Velázquez for Dummies

Por Carlos Jáuregui

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  • Título: Despachador de pollo frito
  • Autora: Carlos Velázquez
  • Editorial: Sexto Piso
  • Lugar y año: Ciudad de México, 2019 

 

Terminada la trigésima cuarta edición de la Feria Internacional de Libro en Guadalajara, se comprueba que el aparato de la obra impresa y todo lo que ello conlleva —para bien y para mal—, seguirá vivo por un buen tiempo. Quien haya dedicado el tiempo suficiente en recorrer la magnitud del evento, podrá corroborar que similar a lo que ocurre en la música actual, hay que navegar entre un sin fin de negocio, postureo y letra inflada para encontrar literatura que restaure el espíritu del que necea por hallar originalidad y talento.

La obra de Carlos Velázquez (Torreón, 1978) presentada en la FIL 2019, justo pertenece a este grupo fresco librado de ínfulas y contactos. Y es que en tiempos de puro y duro marketing, forzados títulos plasmados en retruécanos y de estrategias burdas de mercado, toparte con una obra que de inicio en su prólogo cita a una canción de Lifeblood (Manic Street Preachers, 2004), ya es una buena señal para arriesgarte con el ejemplar.

La literatura de Velázquez se distancia a leguas de una glosa abotargada, para asemejarse a una letra de Tex-Tex o del Haragán y Cía., siguiendo el más puro estilo urbano del adolescente inconforme, del de abajo y de aquél que en su desventura encuentra risas inoportunas. En su obra, más que héroes míticos, nos topamos con versiones alternas de personajes de talla memorable como Chin Chin el Teporocho o el Vampiro de la Colonia Roma en su día.

La narración de Velázquez emana de una mente adolescente que suelta libre la pluma y, en contadas ocasiones, alcanza una leve profundidad gélida de letra de banda inglesa. El autor está muy alejado de la introspección y en la doble lectura, pero en esta obra no son elementos necesarios, puesto que un buen salto a un sucio charco da el mismo placer que contemplar el río en calma.

Velázquez se mantiene fiel a la voz y tono de su inicial La Biblia Vaquera (2008), con un único fin de entretener al lector mediante una desproporcionada buena ficción. Una obra sencilla, de corte urbano, de lenguaje muy simple y hasta muy “barrio”, con cinco breves historias que no presumen otra finalidad que introducirnos a un mundo de personajes que se enrollan y transitan por el célebre monumento a Colón y por su infierno propio.

El humor en el que se desarrollan las historias de Despachador de pollo frito es corrosivo, como emanado del aceite mismo de la famosa receta secreta. Y este característico humor mordaz es común a ésta núbil escuela de autores del norte del país que constantemente deambulan entre el incitador caos de la Ciudad de México y la violencia de los estados arriba (A. Espinosa y Y. Herrera los más destacados, para mi gusto). Quizá la huida de las costumbres arcaicas, la mamitis, los lonches gigantes, la jotería guarnecida en machismo y la violencia normalizada, dota a estos autores de una punzante capacidad de observación y de un humor retorcido que se palpa en cada una de sus líneas.

Los personajes de la obra  de Velázquez presentan una distintiva característica de Dr. Jekyll y Mr. Hyde: son comunes y corrientes a más no poder, pero también son monstruos —sin llegar a requerir deformidades de tipo cinemático—, que están consumidos en un mismo círculo del infierno, plagado de vicios y de defectos propios de cualquier habitante de este incoherente país. La venganza, el revanchismo, la nula auto-crítica, la deformación sexual y el malinchismo están esparcidos a lo largo del libro como minas ocultas, no puestas en forma de crítica si no de auto-referencia a situaciones comunes que son impulsadas por el autor para llegar al extremo. Sus relatos tienen pinta de chistes de pésimo gusto y pasándose el decoro por donde quepa, estira la liga hasta conseguir arrancarnos una risa o una mueca de asco.

El acierto de Velázquez no está en la invención de cada uno de estos personajes, sino en la observación y en la construcción y tensión de sus líneas; aquí nadie se salva; ya que cualquiera de los actores principales de Despachador de pollo frito, son seres de carne y hueso que distan mucho de ser nobles, perfectos —e inclusive propios—, por lo tanto, confunden al lector al arrancarle la simpatía y el asco por igual.

Atendiendo al estilo, la narración de los relatos del autor de “El karma de vivir al norte” es tercera persona omnisciente, lo cual le permite regar un poco de pólvora y mofarse de la doble moralidad nacional o soltar una voraz crítica al entorno social y al “deber ser”; con ello, logra contemplar la puesta en escena desde su alejado balcón, con total libertad para degollar a todo aquel que se le cruza en el texto; los mismos apodos de los personajes, describen sus defectos.

