Retrato capitalino desde la azotea

Por Carlos Jáuregui

Hombre mal vestido, El. Fadanelli, Guillermo. Libro en papel. 9786078667406  Cafebrería El Péndulo
  • Título: El hombre mal vestido
  • Autor: Guillermo Fadanelli
  • Editorial: Almadía
  • Ciudad y Año: México, 2020

Con una trama y elementos de corte muy similar a aquellas películas de la Época del Cine de Oro Mexicano, donde la comicidad siempre iba perniciosamente escoltada de drama y tragedia, la última novela de Guillermo Fadanelli (Ciudad de México, 1960) nos presenta la historia de un hombre en principio tan común como el mismo barrio de Tacubaya, pero cuya misantropía y desaliño lo convierten en el principal sospechoso de una serie de asesinatos que revisten lecciones moralistas, contrario al sin sentido de la desbordada violencia mexicana.      

Libro de manufactura propia de un autor que tiene largo recorrido y sabe perfectamente cómo llevar el ritmo de una historia. Fadanelli bien podría contarnos las 253 páginas de la novela en una sentada, como quien cuenta el chisme de un vecino sentado en un café.

El autor nos presenta a Esteban Arévalo, personaje principal, un bibliófilo y misántropo, autoexiliado y culto; un hombre mal vestido que deambula hastiado del micro universo en el cual gravita, afligido por su linaje y por la pesadez de tener que representar forzosamente un rol dentro de una sociedad moderna, que hoy día, valora exactamente todo aquello que no conlleva relevancia trascendental.

Arévalo se expande como un claro alter ego del autor, que logra saciar su curiosidad y el resquemor de la incongruencia actual a través de Arévalo; pues es éste quien ataca la pasividad de la sociedad actual con discursos inflamantes y actos terroristas, quien se inmiscuye en pláticas que no le corresponden, trata de filosofar con taxistas, se forma en filas sin saber para qué son y entremezcla su tediosa vida ascética con largos paseos por su barrio en los cuales ajusticia a todo aquel que se cruce en su camino y que le repugne, inclusive considerándolos como una subespecie del género humano.

“—Desdichados jóvenes, los han parido por mero impulso, los han animado a pararse en dos patas y les han echado a la espalda un futuro. Eso sí es una dura patada en los huevos; un fiasco. Tienen el deber de comportarse y saber fingir que son felices; fingir la felicidad y sentirla es exactamente lo mismo. Sólo se requiere ser un buen actor.”

Quien en realidad hace todo el recuento de la historia de Arévalo es Blaise Rodríguez, un pseudo escritor y auto proclamado amigo que funge de narrador, cuyo origen e interés en El hombre mal vestido –al igual que sucede con la mayoría de los personajes– jamás se nos explica. En un juego de espejos, Fadanelli, en su extensión tanto como Blaise como en el papel de Arévalo, aprovecha los pasos y las cuerdas vocales del deshilachado héroe para soltar mordidas y una ácida crítica social a todo aquello que, a sus ojos, corroe a nuestra sociedad y carece de sentido.

Las comparaciones y repuntes que hace el hombre mal vestido sirven como un recordatorio del torcido e insustancial papel que adoptamos para sobrevivir: el arribismo, la pereza y los juicios de valor que cada uno de los personajes manifiesta desde su particular posición dentro del tablero social; el hablar de o de usted para imponer jerarquías, el juicio de valor a la apariencia y a lo externo, el éxito económico mal entendido como el principal valor de una persona:

“Parece que todo mundo requiere un ladrillo que pisar, una atarjea en donde orinar, y qué mejor suelo que una pila de pobretones mal vestidos, abono fresco para que hombres como los que irrumpieron en la mesa de Esteban aquella noche experimentaran un poco de felicidad.”

Y es que ése es el papel de Arévalo, servir de instrumento de aire para que Fadanelli exponga todo aquello que le aqueja: un país percudido y controlado por lo peor de la sociedad, jóvenes desinteresados, familias deshechas por un pedazo de herencia, los matones libres y sin consecuencia, víctimas siendo aplastadas, la prevalencia de la cultura del te chingué –tan enraizada en México–, y sobre todo, la total indiferencia por el prójimo y la vida humana.

Fadanelli, recubierto de un pesimismo que entremezcla con humor cáustico, contesta a quienes acusan a su personaje de asesino: ¿y qué importan ocho cadáveres en un país con una cifra de 36,476 homicidios el año pasado? ¿Qué importa la vestimenta, el éxito, el actuar o las tribulaciones de un diminuto engranaje de la maquinaria? ¿Qué importa lo que pase en el barrio de Tacubaya, en el cuarto de una azotea, en un viaje de piedra?

“Las personas son soledades que vagan o transitan, cogen, mean, trituran, muerden, se relacionan y crean nubes o nebulosas de palabras y de hechos que desaparecen apenas acaban de realizarse… ¿Qué hace pensar a todas estas personas rellenas de intestinos culminados en un ano que son únicas e irrepetibles?”

El autor insiste incansablemente a través de diálogos y monólogos internos de los actores en embarrarnos de su malestar, lo cual irremediablemente podría volvernos la vista atrás para buscar desenmarañar el origen de tanta norma social impuesta y aceptada, pero universalmente incorrecta y, de un análisis del Zeitgeist para notar lo alejado que está el modelo actual de las leyes naturales.   

