¡No lean a David Toscana, nunca!

Por Carlos Jáuregui

En una breve y eufórica reseña a La ciudad que el diablo se llevó (Candaya, 2020) de David Toscana en http://www.goodreads.com, Guillermo Jiménez suplicaba, con fervor, que no leyeran al premiado autor neoleonés: “No lean a David Toscana. La verdad es que no lo merecen. Que nos lo dejen a nosotros, a los bastardos, a los miserables…”[1], prorrumpe en un enunciado quizá algo desproporcionado, pero entendible desde la licencia poética. Lo implora con el celo de quien se guarda la canica más preciada en el patio del colegio. Y algo tiene de razón puesto que cada entrega de Toscana ciertamente es un objeto valioso. 

Dentro de Olegaroy (Alfaguara, 2018) –novela acreedora del premio Xavier Villaurrutia en ese mismo año–, el escritor mexicano mantiene la línea narrativa en la que insiste a través de toda su obra: sencillamente el ¿qué es estar en el mundo? y el tratar de lidiar con ello; el ¿qué hacemos aquí? pero todo ello a través de seguir el recorrido que hace Olegaroy a lo Forrest Gump, en donde este robusto e insomne personaje es la fuente originaria de las más antiguas máximas filosóficas como la inexistencia del alma, la redundancia dentro del padrenuestro, la intrascendencia de la filosofía y la incapacidad de alcance de la palabra, bajo el humor socarrón y negro característico de Toscana:

“Olegaroy pensó en las artes literarias. Si el propósito era crear emociones a través de la palabra imaginada, una obra maestra sería llamarle a una señora para decirle que su hijo fue arrollado; o un patrón avisarle a su empleado que le triplicaba el sueldo.” 

A través del insomnio de Olegaroy, el alienado pensador sofista de corte del mítico Ignatius Reilly –ya que sus similitudes son palpables–, el autor intercala a la noche “en donde uno mismo suelta sus propios demonios”, axiomas filosóficos y disparates surrealistas con la misma punción de un chiste racista: en donde primero se suelta la carcajada para segundos después quedar pensando en lo escuchado. Toscana tiene la facilidad –y terquedad– de preguntárselo todo, de insistir siempre en la pregunta que nadie se quiere hacer, con reflexiones – en palabras de Rafael Ruíz Pleguezuelos– que juegan con lo banal y doméstico pero que verdaderamente remueven el pensamiento. 

La trama de la novela es muy sencilla: un alienado y mediocre “perdedor”, da seguimiento al violento asesinato de una joven en su ciudad y decide investigar el crimen por propia cuenta. Dejando de lado el surrealismo del robo del colchón de la víctima, hacerse pasar por el detective a cargo del caso, su impromptu en un partido de fútbol y la aparición de personajes tales como el Señor de las Úlceras, en realidad, todo ello es solo el escenario para que Toscana haga un acercamiento hacia la mortalidad y al determinismo con un humor incómodo, pero refinadamente burlón.

Las andanzas de Olegaroy sirven para que el autor dé atisbos de aquello que significa la noche, la soledad, la decadencia y el sinsentido de la vida misma.

El recorrido nocturno entre funerarias, parques públicos e iglesias es mero telón para formar el cuadro en donde Olegaroy, siempre acompañado de su monosílaba y cleptómana madre, su amigo matemático con aspiraciones de poeta, la prostituta venida a menos, el padre cuestionando su propia fe y el inspector a cargo de la investigación que no tiene por donde resolver el crimen, interactúe dentro de este sinsentido con cavilaciones se hacen cada vez más profundas:

“Eso es fácil –dijo la mujer –. Hasta veintidós puñaladas se dan por salvajada. De veintidós a cuarentaiséis por despecho. De ahí en adelante son celos… Sobre una mesa de centro yacía bocabajo un portarretrato. Lo levantó y descubrió un rostro que valía setenta cuchilladas. Sólo una mujer muy agraciada exhibe una fotografía de sí misma en una mesa de centro.”

Todos ellos, lo cuestionan todo. Todos llegan a una catarsis y a la vez, todos se mantienen iguales, cambiados, pero sin evolución y sin respuestas. 

¿Entonces, quién es Olegaroy?

