Cuarentena febril

Por Miguel Blasco

Memorias-de-una-madame-americana-Nell-Kimball-portada

 

  • Título: Memorias de una madame americana
  • Autora: Nell Kimball
  • Editorial: Sexto Piso
  • Lugar y año: (Nuevo Orleans, 1930) México, 2006

 

 

Nell Kimball nació en Illinois, en 1854 y murió en 1934. Fue prostituta. Escribió su autobiografía, que se ha considerado como relato de la moral de su época. Kimball creció en una granja. A la edad de quince años, se fugó con un veterano de la Guerra Civil hasta que acabó trabajando en un burdel de Nueva Orleans. Después de retirarse, Kimball se dedicó a la gestión de burdeles. El negocio terminó cuando se prohibió la prostitución en Nueva Orleans. Durante la Gran Depresión, Kimball, que había perdido toda su fortuna, trató de ganarse la vida con la publicación de sus memorias.

Ningún momento mejor que el presente para recomendar un libro de quinientas páginas. Un libro incómodo, políticamente incorrecto, no publicado en Estados Unidos hasta 1970 (pese haber sido escrito en 1930), un libro reeditado valientemente por Sexto Piso y que en estos tiempos tan atiborrados de confeti morado es probable que caiga muy gordo pues estamos, tal cual, frente a una autobiografía novelada de una puta muy orgullosa de ser puta. No aparecerán, intuyo, estas memorias en las listas de la mejor novela feminista del año, pese a que pocos textos tengan de protagonista a una mujer tan verdaderamente empoderada como lo fue Nell Kimball en los albores del siglo XX.

Con la grandeza y la despreocupación de los que pueden afirmar aquello de “que me quiten lo bailao”, la autora se sirve de su propia experiencia vital para disertar sobre las profundas vinculaciones entre el sexo, el poder y la muerte —siendo un burdel de lujo el espacio donde este trinomio coincide— y valiéndose para ello de una prosa directa, sin florituras, que huye, tal cual ella misma afirma de “la cursilería empalagosa con que los poetas escriben. Eso es masturbación de altura, nada más”.

Curtida en tugurios de alta y baja estofa, auténtica superviviente de una infancia de espanto, modelo icónico del  self made woman, la viperina lengua de Kimball reparte en estas quinientas páginas deliciosas (que se leen, realmente, en un suspiro) candela para todo aquel que quiera:

La gente que fracasa en el sexo a menudo fracasa en todo lo demás, a menos que se reemplace el sexo por una búsqueda de poder. Tomen a cualquier gran hombre, pez gordo de la política o petrolero o dueño de ferrocarriles, y por lo general tendrán un pésimo polvo. Conocí profesionalmente a muchos de ésos. El poder es su polvo; el dinero, su copulación. A veces esos jefes con poder usan el sexo como algo para relajarse. No acaban de empezar un cártel o embargar un ferrocarril, ejecutar una gran hipoteca, golpear a un rival político, cuando tienen que saltar sobre una mujer y desahogar sus nervios del mismo modo que un caballo de carreras se sacude en un movimiento circular. Pero ese tipo de sexo no es sexo, es medicina. Y un desperdicio del producto.

Auténtico mural de los Estados Unidos en el auge de su revolución industrial (1880-1910), Memorias de una madame americana esconde varias novelas en una. En un impresionante giro argumental, buena parte de sus capítulos centrales abordan la relación de Kimball con un famoso atracador de bancos con un tempo y un ritmo que ya quisiera para sí Scorsese, el lector se sumerge en la incipiente mafia, en el verdadero corazón del lumpen —preparación de un asalto incluido—, narrado siempre con la osadía de alguien que está mucho más cerca de ese estrato social que de los poderosos (“ladrones igual, pero con otro estilo”).

Cuarenta años en el negocio del sexo le sirven para hacer una radiografía nada halagüeña del género masculino:

Varias madames también se dieron cuenta de algo que yo descubrí a tiempo en el negocio: los hombres en realidad no ven el sexo como el impulso más dominante de sus vidas. Les gusta la idea del pecado y la libertad del prostíbulo, la compañía liberada de las mentiras de su posición social, las anteojeras que la sociedad se pone a sí misma. A todo hombre le gusta la compañía de otro, bebiendo, fumando, es una camaradería subida de tono. Como Minna me dijo:

—En realidad no son las mujeres lo que más les gusta. Les gustan más las cartas, les gustan los dados, las carreras de caballos. Si no fuera poco varonil admitirlo, la mayor parte del tiempo preferirían apostar antes que follar.

Precursora de voces tan molestas y necesarias como Virgine Despentes o Cristina Morales, Nell Kimball no deja títere con cabeza:

Tuve una puta llamada Gladdy que era partidaria de los derechos de las mujeres. Marchaba en los desfiles de Filadelfia y de Nueva York cuando había marchas a favor del voto y se ponían alfileres en los caballos de los policías y se hablaba sobre ser iguales a cualquier hombre. Gladdy era una puta muy buena y atraía a los folladores intelectuales con los que hablaba de Shaw y H.G. Wells e Ibsen y muchos rusos de cuyos nombres ya no me acuerdo. Solía andar en bicicleta a lo largo de los diques, con una falda abierta. Siempre estaba recitando algo que llamaba Omar el Tendero. En su tiempo libre Gladdy grababa imágenes de indios y cabezas de chicas sobre almohadas de piel. Alrededor de 1904 se consiguió a un amante negro, un abogado que había ido a la universidad en el norte. Le dije a Gladdy que yo personalmente no pensaba que un hombre fuera peor que otro hombre, sin importar de qué color fuera, pero que la costumbre era la base de nuestro negocio. No podía permitir que se hablara de lo suyo con él y que un cliente escuchara y objetara el hecho de irse a la cama con ella cuando el día anterior su negrata se la acababa de follar.

Gladdy se puso impertinente y me dijo que su semental negro era un gran hombre y un luchador por los derechos, los derechos humanos. Lo más probable es que así fuera, pero no en mi casa. Le hice hacer las maletas e irse. No quería que llegara ninguna gentuza del Ku Klux Klan a quemar mi casa. O a linchar al negro en la farola de enfrente de mi umbral.

Contiene también reflexiones que nos traen reminiscencias de este tiempo del lobo que nos ha tocado vivir, aunque con libros como éste la cuarentena se hace muchísimo más llevadera:

En medio de una epidemia los burdeles que quedaban abiertos apenas podían llevar el negocio, los hombres impacientes para que se los follaran, se quedaban toda la noche. Muchos simplemente se quedaban a vivir en las casas, pues sentían que si les llegaba su hora, qué mejor que los encontrara en la cama con una puta haciendo lo que un hombre parece querer más que nada cuando siente que el Demonio le está pisando los talones. Y aunque no hubiera guerras o epidemias, las casas de citas eran salvajes y estaban llenas de vida a su manera. 

Consigue el libro aquí

 

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