d’Holbach). Lessing se alejará de la metafísica Leibniz-Wolf y sus resultados diferirán sustancialmente de los de Kant, así como esta pequeña revisión busca distanciarse respecto al rescate que Hanna Arendt y los engendros de John Rawls hacen de Nathan der Weise.

Natán el sabio fue la última obra de Lessing. Se trata de una síntesis donde construye la figura del sabio y combate el problema más acuciante de los últimos siglos, la conflictividad religiosa y su intrínseco fanatismo, junto con tantos prejuicios que rigen el modus vivendi mundial, enajenado por las religiones. No es un tractatus ni un manifiesto, tampoco una crítica de la teología o un sistema de la eticidad, sino una obra de teatro.

Desde sus escritos de juventud, Lessing fue acusado de spinozismo, lo que equivalía a hereje, libertino y ateo. Tras la muerte de sus amigos Mosses Mendelssohn y Samuel Reimarus, de quienes publicó sus últimos escritos de manera anónima (Fragmentos de un Innombrado), se generó la célebre Polémica del Panteísmo, que años después devendría, con Fichte, en la Polémica del Ateísmo, costándole su cátedra a este último. Desde ese entonces radica la polémica de Lessing con el pastor J. M. Goeze, por el que se le prohibió publicar, primero cualquier asunto sobre la polémica, posteriormente sobre todo asunto a modo de “ensayo teórico”, al grado de ser examinada hasta su correspondencia. En algún momento, dicho teólogo se burló de Lessing despachando con desprecio sus argumentos, apoyado por el Estado, diciendo que tenían tan poca seriedad que más bien su lugar era el teatro. De esta manera fue como salieron a la luz sus argumentos, aunque lejos de su ciudad y con cierta autocensura, para no destinar así la obra a la crítica de los ratones.

Natán el sabio se sitúa en Jerusalén, recién terminada la Tercera Cruzada (1187-1191), cuando el Rey Ricardo I firmó un tratado con el Sultán Saladino, por el cual dicha ciudad permanecería bajo control musulmán, con permiso de visita a los peregrinos cristianos.

Natán es un judío cuya familia fue masacrada por los cruzados; acogió a Reha, una bebé cristiana y la educó como su propia hija con ayuda de la nodriza Daya. Al regresar de un viaje de negocios, se entera de que la niña fue salvada del fuego por un Templario, quien sorprendentemente había sido indultado por Saladino cuando vio en éste un parecido con su hermano muerto, Assad. El Sultán ha despilfarrado sus riquezas y Sittah, su hermana, le sugiere requisar las de Natán, poniéndolo en problemas al preguntarle por el epíteto con que el pueblo lo llama: el sabio.

«Reha.– A los pies de este hombre orgulloso, yo no quiero más que dar gracias a Dios; no al hombre. El hombre no quiere que se las den, como tampoco las quiere el cubo de agua que tan activo se mostrara extinguiendo el fuego. Se dejaba llenar de agua, dejaba que lo vaciaran, sin más ni más: lo mismo el hombre. A éste también lo metían en las llamas; con que tropiezo por casualidad con su brazo; conque por casualidad cual chispa prendida en su capa, así quedo yo en sus brazos; hasta que no se sabe qué nos arroja de nuevo, a los dos, fuera de las llamas.»

Tercer acto, segunda escena, p.45.

El poema dramático –de cinco actos– comienza con una cita en latín a Heráclito (Fr. A9): «Introite, nam et heic Deii sunt!» (“Entra, que aquí también se encuentran los Dioses”). Daya cree en una finalidad por la cual Natán ha regresado de su viaje de negocios, y éste la niega rotundamente, con lo que Lessing sigue el programa de Spinoza: atacar primero la causa imaginaria por la cual se justifican las aberraciones cometidas (teleología, finalismo) y, posteriormente, se verá qué hacer con esa abstracción llamada “Dios”.  

El lenguaje de Natán ironiza las afirmaciones religiosas que hacen Reha y Daya, cuestiona el hecho de que los hijos sean propiedad de los padres y muestra un rotundo rechazo a los milagros. Para ello se vale de la estrategia que Spinoza emplea con Dios: si la gente no puede superar que los milagros no existan ni puede entender lo tonto que es afirmarlos, entonces hagamos del milagro algo continuo y cotidiano, magnifiquémoslo al infinito hasta que ya no tenga sentido afirmarlo:

«Natán– Y él te ama a ti; y hace a cada hora milagros a favor tuyo y de tu igual; más aún, los hizo por vosotros desde toda la eternidad. […] ¿Por qué sea cosa bien natural y cotidiana, va a ser menos milagro que te haya salvado un templario de carne y hueso? – Lo más admirable de los milagros estriba en que los más verdaderos y auténticos pueden y deben resultarnos así de cotidianos. Sin este milagro general, bien difícilmente hubiera llamado milagro, alguien que piense a lo que se ha de llamar así para los niños, que, pasmados, sólo van tras de lo más insólito y novedoso.»

