Rencores domésticos

Por Carlos Jáuregui

  • Título: Los caídos
  • Autora: Carlos Manuel Álvarez
  • Editorial: Sexto Piso
  • Lugar y año: Madrid, 2015

La novela del joven cubano Carlos Manuel Álvarez (Matanzas, 1989) es la exploración breve y directa de un joven que consigue a mirar el entramado a través del filtro de una modernidad que no termina de emparejarse con las formas heredadas.

A simple vista, nos introduce en la vida a una familia cubana venida a menos, y se apoya en el sentimiento de transición post-revolucionario de cada uno de sus miembros para cuestionarse y cuestionarnos por qué no podemos resolver la lucha entre el deber ser y lo que es.

Álvarez nos presenta a los personajes desde el inicio  con breves pero contundentes rasgos: el padre, un comunista ex militar que trabaja en un hotel y conserva ante todo el patriotismo y los valores; un hijo que a regañadientes cumple con el servicio militar y que tiene la absurda fijación de atormentar a su madre en forma anónima; una hija quien trabaja con el padre y roba a sus espaldas; y quizá el miembro más interesante: una madre ex educadora que es por igual sostén y derrumbe del núcleo familiar.

Cada uno de ellos lidia con el drama ingénito que supone vivir en familia: el hijo sufre el resquemor de haber tenido a un padre idealista y correcto. La hija es la más apegada a la madre y a la vez, la más desconectada a la familia. El padre vive en un mundo veinte años atrás y la madre —la figura más emblemática— se ha dado por vencida y, no obstante, desde su fragilidad, mueve los hilos de todo lo que circunda a la familia.

La novela inicia con la llamada del hijo para verificar la salud de la madre, quien padece una rara condición que no terminan de identificar: su condición la hace por igual perder la memoria, mechones de cabello y el equilibrio.

No solo eso, la madre constantemente recibe llamadas anónimas por teléfono de alguien que la ofende y suelta blasfemias en contra de su familia; alguien que la conoce demasiado bien “una voz impersonal, una voz que sabe”, y que le es imposible identificar si es real o producto de su imaginación.

A modo confesional, los personajes se mueven entre presente y pasado para explicar sus actos y confesarnos todo aquello que no se atreven a compartir con sus propios cercanos,  una herencia abrumadoramente latinoamericana.

Los Caídos es una fotografía demasiado vista de nuestra sociedad, en donde las apariencias lo son todo. El movimiento comunista queda relegado a segundo plano —acierto de Álvarez— y el autor se centra específicamente en mostrarnos el cuadro de una familia que de frente se mantiene firme, pero que en su interior se desmorona entre deseos no consumados, culpas y la negación total de lo que no se quiere ver.

El padre, a ojos cerrados, enaltece a la revolución y el comunismo, atribuyendo todo avance a esta ideología, mientras la madre y los hijos lo detestan tras haber sufrido las consecuencias de la escasez. El padre, cargado de una positividad absurda, se rige con los valores que su familia repudia. La nueva generación ve lo que ya no está al alcance del padre:

“En el centro de la angustia mundial, en el corazón de la mediocridad, reside el hecho de que toda esa masa uniforme de hombres y mujeres, niños y niñas, tienen diariamente que despertarse al amanecer, sobre las cinco y media o seis o seis y media de la mañana, y acudir a regañadientes a sus trabajos o a sus escuelas, cabizbajos, como ganado conducido al matadero diario, instituciones que odian con toda soñolencia y letargo, pero a las que les siguen rindiendo pleitesía.”

Conocemos a los personajes a través del diálogo, donde exponen sus vicios: los hijos critican, el padre resiste ante todo y la madre, quien más entiende y ve la obra tras bambalinas, es el eje rector. Su enfermedad los obliga a que todo gire alrededor de ella.

Más allá de introducirnos en anécdotas cotidianas —y hasta cierto grado cómicas— de la familia, en donde podría parecer que “no pasa nada”, el autor ataca de frente los valores y el núcleo que hoy en día parece ya insostenible. Esto es lo interesante y brutal de esta narración: llámese Cuba, México o cualquier otro país latinoamericano; el arraigo caprichoso, estoico, recalcitrante, mal entendido y reacio de la familia por continuar dogmas auto-impuestos, provoca un sentimiento vesicante similar al catolicismo puro, en donde el sitio común es repetir y resistir a toda costa “los tiempos duros”, sin importar lo que destruyan.

