Serna para la cuarentena

Por Carlos Jáuregui

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  • Título: El vendedor de silencio
  • Autor: Enrique Serna
  • Editorial: Alfaguara
  • Lugar y año: México, 2020

 

 

A estas alturas parecería redundante hacer una reseña más a la última novela de Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) o siquiera sugerirlo como un autor a seguir. Serna lleva ya muchos años en el juego; muchas novelas, ensayos y cuentos demostrando —a nuestro parecer— ser el mejor autor mexicano de la generación del crack. “El vendedor del silencio”, que apenas salió a la venta en septiembre del año pasado, está totalmente agotado y a hoy la mayoría de lectores o curiosos, como en película de saga, tienen una idea más o menos clara de qué va la línea.

Serna nos presenta de golpe y en primera escena a Carlos Denegri: el periodista más informado e influyente en la vida política de México durante tres décadas (1940-1970); un personaje cardinal en la maquinaria estatal, cuyas enormes cualidades sociales, políglotas y faltas de ética le permitieron amasar una fortuna considerable y obtener alcances de poder a la altura de tantos otros personajes nefastos que han desfilado por nuestra historia (léase el Negro Durazo como ejemplo, entre otros).

De ahí el título de la novela, pues Denegri no vendía información ni devociones, sino que las usaba de pantalla y moneda de cambio para condicionar el ventilar los pecados más oscuros de aquellos en el poder; una infinidad de archivos pringosos tocantes a la cúpula gobernante eran su fortuna y pago. Con solo irrumpir en las primeras diez cuartillas, el lector puede detectar quién es el protagonista: un sagaz manipulador, misógino, déspota y chantajista profesional, que con la misma discreción que soltaba miel a los poderosos, golpeaba e injuriaba a cualquier mujer en su órbita:

No le sentaba mal el atrevido escote que llevaba esa mañana y sin embargo resistió estoicamente la tentación de mirarle las tetas. Estaba buena pero era inculta y vulgar, una peladita empeñosa con ideales de superación personal.

La historia de vida de Denegri está marcada por la tragedia de principio a fin, su culto linaje y envidiable preparación contrarresta la vergonzosa y torcida relación con su madre, la rivalidad edípica con su padrastro; estos factores, sumando su copiosa ambición, concibieron a un villano digno de Scorsese, de esos que solo se pueden dar en México. Un dandi de corte Garcés que adoptaba las formas más sutiles para encantar y, a la vez, con copas encima, perder los estribos y regurgitar al monstruo que moraba en su interior. Su irresoluto pasado le negó la capacidad de amar y auto valorarse, nublando lo que pudo haber sido un talento valiosísimo.

A través de sus columnas en el Excélsior y programas televisivos, Denegri por igual aplacaba enemigos que ensalzaba políticos a conveniencia. Durante su “reinado” como primera voz de la política mexicana, cantidad de gobernadores, empresarios, personajes de la farándula y básicamente, cualquiera que tuviera algún esqueleto en el clóset, sufrieron o gozaron de su hábil lengua de plata.

Colmado de “favores” e indulgencias de la sociedad mexicana en el poder, lo amargo de la historia de Carlos Denegri es que en realidad jamás fue respetado por aquellos personajes con quienes tanto se codeaba y a quienes elogiaba públicamente, sino que en realidad era temido y “apapachado” por el simple poder de su pluma. Irónicamente, aquellos mismos que lo posicionaron y lo utilizaron fueron quienes terminaron por condenarlo y reducirlo en lo que para él fuera la peor humillación: ser un don nadie.

Su doble vida, la del poeta idealista y la del ególatra insatisfecho, se discutía diariamente con una bipolaridad atascada. Sólo en momentos de breve lucidez y de drásticas resacas su magullado niño interior encaraba al don juan para suplicarle resolverse, dejar la bebida, ser unpadre responsable y bajarse de un tren de vida que solo podía tener un funesto desenlace.

Narrada en un tríptico de tiempos que navegan entre prolepsis y analepsis, la novela inicia alrededor del año 1968, cuando Denegri ya ha perdido mucho de su poder, sus demonios están por darle alcance y los mismos personajes que le entregaron las llaves del reino deciden arrancárselas de las manos: una desatinada inversión y una fatídica apuesta por el presidenciable equivocado marcan el inicio de su caída.