Acto primero, segunda escena.

En los siguientes actos Natán, Saladino y el Templario manifiestan distintas actitudes agnósticas, incluso ateas. La religión ha ocasionado la ruina de cada uno y de su entorno. Pese al disimulo con que sobrellevan la crisis real del problema político-religioso, no cederán ante el fanatismo ni permitirán que las nociones imaginarias de trascendencia, sacrificio, pecado, arrepentimiento y privilegio alteren su juicio.

El Sultán vive un hastío depresivo tanto por la muerte de su hermano como por un reinado de robo, guerra y muerte; desprecia el dinero y lo despilfarra. El Templario ha perdido su móvil de vida ante el indulto del Sultán, está muerto para ambos bandos y no hace sino rondar una palmera en busca de dátiles, no quiere ser asimilado buscando la sobrevivencia: salvar a la joven del fuego en realidad fue un intento de suicidio. Natán preserva la calma, un hombre sabio no tiene prisa, elucida la imaginación de quienes lo circundan para evitar extravíos y explosiones innecesarias.

El común denominador de esta tercia sería un realismo escéptico, quizá incluso ateo, para el cual las religiones existen y son el problema, en la vida hay que lidiar con ellas, nunca encerrarse en una fantasía evasiva que, más que cegarse ante las catástrofes, las avivan. De encontrar un amigo o adversario nunca permitirían que su opinión se presentara falsa o flojamente pues, si el error puro no existe, el rechazo y la caricaturización de cualquier posición significarían la pérdida de verdad.

El Sultán necesita dinero y cede ante la estrategia de Sittah, su astuta hermana, poniendo a prueba la sabiduría de Natán para requisar sus riquezas, aunque lo hace motivado por la curiosidad más que por ambición.

«Saladino.– Bueno, ¡dejémonos de modestias! Porque estarse escuchándola todo el tiempo, cuando lo que uno espera es razón a secas, causa fastidio. ¡Vayamos al asunto!»

Tercer acto, quinta escena, p. 51.

«¿Cuál es la fe, cuál es la ley que más te ha iluminado?», le pregunta Saladino, mejorador del mundo y del derecho, a Natán. Añade que nadie los escucha para que pueda hablar libremente, y su interlocutor le dice que respondería de ese modo aunque todo el mundo los escuchara, ante lo cual el Sultán alaba a quien no encubre la verdad y se juega en ella «cuerpo y vida, hacienda y sangre». Sin embargo, para Natán dicho modo de hablar no es propio, pues la verdad no es un valor intrínseco en sí mismo, que deba decirse por decirse, sino sólo «cuando es necesario y conveniente»; nada menos alejado de Maquiavelo y Spinoza, quien poseía un sello con la insignia de Caute entre espinas y rosas.

Como el Sócrates de Platón, Natán pide contarle una historia, la alegoría del anillo, antes de darle respuesta. Sucede que la piedra del anillo tenía la fuerza secreta de «hacer acepto a los ojos de Dios y de los hombres a quien la llevara con esa confianza». Su poseedor dio en herencia el anillo al predilecto de sus hijos y estableció que éste, a su vez, lo legara al predilecto de los suyos sin tener en cuenta el nacimiento. Muchas generaciones después aconteció que uno quería por igual a sus tres hijos y mandó replicar el anillo para que los tres lo tuvieran, al grado de que ni él mismo pudiese diferenciarlos.

«Natán– Porque, ¿no se basan las tres [religiones] en la historia? Escrita u oralmente transmitida, [es lo mismo]! Y la historia, ¿no hay que aceptarla acaso solamente por confianza y fe? – ¿No? –Bueno; pues ¿cuál es la confianza y la fe de que duda uno menos? ¿No es la de los suyos, no es la de aquéllos cuya sangre llevamos, la de aquéllos que desde nuestra infancia nos dieron pruebas de su amor y no nos engañaron nunca, más que cuando, para nosotros, resultaba saludable ser engañados? – ¿Cómo es posible que crea yo a mis padres menos que tú a los tuyos? O al revés. –¿Puedo yo exigirte que desmientas las mentiras de tus antepasados para que no contradigan a las de los míos? O al revés. Lo mismo vale para los cristianos. ¿No? –»

Tercer acto, quinta escena, p. 55.

