Conoce a tu enemigo

Por Miguel Blasco

Autora: Ana Wiener

Título: Valle inquietante

Editorial: Libros del asteroide, 2021

Se podría leer Valle inquietante de Anna Wiener como la historia de una chica que logra salir —más o menos indemne— de una de las más peligrosas y destructivas sectas que existen en la actualidad: Silicon Valley. Silicon Valley a partir del 2010 y en adelante, momento en el cual surge la burbuja tecnológica y los fondos de capital de riesgo se ponen a despilfarrar dinero en startups y en toda aquella empresa que pretenda petarlo diseñando la app de moda. (Algunas triunfaron: Uber, Airbnb, Tinder, JustEast, etc., otras se perdieron en ese valle de lágrimas).

En este sentido, la novela es mucho más terrorífica que El círculo de Dave Eggers, puesto que no es ficción, son las memorias de la propia Wiener, judía y superdotada, una mujer que escribe en primera persona con una lucidez atroz y que ha conseguido, por fortuna, salvarse de todo aquello. (Ahora, aparte de esta novela que esperamos no sea la última, hace reseñas sobre temas tecnológicos en The New Yorker).

Anna Wiener Valle inquietante

La pobre Anna estaba en Guatemala y se metió en Guatepeor. Antes de mudarse a San Francisco y ganar mucho dinero —a costa de ser profundamente infeliz— con el boom tecnológico, trabajaba en la industria editorial neoyorquina. Y así despacha ese otro roñoso vergel:

“La verdad es que éramos de usar y tirar. Había más licenciados en literatura con dinero suficiente como para no necesitar un sueldo —y que encadenaban unas prácticas no remuneradas con otras— que vacantes en las agencias y las editoriales. Los puestos que quedaban libres se llenaban solos. Siempre había chicos con botas safari beige y chicas con chaquetas de punto color mostaza esperando entre bastidores, aferrados a sus currículums color crema. La industria dependía hasta cierto punto de un alto índice de deserciones”.

Consuelo de tonto: toda esta parte inicial la he disfrutado mucho, pues me ha servido para constatar que la precariedad y los abusos no son solo males de la pobre industria editorial española, es algo endémico. También sucede en la cosmopolita Nueva York. Pero bueno, el caso es que estos editores gañanes y caraduras son preferibles a lo que se encuentra luego al mudarse a San Francisco: una pandilla de adolescentes psicópatas (los CEO, dueños de las florecientes startups, sublimes niños-programadores, aprendices del lobo de Wall Street, auténticos monos con navaja forrados de millones; emprendedores, vaya, el animal más peligroso del zoo social) y una barahúnda de flipados y modernillos de garrafón (los empleados de dichas empresas). Sobre esta nueva horda y sobre su nueva ciudad, nos dice:

“El ambiente pasivo-agresivo, progresista y permisivo de la ciudad tenía tendencia a irritar a los recién llegados, pero los autodenominados representantes del mundo de la tecnología tampoco eran precisamente un encanto. Cada tres meses algún programador o aspirante a emprendedor nuevo en la ciudad, posteaba una diatriba en una plataforma de blogs. A veces el texto recriminaba a los pobres que se aferraran a los alquileres controlados o hicieran subir el precio de los apartamentos, o bien criticaban los poblados de tiendas de campañas que se levantaban junto a la autopista por afear el paisaje. Otras, sugerían monetizar a los sintecho convirtiéndolos en puntos de acceso wifi o arremetía contra los equipos deportivos locales, contra la abundancia de ciclistas y contra la niebla. “Es como una mujer que tiene síndrome premenstrual todo el tiempo”, escribió refiriéndose al clima el socio de 23 años de una plataforma de crowdfunding”.

Fíjense que el estilo de Anna Wiener es sobrio, no abundan las florituras formales, ni las metáforas epatantes, ni los tropos literarios de altos vuelos. Ni siquiera la intertextualidad. La autora no cita los libros que ha leído (y, aun así, te da la sensación de ser una gran lectora). Opta por hibridar crónica (el texto posee un alto valor testimonial e informativo) con ensayo (está cargado de válidas reflexiones).