Por otra parte, la narración en primera persona que utiliza en “Desnucadero” y “Paul McCartney for dummies” no solo acentúa a los personajes y hace del lector un cómplice, sino que dota de más credibilidad a aquellos que nos están confesando su vía crucis. El lenguaje ramplón y desenfadado de los protagonistas asemejan a una historia cualquiera que compartíamos en el patio del recreo o en la cantina después de envalentonarnos con alcohol.

Velázquez muestra en la obra dotes camaleónicos con un lenguaje muy rudimentario pero siempre plasmado de símiles atinados e imágenes tan desproporcionadas que rayan en lo excéntrico; el texto es justamente lo que el autor es, con su misma esencia que ensayó desde La Biblia Vaquera. El reto quizá para él —atendiendo a su vasto conocimiento musical— será “ alejarse de su Microbito” por así decirlo, y evitar que todo lo que escriba en el futuro nos suene a lo mismo.

Los personajes son urbanos y comunes, lo que comprueba que historias hay en todos lados, solo hay que saber desarrollarlas. El autor es una excelente mezcla de observación y narrativa, atrapado en el cuerpo de un escritor de cómic.

Velázquez es muy hábil en llevar las historias como quien cuenta lo que recién le pasó a un amigo —característica inusual pero muy de autor del norte—. En una entrevista señaló que las ideas y tramas de sus historias siempre están ahí desde el inicio y que en el desarrollo, los personajes mismos reclaman más protagonismo y lo estiran a situaciones que rompen la causalidad y todo orden lógico. Usa constantes referencias a lo que adivinamos una adolescencia henchida de música, videojuegos y aventuras callejeras, vistas por  un auténtico geek y pata de perro, que bebió por completo la cultura pop mezclada con los libros y televisión de los ochentas.

En algunos casos la historia es lo de menos, la narración es fácil y contagiosa como canción de rock en español; el vómito sin tregua de imágenes urbanas causa un embrujo sobre aquellos que hemos padecido por demasiados años esta ciudad. Si habría que buscarle, se compararía con el disco homónimo de Café Tacuba (1992), atendiendo a un lenguaje desenfadado y a la vez entendido e histórico:

Qué nochecita. No se dejen engañar por el arete en mi oreja derecha a lo Maradona. Si huí de los tanques en la Plaza de las Tres Culturas es porque tengo la edad que me calculan y mi indigestión se arrodilla ante media torta ahogada. Me tuve que tragar el steak y los nachos para no quedar como un infiltrado. Se supone que habían contratado mis servicios para desenmascarar al impostor y el único que se ponía en evidencia en todo momento era yo.

Velázquez presenta cinco relatos que se relacionan por mera geografía y por circunstancia, pero que llevan en cada uno un demonio personal que purgar. Si fuese necesario establecer un cierto hilo conductor en Despachador de pollo frito —obviando el inicial Paul McCartney para dummies, que se aleja de todo—,  todos los cuentos nos refieren a negaciones de los personajes. Todos ellos saben que sus actos los llevarán directo al desfiladero y, no obstante, son arrastrados ante su propia desidia y cobardía; se repite demasiado el escape de culpar al tercero fuera de uno mismo.

Paul McCartney for dummies es un acierto del autor y personalmente me parece el mejor logrado y la más libre narración en la obra; un ejemplo de lo que significa el “soltar la pluma”. La historia parte de un menjurje emanado de comics, Philip K. Dick y algo de “Almost famous” de Cameron Crowe. La premisa es tan simple como fumada: el cuerpo del idílico Beattle desde hace mucho tiempo se encuentra preservado en secreto por el gobierno americano, así que desde entonces se utilizan reemplazos que cubren las presentaciones del artista y los jubilan de tiempo en tiempo; el último reemplazo es mexicano y se niega a renunciar a su cargo.

De ahí, nuestro improvisado detective (el Dr. Pooh) es enviado como agente encubierto para desenmascarar al impostor y acercarse lo suficiente para arrestarlo. La incongruencia de la premisa se vuelve estrambótico cuando el detective le pone “pruebas” al falso McCartney para desenmascararlo: lo obliga a comer nachos picantes, lo alburea, le pone canciones rancheras para ver si lagrimea, porque solo así sabrá si verdaderamente es mexicano, con diálogos y planes dignos de película de Capulina.

Plagado de oscuros datos históricos y fanáticos, la historia se vuelve un recorrido alrededor del mundo donde se insiste hasta el hartazgo ¿qué es lo que hace a uno mexicano?