“Ahora todos toman lo que les dan, y lo que no les dan también. A veces yo creo, aunque por supuesto no lo digo, que los héroes de la Patria la tuvieron más fácil que yo. Dicen que esos tiempos eran duros, pero tiempos duros de verdad los tiempos en que nadie quiere hacer nada, tiempo de crisis de valores, de simpleza espiritual, de poco temple.”

Álvarez desenvaina apenas iniciado el libro exponiendo su tesis al elegir una frase de Philip Roth, maestro del escarnio al núcleo familiar: “Todos tenemos un hogar, y siempre es ahí donde las cosas van mal”.

Aquí no importa la historia familiar ni el origen —de ahí que nunca se sepa el patronímico, no es relevante—, sino que importa todo lo que intencionalmente se omite de ella. Como en “Colinas como elefantes blancos” de Hemingway, Álvarez esparce solo migajas que mientras más velan el pasado, más aportan. Los personajes rememoran tiempos duros solo a través de objetos, o a falta de ellos: un pollo, un televisor o una mesa roída son usados como timbres que embullen periodos enteros de tiempo.

Así, Álvarez rompe con el contemporáneo vicio de describirlo todo o de competir por presentarnos la historia más triste. No es necesario, pues la fuerza viene del simbolismo que le da a las cosas. Lo que en realidad aporta es el rompimiento y la disonancia entre conceptos y discursos. No enlista carencias sino que evoca recuerdos puntuales.

A través de Diego (el hijo mayor), Álvarez construye recuerdos añejos en apariencia simplistas, que llevan una carga densa y destructiva. Una tragedia es vista de forma corta y edulcolorada, como solo puede verla un infante, pero nada hay de inocente en la intención:

“Comíamos en el piso, por ejemplo. No teníamos mesa. Sé que es una cosa increíble, porque mesa todo el mundo tiene, ni mesa había en casa, tan pobres éramos. Para mí estaba bien… creía lo único que se puede creer a esa edad, que el mundo venía prediseñado sin mesa en el comedor, que el mundo venía desprovisto de ciertas cosas, en los puros huesos, y que en todos los hogares del país se comía como comíamos nosotros, con un mantel tendido en el piso.”

Lo notable es la memoria del relato que se hace desde el entendimiento adulto. Mientras más nos adentramos en el seno de la familia, más se endurecen los conceptos de sequedad, culpa e incomprensión por averiguar cómo es que la gente se resiste a mantener núcleos en los cuales no quiere pertenecer, haciendo que la tradición y el conformismo maten al estímulo humano.

Ignorar los cambios  o el paso del tiempo es mutilarse. Por ello, lo interesante aquí es que esta historia se repite en cualquier familia. Es la maldición de los baby boomers que esperaban que su progreso y su modo de vida permearan en la siguiente generación, lo que causó un efecto completamente contrario. Como es común, la expectativa y herencia fulminan a las familias.

Los padres insisten en mantener un hogar que los hijos niegan y, al buscarlo afuera, no lo encuentran. El padre abofetea al hijo por maldecir el movimiento, pero después de repasar varias botellas y memorias de su propio progenitor, remata en lo inevitable:

 “Tu casa es ésta hijo, aquí siempre vas a tener tu casa. Sólo que armé una familia, y una familia siempre trae la destrucción de otra. Uno es un puente entre la gente de la que uno viene y la gente a la que uno va.”

La visión de vida, de Estado, de compromiso y de responsabilidad difiere íntegramente dependiendo de los miembros de esta familia. Mientras que por un lado el padre idealiza principios castrenses, al Che y a los revolucionarios, los hijos acusan un desapego absoluto a los valores mínimos.