Serna intercala una narración entre primera y tercera persona según la trama lo requiera, inclusive incorporando una severa segunda persona —a lo Fuentes— en donde su otro yo fustiga o aconseja al personaje.

En la cresta de la novela, durante una borrachera Denegri se descara con un examigo, ahora convertido en rival, y rememora el momento exacto en donde para cumplir con la carga de hacerse de un nombre y de “casarse bien” decide torcer sus talentos narrativos para obtener dinero y poder, a costa del narcisismo y de la conveniencia de los actores políticos mexicanos:

Los malos acaparamos los honores y las riquezas, tenemos los mejores puestos, nos reímos a carcajadas de las personas decentes que respetan la ley. Sólo en las películas recibimos un castigo, en la vida real nos la pasamos a toda madre, ¿a poco no?

Las distintas voces que Serna despliega, permiten al lector ver detrás del columnista, para inspeccionar a un Denegri real, que por igual se auto-flagela y condena a todo aquello y aquellos que no están a su favor, característica típica del narcisista sociópata.

Esta bilateralidad convierte sus resacas en mea culpa y el Denegri adolescente se confronta al periodista chantajeador y misógino:

Si los escrúpulos paralizaban a los hombres de mérito, pensó, era mejor ignorarlos o amordazarlos. Nunca volvió a creer en la pureza humana, y sin embargo guardaba en el corazón un sedimento de su vieja inocencia, que le reprochaba haber seguido el ejemplo paterno. ¿Golpes de pecho a destiempo? ¿Nostalgia de su pérdida de virginidad moral?

Denegri tiene un lugar complicado en la historia, puesto que al igual que sucede en un equipo de futbol que no funciona, la hebra se revienta por lo más delgado; el periodista funge como actor nefasto de la historia, mientras que en el transcurso de aquella época negra desfilan un sinnúmero de personajes de la política mexicana cuyo actuar dentro de la dictadura perfecta tienen un bagaje mucho más significativo y perjudicial para nuestro país. Denegri simplemente tuvo la habilidad y el temple de mirar las torcidas reglas del juego y sacar raja de ello:

No pedía mucho, carajo, sólo que lo dejaran prostituirse a su modo.

Terminando la novela, es imposible no establecer un puente con aquella enorme canción de los Caifanes “El comunicador” (El silencio, 1992). Denegri fue el primero en utilizar y comercializar el término “chayote”, que se enraizó en la política mexicana:

Hay un ser que nos teme

Alguien que quiere escondernos

Tiene óptica cuadrada y vomita engaño

Desconecta tu razón

Yo no sé como se llama

Es el comunicador

Es el comunicador

Es el comunicador

Siguiendo el principio teórico de que todos en esta vida tenemos una función que cumplir, Carlos Denegri tuvo la fortuna o maldición —como quiera verse— de ocupar el cargo del orador de la corte, para endulzar el oído de los encumbrados al estilo de “El traje nuevo del emperador” de H. Christian Andersen. De la misma manera que en el cuento, el sastre embustero recibe oro por alimentar la soberbia y el acomodo de los peones en el reino.

Así como Denegri, Serna cumple a rajatabla con la función primaria del escritor que es servir como dedo acusador ante un mecanismo obsoleto, enlodado y ya muy aclimatado en nuestra “democracia”. Ejemplos abundan dentro de toda la obra de Serna en donde clava una aguja crítica sin filtro sobre la sociedad mexicana y sus vicios:

Pero en México un criollo de ojos verdes, por más jodido que estuviera, siempre encontraría malinches dispuestas a verlo galán.

Los apocados y ladinos mestizos de la capital no eran claridosos, ni miraban de frente y escondían sus intenciones bajo un intrincado velo de cortesías barrocas.

Lo relevante en sí de desnudar la vida del icónico y en otros tiempos reverenciado periodista, es la fotografía puntual que el autor hace de México durante las décadas de 1940 a 1970; los vicios sociales que hasta el día de hoy sufrimos sentaron las bases para un presidencialismo patriarcal en donde cualquiera dentro o aledaño a la cúpula del poder consigue alcances de rey.

