Vuelve Zambra

Por Miguel Blasco

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  • Título: Poeta chileno
  • Autora: Alejandro Zambra
  • Editorial: Anagrama
  • Lugar y año: Barcelona, 2020

 

Tengo un amigo que asegura que Leopoldo María Panero podría haber sido profesor universitario. Lo que parece una boutade, puesto que uno tiende a imaginárselo dictando clases crípticas e ininteligibles frente a un cenicero repleto de colillas y una mesa atestada de coca colas, puede que no lo sea tanto. A poco que la también poeta Ana María Moix no le hubiese abandonado allá por los sesenta en Barcelona —ruptura de la que nunca se repuso, desengaño amoroso que lo abocó al contorno del abismo— y que el poeta cazatalentos Pere Gimferrer no lo hubiese desechado  convirtiéndolo en el juguete roto de los Novísimos, pues sí, tal vez el invernadero de flores raras que es la universidad podría haberle admitido en su seno. Al que cuesta menos imaginar de profesor universitario es a Roberto Bolaño, si siguiera vivo hoy sería posiblemente doctor honoris causa por la Universitat de Barcelona o por la Diego Portales, en Chile, o ¿por qué no?, de la muy literaria Universidad de Iowa. En vida puede que  esa idea jamás se le cruzara por la cabeza, más bien fue el creador de uno de los mejores y más prestigiosos centros del planeta: la Universidad Desconocida. Pero bien, a lo que importa, ¿en qué hubiese cambiado su poesía si Panero o Bolaño hubieran disfrutado de una cátedra y un despacho calentito con vistas al campus? Tal vez, como dice Marguerite Duras, su poesía y su obra narrativa habrían perdido noche.

El que sí que fue profesor universitario es Alejandro Zambra. Yo tuve la suerte de colarme en una de sus clases en la Universidad Católica de Santiago y hasta comencé a grabarla. No fue, ni de lejos, una de sus clases más brillantes puesto que lo aquejaba uno de sus sempiternos dolores de cabeza, y desde luego fue un experimento fallido: a los veinte minutos apareció la recepcionista, quien descubrió que me había colado sin pedirle permiso (a ella, a la institución) y que encima estaba grabando. Al estar allí gratis y por el morro (la Universidad Católica es una de las más caras de Chile), me reprendió en público y me obligó a marcharme con mi videocámara y mis trastes de sonido; Zambra, de quien obtuve el beneplácito directo, trató de intervenir y ante la tajante negativa de la recepcionista alemana, exclamó: Bienvenido a Chile.

Creo que ya conté esta anécdota retocándola un poco al hablar de Facsímil, pero sirve para ilustrar que en ese país latinoamericano, destrozado por una dictadura y campo de pruebas de las doctrinas económicas neoliberales más atroces del continente, el literato chileno debe meterse —aunque le duela, aunque carezca de verdadera vocación— en esa cueva de ladrones que es la universidad. Sin esa carcasa, sin ese refugio, la alternativa es la noche, un futuro de infarto, un cáncer hepático; el handicap es doloroso, qué duda cabe que Zambra y Gonzalo (el protagonista de Poeta chileno) eligieron no deambular por el lado salvaje de la vida, asimilaron que si una técnica sirve para escribir debe servir también para vivir (tal cual asegura Fabián Casas en la cita que abre la novela).

Poder vivir de lo que a uno le gusta, esa es la gran utopía que Zambra aborda en su nueva novela, más bien atenta contra ella con tremendas dosis de humor y desengaño, sacando a la luz el estado de permanente precariedad de quien decide embarcarse en tal quimera, insertando, por ejemplo, los informes de Prudence, una periodista gringa perdida en Chile, quien, en otro guiño cómico, asegura a los protagonistas que parecen salidos de una novela de Bolaño.

“Los poetas chilenos son extraordinariamente competitivos, parecen neoyorquinos. Los poetas chilenos me miraron las tetas descaradamente. Y la única mujer que entrevisté también me miró las tetas descaradamente. Me pareció que buena parte de los entrevistados tenían severos problemas de halitosis. Me parece que algunos de estos poetas serían capaces de liderar una secta si se lo propusieran. Ninguno se dedica exclusivamente a la poesía. Bueno, no sé si hay algún país del mundo donde los poetas ganen dinero. ¿Dinamarca? ¿Hay poetas en Dinamarca? Si los daneses son tan felices, no creo, para qué necesitan poetas si son tan felices. Entonces ser poeta en Chile o en cualquier parte del mundo es como llevar una doble vida. Es como tener dos familias o muchas familias. Y quizás eso es bueno, no están encerrados, conocen la realidad. No se quedan en sus casas escribiendo bonito. (…)  Vamos a descubrir a un montón de detectives salvajes”.

Ahora bien, en lo que Zambra se vuelve a revelar como maestro absoluto (léase Bonsai, léase La vida secreta de los árboles, léase Mudanza) es en su capacidad de análisis —iba a escribir vivisección— de las relaciones de pareja, del amor y su cese y su retorno, de la tremenda dificultad para construir hoy algo no perecedero junto a alguien pero, también, de la fugaz alegría cuando ese algo tira para adelante. Y ha encontrado, además, la distancia adecuada para hablar de Chile —esta novela abarca desde los noventa a la actualidad, huelgas estudiantiles incluidas— el texto rezuma Chile por los cuatro costados, sus miserias, sus usos y costumbres, la graciosa manera de hablar de sus gentes (huevón, culiado, conchatumadre, etc) sus hits literarios y musicales… Estamos ante otro ajuste de cuentas contra su tierra natal, mucho menos virulento que Facsímil y, por tanto, más digerible; mucho más próximo que Formas de volver a casa.

Tocado por la varita de la genialidad en el uso del diálogo y en especial de los diálogos entre un niño y sus progenitores, tan difíciles, Zambra los vuelve vivaces, creíbles, rotundos. Casi tanto como los de Valeria Luiselli. Podríamos decir que México le ha sentado muy bien. Y podríamos terminar diciendo que es uno de esos autores imprescindibles a los que uno espera como agua de mayo en la mesa de novedades de su librería de confianza.

Nunca se ha ido pero hoy vuelve con fuerza.

 

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