Así que Esteban Arévalo –cuya presencia ofende el paisaje de una sociedad que “respira y vive” para pertenecer– no es ningún héroe ni un adelantado; es simplemente la imagen de aquel que decide no acatar las reglas del juego y del que tiene la mala fortuna de mirar adentro del espejo. El hombre mal vestido no entiende el mundo y su descarga es ¨limpiarlo¨ de aquellos seres que, como pecados capitales, representan los vicios de la sociedad. Sus escenas de crímenes intentan ser poéticas y dejar un mensaje, pero terminan siendo irrelevantes:

“…a veces yo he querido matar a alguien, pero no vale la pena. Matar es una acción a medias, un juego desgraciado y terrible, sí, pero un juego que no posee ninguna conclusión trascendental. El que muere no puede contar ya ninguna historia y el que mata cuenta la misma aburrida historia de siempre: matar, matar…”

En cuanto al estilo narrativo, la novela parte desde un aparente narrador testigo, quien da recuento de las acciones no solo de Esteban Arévalo, sino de todos los protagonistas en el barrio de Tacubaya; por lo que Blaise Rodríguez narra desde una focalización cero, desde una primera persona con total acceso a los pensamientos internos de todos los personajes. Blaise insiste en recalcar su nombre y en romper la cuarta barrera con el lector, para asegurar que lo que nos presenta son hechos ajenos.

Esto funciona a cierto grado, la historia de los cuatro personajes principales se sostiene a través del cómico y ácido intercambio de insultos, citas literarias y desbordada capacidad de introspección del narrador. No obstante, esto se traduce en que los personajes pierdan dimensión y se diluya su efecto en la trama, derivado de la confusión entre sus voces.

Es entendible e incluso interesante cómo la línea de discurso entre Esteban, Blaise Rodríguez y Fadanelli se borra por momentos, al grado tal que El hombre mal vestido, una especie de Bartebly culto y cachondo, que parece pintarle dedo a la sociedad y estar por encima de todo lo mundano y simplón, asome la cara del autor.  

Sin embargo, el resto de los personajes son demasiado transparentes; el cómico retrato de un policía como chile relleno es suculenta pero predecible; pues aquí, los personajes se presentan como en obra de teatro, basados en descripciones de corte literario clásico, se distinguen en buenos y malos: Angela Benavente, benefactora, prima y amante de Esteban Arévalo, no solo es rica, estilizada y culta, sino también esta buenísima, mientras que los policías, oculistas y taxistas, tienen facciones pinches, son salvajes y tienen tratos groseros que “justifican” su muerte. Hay buenos y malos y ya está.

La narración es rítmica gracias a los saltos de tiempo, y la intromisión del autor en los personajes hace que sea una novela entretenida y de fácil lectura. Fadanelli alcanza rangos muy elevados cuando suelta la pluma en las introspecciones; y quizá llega a ser cansino por momentos que todos los personajes en su intercambio tengan diálogos de carga filosófica importante. Dos jóvenes sin oficio ni beneficio, a quienes Arévalo permite drogarse y coger en su cuarto de azotea, tienen rangos increíbles para apreciar la luna, la soledad y el vacío existencial. No se acusa aquí que no lo tengan a su alcance, solo que la insistencia en hacer citas literarias y temas metafísicos en cada diálogo terminan siendo pedantes cuando no parten de la voz de Esteban, Blaise o Alfredo Torricelli.  

 “Las cartas tienen mayor sentido cuando no son entregadas y no llegan a su destino. Tendrían que ser destruidas o borradas luego de ser escritas y así nos evitaríamos enredos artificiales como el de la literatura y la presencia de los mensajes misteriosos.”

Y es que aquí, cualquier dipsómano, dependiente de tienda y hasta drogadicto asesino tiene alcances de introspección dignos de doctorado. Funciona para bien de la trama, pero los encuentros sexuales de los protagonistas y las peroratas de jóvenes de un barrio jodido con menos de dieciocho años restan en vez de sumar, y dejan una estela fétida a mucha influencia de Bukowski, Miller y demás literatura anglosajona. El intercambio kantiano con un desconocido dentro de un sucio tugurio de Tacubaya, en donde solo gravitan simplones burócratas, mesas rancias y botana gratuita con la copa, nos devuelve de golpe a la ficción del autor. Es licencia literaria pura de Fadanelli.  

La misma simpleza del argumento y la acotación en la dimensión y en el número de personajes que interactúan dentro de la historia, permiten al autor utilizar esos diálogos e introspecciones cargadas para rascar en la cicatriz de todo habitante de la Ciudad de México, donde todo barrio y toda herencia familiar está codificada.

Guillermo Fadanelli es un ferviente observador del entorno. Y no es un observador cualquiera, pues tiene capacidad de sobra en sus líneas para presentar las insignias y fallos de un sitio en donde todos juegan siempre para ambos bandos.

Nos muestra un cuadro, una representación teatral –quizá un tanto cuanto exagerada y repleta de clichés– pero con un trasfondo interesante para aquellos que no solo busquen una novela de misterio más, sino un punto de vista flemático de alguien que ha visto cara a cara y batallado con la enorme iguana que es la Ciudad de México.    

El cierre de la novela y el desenlace de Esteban Arévalo es tan simplón e intrascendente que solamente remarca lo que el autor viene insistiendo a lo largo del texto: Somos nada; nuestros actos son migajas, instantes que se pierden en una inmensidad de tiempo, intangible.

“Los niños tienen un camino que recorrer a como dé lugar…en ese camino hallarán sus juguetes y sus suripantas; la gramática y la ortografía; los trenes y el dinero. Y más adelante esos mismos niños, en algún momento, si sucede, dejarán de leer letreros y habrán de detenerse y quedarse mudos frente a la sorpresa de estar vivos. Al menos así creo que le sucedió a Esteban.”

Y esto es precisamente la valía de esta novela: un retrato actual de lo que un gran observador nos comparte desde su cuarto de azotea.    

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