Serna expone a lo largo de la obra el torcido entramado gobernante y corta parejo para dar cuenta —y de paso descomponernos—, al desnudar qué hechos relevantes del país han tenido como origen viejas rencillas, líos de faldas o la demostración primitiva de quién tiene el cinto mejor puesto.

Lo cardinal es reconocer —muy merecidamente—, el trabajo de Serna como escritor. Un autor obsesionado con sus proyectos; la extensa investigación que dedicó a la novela se palpa en la temporalidad y uso del lenguaje, perfectamente adaptado al contexto histórico, de forma que los diálogos emulan manierismos y frases acorde a cada personaje, sean gobernadores corruptos, escoltas trajeados o señoras “nice” del norte de la República.

Adicional a su ya probada destreza y alta calidad narrativa (con la que es capaz de transitar con soltura entre diálogos del corte de cine de época de oro hasta a los de un Libro Vaquero), la característica primigenia y más encomiable de Serna es el total dominio del idioma: su vocabulario es amplísimo y tan atinado que las palabras embonan con exactitud de piezas de relojería, inclusive logrando rescatar al lector novato cuando su nivel literario se eleva, con un sólido contexto:

La falsificación de ideales era el deporte favorito de los mediocres que renunciaban a la locura en busca de seguridad y equilibrio. A ese paso no tardaría en incubar rencores contra la felicidad ajena. O le perdía el miedo al caos y se arriesgaba a vivir nuevas ansiedades o transitaba del bostezo al estertor sin percibir siquiera su estado de coma.

El estilo de Serna es único quizá por que es de los pocos que siempre ha seguido la regla de escribir para aquel lector universal anónimo, sin preocuparse por directrices, galardones o recatos. Es reconfortante encontrar ciertos guiños en forma de palabras tan del autor (como “canonjía”, “bragueteras” o “efebos”), que están presentes a lo largo de su obra y que me remiten a “Ángeles del abismo” o algún cuento de “Uno soñaba que era rey”.

En un par de reseñas anteriores que leí de la obra —una, lastimosamente escueta, atareada de cumplidos y clichés,  y la otra excesivamente comparativa— se señalaba que el autor bien pudo ahorrarnos contar el turbio pasado de Denegri para dejar el ¿por qué de sus formas? en un limbo misterioso y evitar así “cumplir con las reglas del melodrama”, como si el autor quisiera vendernos un capítulo de telenovela, que no es el caso. Entiendo que presentarnos el origen del periodista no reviste una forma de dispensa en su conducta, sino que remite el contexto histórico y social en el cual Denegri se desenvolvió; adicional a que los villanos, como él mismo, nunca serán negros absolutos:

Los embustes, las prebendas, los créditos blandos, los informes confidenciales para ganar dinero en la Bolsa no compensaban, ni multiplicados por diez, el golpe moral que la élite revolucionaria le asestó de niño, cuando la política irrumpió brutalmente en su vida. Servidor de sus propios verdugos, creyó estúpidamente que la pérdida del padre, la orfandad culpable, el odio a las mujeres, la incapacidad de amar eran dolencias curables con dinero.

El vendedor del silencio como toda obra de Serna, no es solo un texto con la función de entretener al lector y arrancarle una carcajada, puesto que al terminar la última hoja, éste se quedará por algún tiempo con un resabio tenue de malestar o de incomodidad.

Gran parte del éxito de la novela de Serna viene de la vigencia atemporal, puesto que al día de hoy muy poco ha cambiado, seguimos plagados de dinosaurios reinventados, políticos salameros y una sociedad que insiste en endiosar personajes vacuos y en vivir en un parámetro de una doble moral —basta con hojear un suplemento de sociales—.

El silencio dentro del entramado político y social (en el que están implicados televisoras, amantes, favores y empresarios) sigue teniendo un precio, si no ¿cómo se explicaría la infinidad de políticos y personajes que con la misma facilidad aparecen y se esfuman cada sexenio? De ahí lo agridulce de la lectura; metiendo aun más el dedo en la llaga tendríamos que preguntarnos: ¿por qué nuestro sistema no deja de engendrar a estos personajes?

Bio Jauregui 2020

 

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