La querella surgió entre los hijos y acudieron a un juez, para el cual no había más solución que la que el anillo pudiese mostrar a lo largo de los hechos de cada cual. Con ello se neutraliza hasta la nulidad la verdad de toda religión, la tiranía del anillo único debe ser olvidada. Que cada quien actúe como si tuviese la verdad, del mejor modo para sí y para su entorno, sin prejuicio y con un amor incorruptible. El Sultán se muestra más que satisfecho con esta respuesta analógica y declara no ser el Juez futuro que logre resolver de mejor modo la querella ante los actos que hubiesen sucedido con la descendencia de estos tres engendros.

«[El Juez.–] ¡Sea esto lo que decida! Porque los anillos falsos no tendrán ese poder en efecto. –Veamos; ¿quién de vosotros es el más amado de los otros dos? – Venga, ¡declaradlo! ¿Calláis? ¿Qué los anillos sólo actúan hacia atrás y no actúan hacia afuera? ¿Qué cada uno de vosotros, a quien más ama, es a sí mismo? – ¡Oh, luego los tres sois estafadores estafados! Ninguno de los tres anillos es auténtico, y el padre mandó hacer tres en vez de uno para ocultar la pérdida, para repararla»

Tercer acto, quinta escena, p. 56.

Antes de que finalice la entrevista, como Natán intuye el otro motivo por el cual está frente al Sultán, le pide que, en son de la amistad, reciba sus riquezas recién adquiridas. Aquí encontramos dos posiciones sobre el dinero que suenan a símil análogo de la religión: para Natán es un instrumento que hay que tomarse muy en serio, pues la herramienta de trabajo también puede ocasionar la muerte; para Saladino el dinero es algo asqueroso, despreciable, aborrecible, se cuida de no tenerlo jamás para sí mismo, arrojarlo lejos junto con quien se interesa por él es lo que lo ha hecho poderoso.

Otra temática importante de Natán el sabio es la identidad individuo-pueblo. Tratar a uno por el otro sólo puede ser pretexto para hacer la guerra, cometer injusticia. Los individuos no eligen tener tal familia, tal propiedad, tal pueblo, tal cultura, entonces racionalmente no tienen porqué sacrificarse por ello. El “amor patrio” es ridiculizado como una mera fantasía sin fundamento fuera del azar; cuando alguien cree que las acciones pueden justificarse por el lugar de nacimiento es propenso a que lo utilicen. El sacrificio, pilar de religiones, es criticado de manera más aplastante que el milagro. La pregunta culminante de todos estos cuestionamientos termina siendo: ¿El hombre es para el Estado o el Estado es para el hombre? Lessing concuerda con Spinoza al mostrar que la primera necesidad radica en comunicar los credos relativizando su verdad, con lo que se fomentaría la amistad y el despliegue de las facultades humanas anuladas en la bellum omnium contra omnes (guerra de todos contra todos).

Las posiciones teóricas de Natán, Saladino y el Templario, junto con las problemáticas de las situaciones afectadas por las religiones tienen, en la conclusión de esta obra, un cierre al que llamo “material”. Relataré brevemente el polémico desenlace:

El Templario se inflama de pasión por Reha y pretende casarse con ella. Revela al Patriarca de los Cristianos (quien representa al pastor Goeze) que ella era cristiana y fue recibida por Natán sin ser judía. Cree que así romperá el vínculo entre ellos y tendrá derecho al matrimonio con ella, pero el Patriarca, con falsos razonamientos, busca enclaustrarla y quemar a Natán por ser judío. El mismo monje que entregó a la pequeña Reha a Natán encuentra una libreta en árabe donde está escrito el linaje perdido de la niña. Saladino, anticipándose a la catástrofe deseada por el Patriarca, manda citar a todos en su palacio. Reha no quiere ser desvinculada de Natán, a quien reconoce como verdadero padre por elección. El Sultán le dice que su deseo será respetado y devuelve a Natán sus riquezas. Ante todos descifra la libreta y revela que el Templario y Reha son hijos de su hermano muerto, Assad.

En el estudio introductorio y notas al texto se encontrarán los debates sobre la sugerencia del incesto y las diversas vinculaciones familiares por elección en la última escena. Interpreto que Lessing pasó de la mera tolerancia religiosa a un grado donde las diferencias buscan ser anuladas en pos de una ‘hermandad’ basada en un humanismo que combate la superstición y demás ideologías fanáticas. Por otro lado, sugiere una reforma hacia la familia tal y como ha sido establecida, una inversión de la finalidad del Estado, volcándola hacia la comunidad, así como una defensa ofensiva hacia las religiones e ideologías que promuevan una atomización confrontativa entre los individuos.

Lee un fragmento del libro aquí

Bio Juan Carlos Lozano

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