La reedición de un clásico

Por Guillem Borrero

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  • Título: Los recuerdos del porvenir
  • Autor: Elena Garro
  • Editorial: Alfaguara
  • Ciudad y Año: Madrid 2019 (México, 1963)

 

 

 

Recuerda Guadalupe Nettel que, aunque publicado en 1963, Elena Garro escribió Los recuerdos del porvenir en 1952. Por poner este hecho aparentemente baladí en su justo contexto histórico, los inmortales cuentos de El llano en Llamas aparecieron por vez primera en 1950 en una revista que nadie recuerda; los primeros destellos de Pedro Páramo son de 1953. En 1952, por añadir otros preclaros ejemplos, García Márquez solo había publicado quince cuentos; Carlos Fuentes, entretanto, tuvo que esperar hasta 1958 para parir La región más transparente. Y resulta que la que durante decenios se limitó a ser “la esposa de Octavio Paz” para la turbia intelectualidad mexicana, ya en 1952 había concebido la obra que habría de abrir, en silencio, sin armar gran revuelo, las aguas del panorama literario latinoamericano por el que transitarían, al cabo de poco, los grandes autores del boom. Por esta y por otras muchas razones que intentaremos exponer aquí, Los recuerdos del porvenir (reedición de Alfaguara, 2019) es, simplemente, una barbaridad de novela.

Elena Garro, hija de una familia simpatizante con el revolucionario Villa, antes de ponerse a escribir toma una primera decisión brillante y rompedora que logra de un plumazo hacer perfectamente compatibles contenido y forma, el gran anhelo de todo creador: elije como narrador al mismo pueblo.

“Desde esta altura me contemplo: grande, tendido en un valle seco. Me rodean unas montañas espinosas y unas llanuras amarillas pobladas de coyotes. Mis casas son bajas, pintadas de blanco, y sus tejados aparecen resecos por el sol o brillantes por el agua, según sea el tiempo de lluvias o de secas.”

A esta genialidad (que saca de su sopor al lector compulsivo y le sorprende con un: ¡aquí hay algo nuevo!) se le suma que si bien a ratos –como se muestra en el fragmento- habla en una primera persona del singular, en otros, en cambio, emplea una vibrante primera persona del plural que incluye desde plantas y calles hasta cada uno de los habitantes de Ixtepec: nosotros. La voz de Garro, así, encarna al pueblo humano, el Volk, dirían los alemanes, una voz que, pese a su insoslayable mala fama, es el origen de palabras tan cotidianas como folklore (la “v” labiodental alemana casi suena como nuestra “f”). Que luego la autora, fuera de la literatura, se granjeara su fama como ferviente anticomunista acaso colaboradora secreta de la CIA es otro cantar.

El argumento de Los recuerdos del porvenir es fácil de resumir: ¿qué consecuencias tiene para Ixtepec, un pequeño pueblo del sur de México, su ocupación por parte de un general y su regimiento partidarios de la revolución? Hay opresores y oprimidos, hay rebeldes, hay riesgo y castigo y promesas de redención, sin embargo, lo que hace a la narración irresistiblemente magnética no es el qué, sino más bien el cómo sabemos de la historia de Ixtepec: un oscuro conjuro late presente en todas las frases con un lenguaje de altura poética a ritmo de prosa. En virtud de sus poderosas imágenes, la acción de la novela, aunque no comprende ni siquiera un mes y transcurre en esa diminuta localidad sentada sobre esta roca aparente, logra abarcar la totalidad del tiempo. Cifra en sí la historia de la humanidad. Al interpelar al corazón sufriente de lo humano, nos representa como raza. En Ixtepec, así como en la Tierra, incluso los malos también padecen desde el principio, y encima sus muy humanas miserias están siempre expuestas a las miradas públicas. Ixtepec se figura como una roca a la deriva por la negrura infinita del universo. Ixtepec es el pueblo que flota en el tiempo, condenado a la memoria. Lo que sucede en Ixtepec es, en suma, la calamidad que devasta el mundo y que, tras abandonarnos a nuestra suerte, se echa a dormir un sueño milenario.

Tiene mucho de falacia decir que nadie puede demostrar que lo que pasó, no volverá a pasar. Tampoco se puede refutar la posibilidad de que tú, lector, seas lo único que existe y que estas líneas procedan de tu mente. Vivimos en un consenso de razonabilidad, que no de racionalidad. Hay que tirar, qué remedio, de sentido común. Porque la existencia es de lo menos comprensible que hay. Estamos, y ya, pero es imposible demostrarlo, y también es imposible refutarlo.

En ciertos desesperados casos, sin embargo, una remota posibilidad puede erigirse en una razón para la esperanza. Acaso todo no sirva para nada, acaso no todo se haya de perder para siempre. El caso presente de la existencia humana es, en efecto, tan desesperado que lo vale. Y así me figuro a Elena Garro: agarrándose de esa posibilidad como de un clavo ardiendo. Es una imagen dolorosa. Y de ese dolor nacería, supongo, Ixtepec, el mítico pero representativo enclave humano donde los acontecimientos transcurren siguiendo la alucinada forma de una espiral de tiempo deformada por las pasiones humanas.

Si la lectura puede ser un refugio, la concepción del tiempo y el mundo que se desprende de la lectura de Los recuerdos del porvenir servirá de consuelo a los que angustia la injusta e inexorable unidireccionalidad de la línea temporal. Anótese éste en la valiosa lista de libros que acaso, como tal vez a Garro escribiéndolo, puedan mitigar la desesperación.

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