A lo largo del texto, el padre repite constantemente una anécdota del Che en donde el héroe revolucionario rechaza una bicicleta que le obsequia el administrador de una fábrica, argumentando que las bicicletas pertenecen al Estado y que no están a voluntad de la gente. El padre rememora aquellos tiempos con gusto: kilómetros recorridos en un Nissan viejo, con el vicio de quien no ve más que el pasado; mientras que los hijos acusan una infancia corroída de principios vacíos y escasez:

“esa es la base de mi personalidad y defiendo al que soy, alguien que veía los dibujos animados en la sala de los vecinos, alguien que tenía que asomarse entre los balaustres de las ventanas ajenas… de acuerdo, yo no era consciente en el momento. Creía que mis padres me daban todo lo que podían darme, pero ahora comprendo que no, que pudieron hacer más, sobre todo Armando, aun que no sé por qué mi madre no se divorció, qué sentido tenía cargar con ese adefesio anticuado de marido y, de paso, sacrificar la infancia de sus hijos.”

En cuanto al estilo narrativo, Álvarez no se complica y presenta los capítulos mediante una narración en primera persona, dando voz a cada uno de los personajes, modelando así un juego de perspectivas en donde en la misma situación cabe una disímil apreciación, dependiendo del punto de vista y lugar que ocupa el narrador en turno.

De diálogos sencillos y lenguaje concreto, el texto ostenta la formación periodística del autor. Álvarez logra mantener una línea humorística y solo en ciertos momentos, cuando lo ve conveniente, ralentiza la narración y multiplica los puntos que nos obligan a pausar un pensamiento. Imágenes que logran una introspección fulminante:

“Yo corría a casa con mi bolsa de maestra debajo del brazo. Los zapatos húmedos, las medias empapadas, la blusa pegada a la espalda, los poros erizados, los huesos reblandecidos y el frío en los músculos. Las nalgas se me erizaban, los pezones de punta. Sin embargo, ya en casa, a salvo, sentía que los rasgos se me acentuaban, un toque elegante en alguna zona ubicada entre mi boca, mi nariz y mis ojos, el foco central del rostro, cierta proporción que es la que en realidad dicta o anula la belleza.”

Reiteramos que lo relevante de la novela de Álvarez es la fotografía que presenta de la actual sociedad latinoamericana. En ella refleja estigmas y deformaciones que parecen continuar impregnados aun con el paso del tiempo. El “patriarcado de facto” que nuestra sociedad continúa sosteniendo, es presentado ante el lector de forma velada pero contundente: el padre es quien aparentemente tiene la última palabra, pero la madre, a través de su templanza, de su cocina e inclusive de su enfermedad, define el núcleo familiar.

El simbolismo de Álvarez alcanza el clímax con un devastador recuerdo que los marca permanentemente y que hace que algo tan inocente como un pollo se vuelva un tabú para toda la familia: durante los tiempos duros, los padres se ven obligados a dar de comer por varios días harina a sus hijos, y un día de suerte, la madre recibe unas piezas de pollo. Los padres ven en ello un milagro, extasiados y hambreados, cocinan el pollo acompañándolo de ensalada y con todos los restos que tienen,  adornan la mesa, el padre da un discurso, se besan y cuando sirven los platos, los niños no prueban el pollo, quieren harina.

Este es el conflicto que Álvarez ventila a través Los Caídos: eso es la familia, al final, siempre existe esta duplicidad de amor y de rencor hacia el hogar. La eterna riña con los padres, la culpa y la recriminación emanada de las buenas intenciones, citando nuevamente a Roth en El mal de Portnoy:

“De aquel modo feroz y autodestructivo en que tantos hombres judíos de su generación sirvieron a sus familias, mi padre sirvió a mi madre, a mi hermana Hannah y, especialmente, a mí. Él estaba preso, pero yo volaría: tal era su sueño. El mío era corolario del suyo: mi liberación acarrearía la suya, de la ignorancia, de la explotación, del anonimato.”

Álvarez insiste en el tabú de la familia y emplea una metáfora para referirse al canibalismo que se da entre los pollos: “en la jaula de alambre, el vicio del aburrimiento es hereditario.” El pollo, en principio animal noble, al estar bajo un condicionamiento reiterado se trastorna y alcanza lo peor de su naturaleza, hasta reducirlo al canibalismo, haciendo que los pollos encerrados se picoteen unos a otros. El humano no es diferente y el asomo en la ventana de esta familia es prueba suficiente para demostrarlo.

 

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