La carta del restaurante ofrecía nachos. Agüebo, me dije, los auténticos embajadores. Que me perdonen los tacos y el tequila, pero lo más mexicano que exportamos son los ignacios. No importa en qué ciudad del globo te encuentres nunca te dejarán morir. En los bares de droga de Ámsterdam puedes pedir tu dosis de heroína acompañada de unos nachos con extra queso. Aproveché que Macca fue a lavarse las manos para pedirle una orden. Yo elegí un steak enorme, como para asfixiar a un norteño.

La aventura convierte al detective en roadie, representante y músico, hasta que el momento de la verdad se revela gracias a un tatuaje de mal gusto. Muy de trama similar a película del Santo, la historia de Velázquez nos empuja a caer en incongruencias de la talla de imaginar un apocalipsis zombi en medio Zócalo capitalino; lo valioso es el ingenio y el lenguaje.

“Desnucadero”, el segundo relato, es igual original. Un tipo que como todos nosotros, vive sorteando relaciones que no van hacia ningún lado, decide cortar a su novia con el mismo mecanismo que lo ha hecho siempre, en el McDonald’s de Colón, para evitar escenas.

Ahí nos presenta a tres personajes que sirven como espejo de nuestra sociedad, cuya tercera dimensión asusta de lo real: la ex novia, una fresa-hippie-norteña que se adhirió al movimiento zapatista; Manríquez, un godín que le sirve de Pepe Grillo y le da consejos venidos de su propia mediocridad y frustración, y Judas, el personaje principal, quien es un claro alter-ego de Velázquez —su habla lo delata— y quien sabe que no cuadra con la burguesa con consciencia social, pero insiste en mantener la relación basado en todo menos en lo esencial:

 Existe un viejo adagio, cada vez más en desuso, que asegura que los caballeros las prefieren rubias… pero yo no. Yo las prefiero flacas y narizonas. No sé si será una clase de desviación pero a mí las mujeres de nariz grande me excitan. Mi sueño es algún día irme a vivir a Italia y tener cientos de aventuras con mujeres narigonas.

El autor —ya bien curtido en la sociedad capitalina— utiliza el relato para mostrarnos las cualidades más oscuras de las relaciones y los alcances de cuando todo se va al carajo. La historia se ha repetido hasta el cansancio: todos saben que cuando lo citan en una de éstas franquicias de comida chatarra o de café insípido nada puede terminar bien.

El autor aprovecha el indiferente suceso del rompimiento para describir al punto y con plácido sarcasmo a estos personajes de nuestra sociedad que parecen surgir de un misterioso caldo aderezado con ideologías tan distantes y compradas que no llevan sentido alguno. Esa es la aportación de Velazquez, su aguda observación de todo lo que parece no tener pies ni cabeza:

Lo primero que advertí, desde la cita cero, fue que sufría una crisis de identidad. Había nacido y crecido en el norte, como yo, pero amaba sin reserva lo autóctono del sur. Aparecía vestida con prendas típicas de pueblos indígenas. Lo cual no me molestaba en lo absoluto. De qué podía quejarme yo con mi sempiterno look de contador. El güey con menos personalidad del mundo. Ya hemos visto demasiados pseudojipis como para escandalizarnos por unos cuantos collares. Algo no cuadraba. Y no tardé en descubrirlo.

El relato presenta no solo una fotografía de las relaciones modernas, sino una completa radiografía de los miedos y mitos actuales: los hombres no lloran y las mujeres no cogen. Sin ser en forma un relato machista —lo cual no me parece una agresión directa, sino que uno escribe de lo que vive, y el mismo número de relatos de hombres patanes habrá–, Velázquez utiliza las dos fallidas relaciones del personaje, para darle la puntilla por igual al hombre latinoamericano: hocicón y cabrón pero mansito bajo la dermis; a las mujeres, calladas y manipuladoras; y a los empleados que enfocan su energía, con todos sus negaciones, presunciones y aspiraciones, en nimiedades impuestas por una sociedad de doble moral, gobernada bajo una ilusión de éxito y de la superación por consumismo:

Un asalariado es una subespecie imposible de adoctrinar. Ni veganos, ni católicos, ni abstemios, ni activistas: el godín sólo encuentra lugar en su corazón para el empleo. Es su única religión. Así que La Princesa Maya desistió rápido de su intentona de evangelizarme. Ya estábamos en edad de entender que se puede copular pese a las diferencia de clase, credo e ideología… Me resistía a creer que La Princesa Maya fuera de la realeza. El jeep no significaba nada. Este país está lleno de gente que tiene un carrazo en la cochera pero el refrigerador vacío… era fan del mezcal como todo izquierdoso moderno.

En “La Vaquerobia del Apocalipsis (Cagona Star)”, Velázquez se instala en una disparatada premisa que bien podría ser real: en la Ciudad de México la vida de un travesti que atiende la sección de salchichería en un Soriana, se ve alterada cuando el diagnóstico de su médico le prohíbe el sexo. La narración escatológica se inmersa entre los antros subrepticios de estos misteriosos seres, las confesiones soeces de su “mejor amiga” y el sufrimiento de una mujer ganosa metida en el cuerpo de un hombre que no se adecúa al ritmo de vida de su alter-ego nocturno.