En el valle de silicona, aguantó en tres empresas: una de libros electrónicos, una de análisis de datos y otra especializada en software de código libre. A las tres las deja a la altura del betún y las tres, al estilo de las grandes sectas que camparon por el californiano valle (La Familia Manson, Los Niños, Heaven´s Gate), le exigieron absoluta devoción:

“Entregados a la Causa: la expresión figuraba en todas las ofertas de trabajo que publicábamos y en nuestras comunicaciones internas. Significaba que estabas poniendo a la empresa por encima de todo y era el mayor elogio que se te podía hacer. El santo grial era que te diera las gracias el CEO en persona —o mejor todavía: que te las diera en el chat de la empresa— por estar Entregado a la Causa (EALC). […] El trabajo se había infiltrado en nuestras identidades. Éramos la empresa y la empresa era nosotros”.

La valiente Anna saca a relucir todos los trapos sucios de estas empresas-culto. Puedes vestirte como quieras, trabajar desde donde quieras, y hasta asignarte el sueldo que quieras. Luego nos vamos de acampada todos juntos, a esquiar, a la discoteca o al restaurante de moda, siempre todo todos juntos, con la empresa. De tal modo que la frontera empresa-vida personal se diluye y acabas pensando en trabajo veinticuatro horas al día. El horror, el horror. Y lo más cabrón es que en todas estas nuevas startups donde todo es buen rollo y fiesta y tecnología, impera una misoginia recalcitrante y no son raros los abusos físicos y mentales. Welcome to Silicon Valley, oh yeah! Por si el panorama no resultara lo suficientemente aciago, así describe a los nuevos amigos que va haciendo:

“ Algunas de las mujeres habían instituido, con sus parejas masculinas, lo que parecían ser actos de desagravio de género. Había ateos recalcitrantes que se compraban barajas de tarot y se dedicaban a impregnarla de energías poderosas, que hablaban de signos ascendentes y comparaban sus cartas astrales. Algunos iban a lugares remotos de Mendocino y cuidaban de los otros mientras se embarcaban en largos viajes de LSD, que tomaban en dosis altas, a fin de revelarles sus niños interiores a sus yo adultos. Escribían diarios y hablaban de lo que escribían en los diarios. Iban a retiros para librarse de la tecnología, campamentos de verano en los que encerraban sus móviles bajo llave y cambiaban sus nombres legales por seudónimos relacionados con animales, bayas del bosque y fenómenos meteorológicos. Viajaban a plantaciones de meditación silenciosa ubicadas al borde de acantilados y después se pasaban días enteros deambulando absortos, con dificultades para expresarse y socializar. Oí que algunos hablaban de un famoso programa de liderazgo y autoayuda. Cuando lo busqué, descubrí que en casi todas partes estaba considerado una secta”.

Se refiere a la cienciología, otro culto que también campa a sus anchas por la Costa Oeste. Los Ángeles y San Francisco son lugares abonados para este tipo de desmanes. Pero hay un momento en el que la inteligentísima Anna comienza a tomar conciencia del absurdo:

“ La meta final era la misma para todo el mundo: el crecimiento a cualquier coste. La escala por encima de todo. Revolucionar y después dominar. Y al final de esa idea: un mundo mejorado por las empresas mejoradas por los datos. Un mundo de mediciones que permitiera dar respuesta al usuario, en el que los programadores nunca dejaran de optimizar y los usuarios nunca apartaran las vistas de sus pantallas. Un mundo liberado de la toma de decisiones, de la fricción innecesaria de la conducta humana, donde todo —reducido a su versión más rápida, simple y aerodinámica— se pudiera optimizar, priorizar, monetizar y controlar”.

Y no quisiera adelantar mucho más. Valle inquietante es una lectura harto recomendable en la que resuena de fondo ese famoso aforismo de Sun Tzu: “Conoce a tu enemigo”. Sí, porque ninguna de estas empresas ni sus alegres aplicaciones son tus amigas. Todo lo contrario, simplemente buscan —aunque lo disfracen con mil y una ventajas— tu dinero, tenerte monitorizado y convertirte en un adicto/adepto. Si bien este estupendo libro de Anna Wiener no va a lograr destruirlas, creo que sí que invita al pensamiento crítico, al debate, a la reflexión y a darnos cuenta del uso inconsciente que hacemos de ellas.

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