Tiempo arrasado

Por Carlos Jáuregui

Tiempo arrasado, de Aldo Rosales Velázquez | Revarena Ediciones

 

 

  • Título: Tiempo arrasado
  • Autor: Aldo Rosales Velázquez
  • Editorial: Revarena
  • Ciudad y Año: México, 2019

 

El genio uruguayo Felisberto Hernández afirmaba que para que los recuerdos anduvieran había que darles cuerda, y eso es precisamente lo que hace Aldo Rosales  Velázquez (Ciudad de México, 1986) en Tiempo arrasado; revisitar el recuerdo, expandido, deforme a la distancia y con vida propia.

A través de ocho relatos breves, Rosales nos sumerge en la perspectiva de la memoria mediante situaciones y personajes, si bien comunes, también sólidos; en donde el recuerdo siempre arremete contra quienes lo invocan, condenados a recibir la mordida por abrir la caja de Pandora.

Y es que el autor presenta una visión lóbrega y obtusa de lo que es la memoria, obligando a sus protagonistas a enfrentarse una y otra vez con la visión temible de mirarse y ver a los otros a través de las distorsiones de la reminiscencia: los recuerdos son espinas bajo las uñas, afirma en un relato donde una mujer asimila la memoria con extrañar a quienes no están con ella.

Rosales escruta profundo en quienes buscan olvidar todo recuerdo dejado atrás con la desesperación de quien lanza maderos al fuego, pero al hacerlo, al mismo tiempo, conjuran el pasado. Narra con un constante tono común, pero sombrío y cauto, donde ninguno de los personajes en Tiempo arrasado logra salvarse de una remembranza que testarudamente los revisita como fantasmas de Dickens, para mostrarlos como son y escocer nuevamente las heridas que pensaban olvidadas.

A veces reconstruyo cosas que veo en la televisión. A lo mejor estaba ahí…, esperando un final sorprendente, fuera de lo común. Algo que me afirmara que no todos los lunes acaban igual y que la vida puede ser más que una cifra y dos apellidos en la nómina.

En el relato Nadie sabe quién es Luke, el narrador afirma que el volver a ver a quienes ya has dejado atrás en el tiempo y en la vida es aburrido; pero dicho “aburrimiento” es en realidad el miedo a desenterrar historias ya envueltas en telarañas. Una reunión con un amigo y rival sumado a un olvido insignificante, destapa un hoyo negro de tedio matrimonial, rencores añejos y dudas.

Mundo Magia explota una historia tan frecuente como original: el narrador por mera coincidencia tiene la oportunidad de estar cara a cara frente a su ídolo y crush de sus ayeres —una linda adolescente de un programa de variedad infantil—. Aquella rosácea y encumbrada figura televisiva a la que una vez reverenció se vuelve demasiado real y lastimera ya vista en carne propia; un autógrafo postergado es percutor de una fantasía cuyo giro inusual desvela lo que es por condición el recuerdo: un sueño, una simple imagen desteñida y simulada de lo que habitaba dentro de la mente.

En Pero tú no te olvidaras de mi, ¿o si?, la ausencia y el recuerdo de familia se evocan a través de la brasa encendida de un cigarrillo, que más que dar placer, es una forma de repatriarse a la infancia y también un medio para conectar con los suyos:

Siempre supo aunque su madre dijera lo contrario, que la muerte estaba ahí, en la cabecera de la cama, hierática e inamovible y que ese llanto, en realidad, era lubricante para el misterioso e intricado engranaje que es fallecer.

La severidad del relato apunta a una misma imagen que casi toda nuestra generación arrastra: la del padre extraviado que entre demoledoras jornadas de trabajo y sopas caseras, extinguió la vida como cigarrillo. Los silencios y las enormes cajas de televisión del relato marcan la finitud y tedio de vivir.

En Un árbol al fondo de la piscina, un padre viaja para intentar lidiar con la viudez y con un hijo adolescente que le es ajeno. No encuentra fuga para su odio y pérdida, ni explicación a ese estado que guardan los que están atrapados en el recuerdo —que de alguna forma, no saben estar vivos—; como muchos de nosotros, actúa por inercia como el que respira.. La historia detrás de un viejo hotel, un llavero y un árbol sirven para alcanzar una catarsis para desviar el enfoque de aquello perdido, lo que siempre estuvo ahí, aunque no lo notara.

El hombre hablaba en plural… hablaba como si fuera uno con el mundo: así nada lo diferenciaba del desfiladero, de aquella piedra rosa, del agua de las piscinas, los hombres y las mujeres nacidos o a punto de hacerlo.

En cuanto al estilo, el autor utiliza un lenguaje muy sencillo y clásico;  todo movimiento es coreográfico y toda escena es un cuadro estático. Rosales se apoya mucho en descripciones que forran de tiempo y circunstancia los conflictos, escribe como si recorriera la vida con un cuaderno de notas y sorprende mucho su amplísimo rango poético que lo corrobora como un todoterreno, por igual se faja en un cuadrilátero que describe al silencio como una ola que arrastra conchas:

Creo que la vida es así, uno se levanta un día y encuentra en las palabras de alguien más, en el aliento de otra persona o en la persona misma, un cuerpo a la medida del fantasma largamente hospedado en el pensamiento.

Destaca ante todo, la minuciosa capacidad de descripción —que a su vez refuerza el estado de evocación, materia del libro—; Rosales es milimétrico e implacable en sus escenas, como aquellos superdotados que consiguen trazar monumentos y capillas basándose exclusivamente en la imagen impregnada en la memoria.

Los relatos cinemáticos se observan a la distancia con una focalización que juega de omnisciente a testigo, y es ahí donde los movimientos y actos de los personajes determinan su contemplación frente al recuerdo.

Todos los cuentos están acompañados de símbolos e imágenes que crean pinturas sinestéticas; en un muy personal punto de vista quizá a lo largo del texto abundan en demasía los adjetivos, que ralentizan el texto y congelan en exceso la acción. Se entiende que Rosales a través del uso de metáforas y símiles , prosopopeyas y  anáforas, busca y consigue presentarnos estados internos y sensoriales de los personajes, pero con ello también atenta contra el formato de cuento, en donde nada debe sobrar y la acción debe regir las líneas. No obstante, indiscutiblemente, Rosales es un observador nato y un virtuoso capaz de dibujar con mano de arquitecto imágenes de pesadez, hartazgo y hasta de una pavorosa resaca.

…le resultaba agradable la idea de quedarse ahí, a merced del tiempo y de las cosas, frente a su familia, con los oídos tapados, esperando a que su cuerpo se iluminara furiosamente, por un instante, para luego apagarse tras el estallido.

Cada autor tiene un estilo propio y cada lector su gusto; para nosotros los relatos Mundo Magia, Pero tú no te olvidaras de mi, ¿o si? y Un árbol al fondo de la piscina, son los mejores del conjunto. Coincidentemente, los tres tienen en común que son perfectamente asimilables y presentan una suerte de tótem o símbolo que dispara la evocación de un pasado ilusorio, doloroso y oculto.

En Tiempo arrasado, Rosales mira de frente al recuerdo como un algo muerto e infértil pero que no se logra extirpar, que “no se deja asir”; y nos insiste que los recuerdos acarrean la distancia y el peso que les asignamos.

Extrañar, odiar, morir: todo le pareció la misma cosa, una masa líquida que por momentos era alberca, por momentos río y otras tantas veces lluvia o lágrima , pero siempre la misma cosa.

 

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Bio Jauregui 2020

 

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