¿Un sabio?, ¿un adelantado al futbol total de Cruyff, ¿precursor de la filosofía de Schopenhauer y de Wittgenstein?, ¿el más apto detective y profanador de cadáveres?, ¿el que creó la teoría de las causas últimas?, ¿el fundador de la escuela filosófica de La Academia Regiomontana de la Luna Llena?, ¿el hombre con la sensibilidad análoga a la de Van Gogh?, ¿o simplemente un insomne anónimo, desocupado y en completa inopia, que redacta apotegmas en cualquier trozo de papel que haya, que clasifica las muertes en su “Enciclopedia de la Desgracia Humana” y cuya única preocupación es lograr conciliar el sueño?

No tiene la menor importancia; lo relevante son los cuestionamientos que hace Toscana, la crítica al absurdo en que vivimos, a la sociedad y a la abstracción de la palabra, de la distancia que existe entre el hecho que pasa y lo que se dice –o escribe– de ello, la idea del mismo hecho.      

“Trescientos años había vivido la humanidad sin que le hiciera falta una solución viable al problema de Fermat, ¿pero qué persona bien nacida podría pasar más de una semana sin que se barriera el piso de su casa .” 

Desde una sarcástica tercera persona omnisciente, Toscana habla a través de los protagonistas –de voces simples y bidimensionales–, pues en todo momento es el autor quien está hablando bajo la interpretación de los actores, jugando con la narrativa y rompiendo inclusive la cuarta pared. Los diálogos tienen tintes absurdos y posmodernos de los Foster Wallace, de los Aira o de Beckett en Esperando a Godot, puesto que la aparición de los personajes y sus peripatéticas coincidencias alivian la carga de la densidad de materia en la que Toscana sumerge al lector; desde la madre, quien roba y clasifica canapés dentro de las funerarias, hasta su intercambio de vestidos de noche con la prostituta Salomé:

“A Antonia Crespo la imaginaba bella más allá de la propia belleza de sus veintitrés años. Sólo la hermosura podía inspirar cuarenta o cincuentaidós puñaladas. Si él mataba un día a su madre, lo haría con un golpe en el cráneo. Tal vez con una pata de mesa.” 

No es sorpresa que la obra del autor nacido en Monterrey en 1961 haya sido traducida a más de 15 idiomas y tenga reconocimiento de premios tales como José María Arguedas, Antonin Artaud, José Fuentes Mares y el premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska. Algo notable para un autor tan oculto de la enorme masa “lectora” actual; es por ello que Jiménez lo mima y lo quiere guardar para él. El laureado escritor causa este efecto en el receptor. Toscana no es fácil de recomendar, puesto que una lectura no entendida en realidad ofende, y esa falta es casi irreparable. Con muy pocos autores sucede esto.

Y es que Toscana es un filósofo que va a pie, no está encerrado citando ni predicando dentro de un aula o haciendo apariciones impuestas y arribistas en congresos. La filosofía no es una materia, es un pasaporte para pensar, él afirma. Lo que menos importa es la cita, sino lo que dispara dentro de la consciencia.

Toscana, a través de la voz de su ingenuo o mordaz personaje, acusa la distancia entre la cultura y el día a día:

“El punto débil de la filosofía, concluyó Olegaroy, era que pretendía adquirir el más elevado conocimiento con el mismo lenguaje que usaba una verdulera para platicar con un taxista”. 

Al referirse a su propia obra, el autor hace hincapié que simplemente escribir anécdotas no tiene sentido alguno. Afirma que el lector está acostumbrado a hacer sus propios cuestionamientos basado en los sucesos que le presenta la novela; en Olegaroy, su protagonista –un alter ego de Toscana– es quien hace disquisiciones, no para hacerle la tarea al lector, sino para darle un apoyo o “peldaño más” para referirlo a estos cuestionamientos. Olegaroy es simplemente un blasón en el cual convergen todos los aforismos filosóficos y las dudas del ser humano desde que inició la reflexión. Toscana utiliza la narración para salvaguardarlos y para resucitar las preguntas, solo para aquél que quiera escucharlas.

En el trágico y absurdo desenlace del muy discutido y olvidado “impío sofista regiomontano” que pasa desapercibida por la violencia y por el simple día a día es una advertencia que hace el autor respecto a la insignificancia de la vida misma; aquél pensante expira olvidado entre el ruido masivo de la imbecilidad. Y hasta un cierto grado, no es descabellado pensar en que quizá inconscientemente, Toscana se refiera a sí mismo y a los suyos, a los sabios que están dispuestos a revelar las verdades “mientras la masa de mediocres está roncando”.

Jiménez en su crítica tiene toda la razón, es muy cierto que no se merecen a Toscana, pero igual hay que entrarle y leerlo.


[1] https://www.goodreads.com/review/show/429397622

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