Piedras como flores

Por Adonai Castañeda

  • Título: Irineo
  • Autor: Alejandro del Castillo
  • Editorial: Cuadrivio
  • Ciudad y Año: México, 2020


En Tepatepec, una mina se revitaliza luego del abandono. Extraños azares le conceden los fideicomisos del yacimiento a Choreño, quien se aliará con un joven médico para liderar la nueva empresa. Buscan personal. Ahora, entre las detonaciones de la cantera de caliza, destacan tres únicos peones: Agustín, Juan e Irineo, el más viejo de ellos. Este último ha trabajado la piedra desde la primera inauguración del sitio. La conoce a punta de marrazos. Domina la labor mejor que todos. Sin embargo, surgen disidencias entre los patrones: la sospecha hacia los mineros, el temor al robo y la imposibilidad de que el negocio florezca. A su alrededor, se extiende un paraje tórrido donde impera el silencio.

Estos acontecimientos se relatan en Irineo, novela de Alejandro del Castillo (Ciudad de México, 1987). El entramado, a través del cual se desdobla la narración, me recuerda a El hombre es un gran faisán en el mundo de Herta Müller, si de estructura hablamos. Lo que en la obra de Müller son capítulos escoltados por una imagen concreta, en Irineo son estampas de una emoción, eslabonadas de modo tal que conforman un armazón redondo de palabras, acaso elíptico, como si fuera un guijarro. Sus títulos remiten de inmediato al ícono lírico. «Antes del estallido», «Balanceándose» y «A quién culpar» son algunos ejemplos. 

Flannery O’ Connor apunta que, cuando se escribe ficción, salvo en casos singulares, el trabajo no consiste sólo en decir, sino en mostrar. En ese sentido, del Castillo construye un retrato del silencio, desde lo antes parafraseado: con el narrador, sobrevolamos los escenarios pero la voz escapa, en sendas ocasiones, a la palabra. La piedra, la dinamita, los cactus y la sangre manifiestan un código propio y moldean las atmósferas. Así, los personajes exhiben sus esplendores desde el mutismo. Asociado a esto, el estilo de del Castillo traduce sucesos clave, a partir de una diestra economía expresiva, a un corpus lingüístico que refleja la resistencia de los marginados. Reedifica el lenguaje del subsuelo.

«Todos venimos partidos, nomás no hay que quebrarse», encumbra Irineo. En la novela, los personajes han padecido una ruptura. El Doc abandona su bata para portar un casco, aunque su madre desconfíe del oficio; Juan carga con el accidente de su hermano y con la soledad, a veces mediada por la presencia de El Bolis, un perro fiel que lo acompaña en su jornada; Agustín arrastra la sombra de un origen incierto y rememora la fecha en que conoció a Irineo en la cantera: estaba perdido, sin recordar su propio nombre. Personajes que han vivido la tragedia y que todavía se aferran a buscar luz.  En suma, Irineo brinda una lectura armónica, calma en concordancia con su tópico. Desde la sucesión de imágenes entrañables, este libro funda una morfología superpuesta que logra su propósito: narrar y conmover a quien se asome a sus cuartillas. Con su incursión en el género —e incluso desde la hibridación: una novela que emula al cuento, a su vez conformado por otros de menor tamaño—, propone una mirada atípica del dolor. Aconsejo seguirle los pasos a Alejandro del Castillo, quien ganara el Premio Internacional de Novela Breve Rosario Castellanos en 2019.


Adonai Castañeda. (Puebla, 2000). Reseñista y editor. Algunos de sus textos han sido publicados en medios como La Santa Crítica, Clarimonda, Replicante, Levadura, Pez Banana, entre otras. Escribe la columna «Paspartú» de la revista Neotraba, en la ciudad de Puebla, donde las serpientes cambian de piel.

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