Un disparo a los ojos

Por Becubio Reloaded

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  • Título: Matate, amor
  • Autora: Ariana Harwicz
  • Editorial: Dharma Books
  • Lugar y año: Ciudad de México, 2019

«Con buenos sentimientos se hace mala literatura» André Gide

Siento conocer a esa vampiresa, presiento cuando anda cerca en esta marabunta de gente que es la FIL. A veces se halla estática, introspectiva. Sospecho que no quiere pensar en los encuentros ni en qué hace aquí, ni en su papel, en nada en lo que sucederá en este antro de personajes y mercado de libros, está en un reposo imposible, desquiciado, neurótico. Otras veces su figura espectral se desplaza velocísima hacia un estante en el que busca libros con frenesí, va con personas de la editorial que reeditó su libro, Dharma Books, se encuentra ahí, allá y acullá en un instante, justo como se trasladan los vampiros cuando atacan. Viste toda de negro y sus largos cabellos son más oscuros aun, tiene la piel muy blanca y afilados los colmillos. La imaginación no me deja resolver mis sencillas actividades, arrincona mi mente al enigma de Ariana Harwicz en esas dos modalidades, una quieta pero intranquila, acechante, otra en movimiento veloz hacia direcciones azarosas. Me gusta su nombre, me gustan los libros de la editorial, el suyo se ve singularmente obscuro, su presentación será en una hora así que dejaré todas estas actividades distraídas para conocerla.

Algo que detesté siempre de la vida campestre y que hoy saboreo es que uno se pasa el día asesinando.

La autora optó por no hablar puntualmente de su libro e hizo lo que más me gusta en una presentación: habló de sus gustos musicales, filosóficos, cinematográficos, pictóricos y literarios, sus concepciones sobre la vida y la literatura, no tranquila ni apacible sino con zarpazos y gruñidos incisivos contra lo moderado, lo aceptable, la inercia social con su falsa rebelión. Sin querer hablar de política o movimientos sociales expresó su franco desprecio por la corrección política regida por las morales reinantes «el peor crimen que se puede cometer es la cobardía». Dice que ella es una escritora de campo, ahora vive en una aldea medieval francesa junto al Loire, la prisa urbana no le viene bien para escribir. Estudió filosofía, cinematografía, literatura comparada y fue bombardeada en Argentina, desde chica, por el psicoanálisis y el estudio de la conducta humana.

Oigo que me buscan, el bebé cagado y mi marido en cueros. Ma-ma, ta-ta, ca-ca. Es mi bebé que habla, toda la noche. Co-co-na-na-ba-ba. Ahí están. Dejo el cuchillo en el pastizal quemado, espero que cuando lo encuentre parezca un bisturí, una pluma, un alfiler.

Matate, amor es su primer libro, publicado primero en Argentina (2012) y ahora, con más de 10 reediciones y 12 traducciones, por fin apareció en México. Inmediatamente supe que sería lo primero que leería tras haber escuchado su expresión salvaje y radical ante la literatura y la vida, pero también por mis afinidades con algunas de sus gustos y referencias (David Lynch, entre tantas otras). Matate, amor se compone de capítulos brevísimos, sin nombre ni número. Como podemos darnos cuenta desde el título, está escrito en argentino: un aluvión de vocablos rioplatenses afloran la oralidad para imponer un ritmo vivo e incesante. La prosa es poética y directa, agresiva y retadora. La intensidad con que está escrito, la brevedad de los capítulos y el tiempo presente en primera persona nos obligan a cabalgar a un ritmo acelerado que no permite cambiar el tono ni detenernos a averiguar la acepción o el significado preciso de algún vocablo extraño a nuestro dialecto sino hasta haber terminado de experimentar una cadena de catástrofes desde una sensibilidad para la cual este absurdo de “civilidad” no puede ser normalizado.

Mi marido quiere plantar un árbol para darle larga vida al bebé y yo no sé qué decirle, sonrío como una gansa. ¿Se da cuenta él? De todas las bellas y sanas mujeres que hay en la región se vino a enganchar conmigo. Un caso clínico. Una extranjera. Alguien que debería ser clasificada de incurable.

Impacta continuar capítulo tras capítulo y notar que los personajes siguen sin nombre, son el bebé, el perro, el cónyuge, el esposo o el marido. Pese a entender que a la protagonista –la mamá– tampoco le hace un verdadero sentido ninguna de esas denominaciones objetivas e impersonales, vemos que no hay otra manera de nombrarlos en esta realidad disociada, donde su pensamiento crudo sobre el propio automatismo atestigua un mundo que transcurre naturalmente absurdo y al que no quiere sucumbir ni ser parte de él así nomás, como si no tuviese una formación profesional crítica y múltiples conocimientos sobre la brutalidad del mundo en que vivimos, no puede aceptarlo, repudia el deber ser para quedarse con el crudo ser aunque le consterne y tampoco la satisfaga.

Los días que mi marido sale de viaje pongo un bebé de plástico en el asiento trasero del auto en pleno estío. Me divierte ver la cantidad de vecinos y empleados estatales que se alarman. Me gusta mirar sus reacciones de buenos ciudadanos, de héroes queriendo romper el vidrio y salvar a la criaturita de una muerte por asfixia. Me entretiene ver el camión de los bomberos llegar al village con la sirena. Infradotados. Y si quiero dejar en el auto bajo cuarenta grados de sensación térmica a mi bebé lo hago. Y no me corran con que es ilegal. Si quiero optar por la ilegalidad, si quiero convertirme en una de tantas congela-fetos lo hago. Si quiero ir a la cárcel veinte años o huir, es una posibilidad también.