El lenguaje de Camilo (Cagona Star) y sus cercanos es fidedigno y el ingenio de Velázquez mezcla albures subidos de tono, slangs refraneados y anglicismos que buscan —y consiguen— arrancar una carcajada. Nos muestra de forma cómica y trágica, la vida y el sufrimiento de Camilo, con algunas verdades profundas, aunque siempre directas y mal habladas, sin el refine artístico y educado de los locales de La Perla.

El joto no está creado para amar. El joto que ama sufre. Sabes cuándo se acabaron todos los pedos en mi vida. El día que entendí que uno confunde la codependencia con amor, uno como joto. Los heterosexuales son otra cosa. Pero el joto que ama es un ser infeliz. Por eso hay tanta loca que sufre violencia intrafamiliar, que la madrea el mayate o que se deprime porque sus padres lo rechazan. Ser joto es ir de verga en verga.

En “Schade deconstruido” Velázquez nos presenta a un ególatra y viciado simple director de orquesta de Tatahuila, quien hace y deshace a su antojo el manejo de la orquesta y de la “alta” sociedad del pueblo. A través de sus actos irracionales y despóticos, muestra cómo es que funciona verdaderamente nuestra sociedad de pueblo chico infierno grande. Schade bien podría ser regidor, miembro del patronato o gobernador de cualquier sitio y sus actos se equiparan a cualquier otro que se podría leer hoy en día en los diarios.

El relato sirve como lienzo para mostrar el compadrazgo, el servilismo, el malinchismo y el fuerte desprecio que existe hacia todo aquello originario de México en nuestro propio país. El director Salomón Schade —cuyo apellido significa pena o lástima en Alemán—, sirve de ejemplo como lo hay en miles de seres del país, regodeándose en el lodo de lo corrupto y servil, y entregando al pueblo mediocridad revestida de lujo.

Si la orquesta sonaba mal qué importaba. Lo trascendente era la media sonrisa satisfecha del padre, el aplauso que prodigaba un público que por fin sentía justificado el despilfarro de sus impuestos. El mayor logro de Schade era venderles la idea de que la orquesta le pertenecía a la comunidad… Schade demostró el desprecio que le producían sus congéneres. Como un gran sector de tatahuilenses era clasista, racista y ojete. El poder le sentó perfecto.

“Despachador de pollo frito”, el relato con el que cierra y da nombre a la obra, es un cuento que plantea los alcances máximos de la venganza. Nos cuenta la historia de un moderno y mexica Ignatius Reilly —con toda distancia guardada al mítico ícono de Kennedy Toole—, Mr. Bimbo, trabaja como empleado en un Kentucky Fried Chicken que compensa abusos, un bajo salario y pesadas horas con el robo hormiga de piezas sobrantes del restaurante. Su constante visión de “justicia” lo lleva a enfrentarse con un mundo que constantemente dicta las reglas:

 Era antes que nada un escondite en penumbras para minusválidos sociales. Seres a los que en sus casas molestaban con que se consiguieran un trabajo, un nutriólogo, un terapeuta, o la peor de las distopías en su mundo de los videojuegos: una novia.

La narrativa trágica de Velázquez siempre saca a flote su enojo impuesto por la generalidad, y lleva un tono del abusado y excluido. Plantea en sus líneas la lucha eterna entre la masa que flota en la mediocridad de aquellos siempre inconformes.

Al final, Mr. Bimbo planea una venganza última de tal alcance que se mal interpreta y de un intento de suicidio justiciero se convierte en un mártir de la ecología. Y la ironía final nos muestra cómo es que surgen estos personajes actuales que roban tinta y se caracterizan por ser tan nimios y poco memorables.

Velázquez insiste en mezclar temas de actualidad con las fantasías que le estallan en la cabeza. Se entiende su psique, digna de todo aquél que fantaseaba con comerciales de juguetes Mi Alegría mientras su profesor le explicaba la tabla de logaritmos.

Como conclusión, Despachador de pollo frito es muy recomendable; es una lectura fácil y de premisa simple pero efectiva; Velázquez muestra la venganza, el malinchismo, la perdición, la homofobia, el canibalismo y el postureo a manera de pecados capitales. Estos seres comunes, pero obscuros y deformados, son llevados al límite para caer en el torcido final que les corresponde, siempre con un toque de burla y crítica, entre la comicidad de la narración.

Todos los ahí reunidos tenían los oídos tapados y así aunque escucharan a un ángel tocar el arpa para ellos todo sonaba a reguetón.

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