La certeza desde la claridad

Por Carlos Jáuregui

La claridad - Editorial Páginas de Espuma

Autor: Marcelo Luján

Título: La claridad

Editorial y año: Páginas de espuma, 2021

En tiempos rebasados por discursos cambiantes e industrias plagadas de intrascendentes one hit wonders, siempre reconforta el tener alguna certeza literaria. La sexta edición (2021) del Premio Ribera del Duero nos entrega una constante y un ejemplo de curaduría y cuidado de textos; como antes ya lo había refrendado en años pasados, con la obra ganadora del mexicano Antonio Ortuño, La vaga ambición.

El ganador del presente año, Marcelo Luján (Buenos Aires, 1973), nos entrega en su obra seis relatos breves pero potentes, en los cuales destacan dos características principales: por un lado, una muy particular voz narrativa, contada desde un narrador que, como pitonisa, advierte y participa en el desenlace trágico e inevitable de sus personajes; y en otros, una primera voz homodiegética que nos arrastra a un lodazal de miedos y recuerdos fantásticos.  

La segunda característica es el perenne cariz y estado de suspenso –muy de la escuela norteamericana, con cierta similitud y a efectiva distancia de relatos de Carver o de Gass– que le imprime a cada narración emulando un incendio o llamarada, que se percibe primero en el aire. Aquí también el olfato y el presentimiento siempre adelantan a la vista.  

De este mismo modo narrativo norteamericano –sencillo, de poco diálogo y con mucha acción–, que explotaría el cine de terror moderno como en “Saw”, Luján retuerce también a sus personajes y lectores, sembrándoles duda y arrancándoles de tajo cualquier opción de redención o escape. Aquí, el verdadero ángel exterminador que el argentino refiere en uno de sus infaustos prefacios es en realidad el autor mismo; quien, como cruel titiritero, condena a sus personajes, forzándolos a caminar por el tablón sin ningún asomo de remordimiento.

En los relatos –aun imperando la violencia– hay poca sangre, que sólo está de pasada pues en realidad, el terror y el verdadero gore, se encuentra en el mundo interno de los personajes; los cuales nos confirman que no obstante la actual “moda” de denuncia, reflexión y movimientos sociales bien intencionados, el humano ha evolucionado poco: es débil, condenado y capaz de una crueldad y de violencia devastadora.

El autor abre cada relato con prólogos punzantes, tomados de textos de la Biblia y de canciones, con un tino incómodo a lo Miller o, para una referencia no literaria, de los Manic Street Preachers; que, junto a cada título, presagian toda la obscuridad que se nos viene encima.

Los relatos parten siempre desde una anécdota intrascendente como lo es trabajar en una veterinaria, una visita al campo o una jornada de trabajo, hasta llegar a lo más sombrío.

Quizá parezca excesivo, pero simplemente con los tres primeros relatos con los cuales el autor abre la obra ya son suficientes para incomodar y cambiar estados de ánimo de en el lector, lo cual es difícil de encontrar hoy día.

El primero “Treinta monedas de carne”, es un texto visceral en donde el rencor y el miedo van ebullendo dentro de una olla a presión. Aquí, el personaje principal salva su pellejo a costa de su propia humanidad, recordándonos que la capacidad de bondad en el ser humano es infinita, pero proporcionalmente igual a su capacidad de maldad.

Además, el relato lleva una importante carga social, que ofrece atisbos del corte de la novela Escupiré sobre vuestras tumbas de Boris Vian. Impacta también la maestría de Luján por sostener la tensión expuesta desde las primeras líneas hasta el atroz desenlace:

“Puede que haya sido la belleza. Con el crepúsculo y el aguijón siempre envenenado de los celos. O el atenuante que dan las más inesperadas oportunidades. Puede que haya sido apenas una comunión maldita de todos esos astros alineados para la desgracia. Sería imposible precisarlo. Lo cierto es que ahí van las dos…”

En “Una mala luna” un niño, desde el aprensivo y natural recuerdo de los siete años, relata la gradual caída al infierno de su hermana mayor; con la incomprensión y el abatimiento que genera ver a alguien estrellarse una y otra vez contra la pared. Una inocente partida de ouija y fenómenos sin explicación, dejan guiños de una fuerza ajena que quizá sea la que impulsa a Lu a autodestruirse; haciéndonos dudar si es que hay algo detrás de su propia voluntad. 