Matate, amor no es un libro sencillo pues no creo que sea adecuado reducir su temática a “la maternidad no deseada”, “la depresión posparto” o a “una femme fatale que se quedó loca de remate”; dichas reducciones siempre fomentan supuestos y normalizaciones populares, gratuitas, cuando lo que más comunica la narradora es su disconformidad con lo establecido, mostrándonos que la sociedad y sus instituciones, sus ritos y actividades están plagados de automatismos absurdos que no se mantienen ante el más mínimo cuestionamiento. Por un lado, me hizo pensar que con esta obra Ariana Harwicz revivifica y renueva a Camus con una especie de La Extranjera, por otro lado me recordó a la complejidad que produjo al personaje de Tenemos que hablar sobre Kevin de Lynne Ramsay (2011), una realidad irrevocable que nos sobrepasa pero en la que aún subsistimos en resistencia y convulsiones.

Me gustaría tener de vecinos a Egon Schiele, Lucien Freud y Francis Bacon así mi hijo podría crecer y desarrollarse intelectualmente viendo que el mundo al que lo traje es algo más interesante que abrir las lumbreras desde donde no se ve.

Muchos podrían opinar que quien escribiera un libro como este le tendría que hacer prometer a su pareja que jamás lo leería ni le dejaría saber de su existencia a su hijo, pero justo ello contradiría la frase anteriormente citada de la autora, donde el peor crimen sería la cobardía y, en cambio, exponer esta realidad problemática de ciertas madres frente a su condición, su producto, su pareja, la familia y el medio social civilizado resulta radical e incitador para cuestionar lo instituido dizque racionalmente.

Mi suegra me miró durante todo el día con aire afligido. Ya no sabía qué más hacer por mí cuando golpeó la puerta de madrugada y entró tímida con otro vaso de agua y una pastilla verde y blanca. Gracias, dije, y apenas salió la tiré al fuego. No me gustan los efectos secundarios. No me gusta la antidepresión. Lo único que podía hacer en esos casos era abrazar mi vientre y esperar.

De hecho, las reducciones temáticas que mencioné anteriormente mantienen los supuestos que la filosofía de la Ilustración, atea y radical, cuestionó hace tres siglos; críticas que Ariana Harwicz no ha dejado de tener en cuenta (en su presentación aludió a un par de estos filósofos): la individualidad propia es una realidad muy endeble y más aún lo es cuando uno cree determinar la ajena; uno no siempre es la misma persona ni su identidad se mantiene estática, ni siquiera existe del todo la autonomía ni la libre voluntad, es un capricho sentimentalista creer que uno decide algo; un individuo no pertenece a otro, ni siquiera un hijo, sino en la medida en que se puede ejercer el poder sobre éste; las diferencias entre civilización y barbarie, lo público y lo privado son una farsa liberal pues una sociedad que niegue sus instintos, el placer, el deleite por una corrección cordial sólo podría estar guiada por una triste y torva superstición.

Le grito en público, me gusta armar escándalos, rebajarlos, mostrarles cuán temerosos son. Porque son eso, gallinas. ¿Cómo es que ninguno me trompeó? ¿Cómo es que ninguno llama para que me deporten? Es tan obvio que tienen razón, que la que busca roña soy yo, que ellos hacen su trabajo y no molestan a nadie.

El desenlace de Matate, amor es intenso y consecuente, como todo el libro. Desde el inicio no hay un momento donde baje la tensión, las observaciones críticas, el humor irónico y sarcástico, aunque sea en la manera de nombrar las cosas, las acciones y a las personas; siempre perdura la imposibilidad de creer que se viva esto que sigue desenvolviéndose alrededor de uno mismo, o más bien de esa una que no es sí misma pues no logra identificarse con ese entorno, con esas situaciones, con ese cuerpo que sigue pariendo o que siente un deseo sexual ajeno al amorcito socialmente aceptable. Excepto cuando emerge la naturaleza salvaje del bosque que los rodea, el ciervo que la mira como nunca pensó ser mirada, los pájaros silvestres, las criaturas nocturnas que rondan entre los árboles.

Camino hacia el ventanal, siempre juego a que lo atravieso y me corto entera, siempre quiero cruzar mi propia sombra. A punto de estrellarme me detengo.

La cita anterior es el antecedente de mi escena favorita del libro, por ahí de la mitad, y que da pie al desenlace. En ella la protagonista se arroja y quiebra en añicos el amplio cristal corredizo que da al patio, para correr desnuda y toda llena de vidrios, sangrando por doquier, y así lograr internarse en el bosque, en lo salvaje, a donde verdaderamente pertenece y a dónde los seres gregarios no pueden seguirla sino renunciando a la cobardía que les es ingénita como sociedad enajenada.

Otros libros de Ariana Harwicz son Débil mental (2014), Precoz (2015), Degenerado (2019) y Tan intertextual que te desmayás (en colaboración con Sol Pérez, 2013).

 

Bio Juan Carlos Lozano

 

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