La conjura de los ninis

Por Alejandro Espinosa Fuentes

 

  • Título: Baruc
  • Autor: Guillem Borrero
  • Editorial: Adeshoras
  • Lugar y año: Barcelona, 2019

 

 

 

El pacto que establecemos con nuestras circunstancias define qué relación tenemos con la mentira. ¿Cuánta verdad permitimos en la narrativa que nos fundamenta? Mentimos curricular y sentimentalmente en función de las expectativas que nos impusieron instancias superiores —familia, mitos generacionales, estereotipos de la cultura de masas—. Las nociones de éxito y fracaso, mediante una dinámica similar a los efectos placebo y nocebo, palian la frustración para, acto seguido, derrumbar certezas. Se llama siglo XXI y los jóvenes desorientados que lo habitan son sus conejillos de indias.

Baruc, primera novela de Guillem Borrero (Barcelona, 1987), presenta a uno de los primeros prototipos de esta generación fallida. Baruc es un niño mimado, un bueno para nada que a sus 38 años continúa viviendo a la merced de su madre; jamás ha trabajado ni pagado el alquiler; dejó trunca la carrera de sociología; sus planes más ambiciosos al final de la jornada consisten en beber gintonics a expensas de una tarjeta de crédito familiar, robar libros de la biblioteca pública y odiar a los turistas que colman las calles de Barcelona.

A través de sus meditaciones maniáticas, el protagonista de esta historia recuerda al Ignatius Reilly de La conjura de los necios, pero en vez de retratar la Nueva Orleans de la Posguerra, Guillem Borrero se zambulle en ese parque temático en el que se ha convertido la ciudad más turística de España. Guiris desorientados, charlas insustanciales, repetitivos chistes lost in translation. A nadie en Barcelona le importa la verdad detrás del mito, cada ojo ve lo que quiere y se lleva un recuerdo de ensueño: paellas de plástico, imanes de la Sagrada Familia, un merci pronunciado en la exótica lengua catalana.

¿Es el lector un turista más en esta novela? Ya Juan Villoro en Arrecife (Anagrama, 2012) había llevado al límite narrativo las ansias turísticas de conseguir una historia intensa y real con la condición de que no tuviera consecuencias. Baruc se desarrolla en una senda semejante. La vida del protagonista da un vuelco cuando su madre se muda a Francia y lo deja desamparado. El joven se verá obligado a realizar el viaje del héroe millenial con el que estamos familiarizados los miembros de esta generación. Baruc consigue un empleo en un almacén de embutidos, trabaja hasta el agotamiento y apenas le restan fuerzas para ver, a medias, alguna serie de Netflix. Se muda a un apartamento en el barrio de Les Roquetes, se cansa de comer comida rápida; descubre que no todo el café es soluble, que el agua del grifo sabe espantosa, que la luz es carísima, por lo que prefiere desconectar la nevera y usarla como librero. Seis meses después, lo despiden y vuelta a empezar. A reinventar el currículum, a sonreírle a extraños. Todas las puertas están abiertas, pero ninguna promete estabilidad ni provecho. Los jóvenes no terminan de convertirse en adultos, son solo turistas en el mundo laboral, sentimental y político; hasta que el cuerpo aguante.

La vida de Baruc vuelve a dar un giro cuando conoce a Moi, un profesor de filosofía que lleva a cabo un experimento social con los turistas. La farsa consiste en inventarle al viajero ignorante una Cataluña exótica, salvaje, los vestigios de un pasado mítico y espurio: un paseo safari para avistar los últimos ejemplares del elefante catalán, una visita guiada para descubrir el financiamiento nazi de la Sagrada Familia, un recorrido por los restos del gran arrecife de coral en las costas catalanas. Moi suma a Baruc a su grupo de simuladores, que lo reciben con los brazos abiertos porque su nombre es el mismo que el del gran filósofo Baruch Spinoza.

La novela, segmentada en dos partes, ofrece una doble lectura con relación a la obra de Spinoza y, en particular, en torno a la Ética demostrada según el orden geométrico, libro que tenía obsesionado al padre de Baruc antes de abandonar a su familia y huir en busca de una vida en los bosques a la manera de Thoreau. Es posible que dejar las urbes sea la única vía de escape para una generación ansiosa, explotada, impotente, que no ve ninguna señal de esperanza en su porvenir.

De modo que no hay salvación, Baruc está condenado a repetir su situación en todos los escenarios, lo que no significa que esta historia caduque o sea predecible. La sensación al finalizar la novela es la necesidad de leer una secuela o un nuevo título que profundice en el fracaso de esta generación, el cual puede ser un tema precipitado o manido, pero no lo será, siempre y cuando lo narre una pluma ágil, irónica y perspicaz como la de Guillem Borrero.

 

Encuentra Baruc de Guillem Borrero aquí

 

Bio Alejandro Espinosa

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s