Dentro de los relatos, Luján es por igual firme y sutil al acusar la violencia machista que impera en el mundo: los personajes femeninos están siempre condenados a sufrir represalias; pues poseen un carácter secundario y victimista o de plano, son mujeres fatales con fuerza arrolladora, similar al resto de los demonios que las habitan.

“Una noche esplendida” entrega una historia ya muy contada, pero adecuada a la escasez y la insatisfacción actual. Víctor, un simple camionero asfixiado por el sistema, el trabajo y su familia, recibe el ofrecimiento de una salida fácil que, siempre conlleva pagar un precio. Su extraño benefactor le picotea la mente hasta que su decisión –jamás forzada, y con la que Luján aprovecha para condenar el carácter humano– es detonada en sí más por el rencor a su suegra que por la avaricia. El autor a lo largo de la ruta del viaje esparce sutiles detalles para presentarnos a aquel extraño que insiste en tomarle la mano de Víctor para cerrar el trato y condenarlo (el automóvil rojo y el lenguaje son guiños sutiles). 

En los tres relatos restantes, más de corte fantástico y algo más flojos, Luján se introduce de lleno al rango paranormal. Salvándose del cliché moderno de apariciones fantasmales y jóvenes vampiros, propone versiones modernas de aquellas historias que se comparten en las fogatas de campamentos –a lo Cuentos de la Cripta–; introduciendo elementos básicos del suspenso: gatos negros, ouijas y doppelgängers; que atormentan a sus personajes, quienes no tienen capacidad de reacción evidente, lo que hace que pierda el texto un poco de fuerza, pues los finales obvian la vuelta de tuerca tan bien entregada en los primeros.   

Un veterinario que recibe una maldición, la persecución etílica de un joven por alcanzar un amor imposible y el reencuentro de un familiar desde el más allá, están narrados de una manera sencilla, sin catarsis ni alegorías, y son simplemente historias bien contadas para quien disfruta del suspenso:     

En cuanto a la narración, Luján omite cualquier ralentización; siempre lleva un ritmo intenso, muy similar al hablar, en donde sólo pausamos los segundos necesarios para retomar aire y seguir, creando un efecto de montaña rusa, de mareo; con esa técnica que se utiliza en el cine británico –como en Trainspotting o Shawn of the Dead.

En la narrativa, el autor obvia descripciones cargadas o sobre impuestas, pero suficientes para redondear los personajes, que llevan una cierta significancia, pero no son relevantes, pues son simples arquetipos que sufren las desgracias o fortunas por el simple hecho de estar ahí en el momento preciso a la hora correcta o incorrecta, dependiendo.

“Y no sabe Astrid que sus ojos grises tienen un fulgor que solo conservan las personas a las que aún no les ha sucedido ninguna fatalidad. Eso no lo sabe.”

Sin pecar de descriptivo, Luján apunta lo esencial hacia los sentidos. Los relatos son acelerados y siempre en presente, excepto en ciertos brincos temporales necesarios para sostén del estado mental de los personajes y para mantener el suspenso. Los trasfondos y telones que presenta el argentino son si acaso suficientes para que el lector, a través de sus sentidos, se sienta algo atacado por la oscuridad, la noche y lo paranormal, como se hace evidente en el caso de Víctor (en el segundo relato), en donde el escozor que lo hace detenerse en el camino se presenta en forma de insectos que le hormiguean la piel.

El único asterisco que ponemos en la obra es que salta un poco a la vista que el texto sea inconstante en las reglas de puntuación, omitiendo signos o comiéndose comas necesarias; no por error, sino por inconsistencia. 

Pero dejando la forma aparte, en el fondo Luján va siempre sobre la línea del misticismo: del azar, de las funestas coincidencias y la insistencia por desvestir la fragilidad de la voluntad humana, son lo que hacen que nadie se salve en la obra. Inunda el texto con metáforas que muestran la inclinación del hombre a actuar contra aquello que la religión pregona contra su propia naturaleza (llamándose ira, envidia, lujuria, codicia o cualquier otro pecado).

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