Una pequeña gran historia

Por Guillem Borrero

  • Título: El viento que arrasa
  • Autora: Selva Almada
  • Editorial: Mar dulce
  • Lugar y año: Buenos Aires, 2012

Leyendo la breve autobiografía infantil de Augusto Monterroso, “Los buscadores de oro”, me topo con la reflexión sobre la conveniencia o no de leer y/o reseñar libros malos. ¿Quién no ha meditado durante un rato algo así? No recuerdo qué concluye el genio guatemalteco, pero a raíz de eso revivo el remolino de sentimientos al intentar leer el flamante Premio Biblioteca Breve 2018: “Trilogía de la guerra”, de Fernández Mallo. ¿Qué está pasando con la línea editorial de tan prestigiosa casa?, me pregunté entonces. ¿Qué le están haciendo al Premio Biblioteca Breve? Y luego canté un réquiem en honor a “Las afueras”, inmensa primera novela de Luis Goytisolo, ganadora en 1958 de la asimismo primera edición del otrora ilustre premio convocado por Seix Barral.

Incapaz de justificar mis palabras con una reseña de las ciento y pico páginas de esa novela, me quitaré el mal cuerpo con cualquier obra de Selva Almada. Por ejemplo, ya que estamos, de su primera novela, El viento que arrasa: una obra pequeña pero de alcance universal, una gran obrita que deja en ridículo las ínfulas de grandeza (desde el mismo título) de la novela que tanta decepción y enojo lograron despertarme.

La acción de El viento que arrasa transcurre a lo largo de un caluroso día en un taller mecánico en el arcén de una carretera secundaria de la provincia de Buenos Aires. El chico y el señor que allí viven y trabajan ven pasar las horas bajo los coches, la vista a veces clavada en los grasientos motores, otras en el interminable discurrir de los automóviles. El joven nunca ha salido de ahí, el mayor lo ha educado como ha podido: le ha enseñado la bondad, le hablado de la naturaleza, mas no de Dios. El conflicto se vislumbra cuando un día, por la mañana, llega un reverendo acompañado de su joven hija. Se les ha averiado el coche. La reparación se va a alargar hasta entrada la noche. Ella está harta de tener una vida nómada por culpa de la profesión de su padre, quien, por otro lado, enseguida ve el trabajo que Dios le ha enviado a llevar a cabo en ese taller.

Así, el motor para la narración es un logrado equilibrio, casi perfecto, entre sencillez y potencia.

Mientras discurren las horas, los cuatro personajes comparten encuentros. En la comida, en la siesta, en la cervecita de la tarde. El recurso de las analepsis, cuyo uso puede parecer forzado, innecesario y pedante en muchas obras, en la presente resulta oportuno y hábilmente resuelto. Almada nos deja ver de los pasados de los personajes la medida exacta para entender sus deseos, y así logra inyectar a la narración tan solo los datos necesarios que nos permiten intuir qué está pasando realmente ahí. Y adivinamos los rencores. Poco a poco comprendemos por qué tenemos desde la primera página esa sensación de tensión, suave pero constante. En este momento ya sabemos qué mueve a cada cual: qué quiere, qué le falta, de qué huye. Los personajes han cobrado vida.

Como suele trabajar Almada, esta novelita es exacta como un reloj. Cada frase es una pieza del engranaje. Ni sobra, ni falta. El ritmo de lectura, que también parece medido por un reloj, se acopla al de los sucesos narrados. La acción tarda lo mismo en suceder que en leerse.

¿Qué más se puede pedir ? Pues se puede pedir un estilo depurado pero al mismo tiempo libre de barroquismo y muy oral. Selva Almada lo ofrece. También se puede pedir que sea sutil, que apunte al más allá sin enzarzarse en una trascendencia barata. Selva Almada hace exactamente eso. Que sea tan verosímil y natural que por un instante pienses que los personajes no son personajes y te entren ganas de salir corriendo para echarles una mano. Chapó. Y de propina: una crítica tan soslayada como certera a los valores hipócritas de la sociedad occidental y a la hegemonía del orden mundial centro-periferia.

A quién le gusten los libros que empiezan “Advertencia para el lector”, y luego sugieren un modo de lectura en particular, les propongo que lean El viento que arrasa bajo una higuera que esté al alcance del canto de las cigarras, con una botella de tinto a mano, y en el transcurso de su acción, medio día. Que aproveche.

 

Lee un fragmento de El viento que arrasa aquí

 

Guillem Borrero bio

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