25 años del suicidio adolescente más famoso de la literatura

Por Aitor Romero Ortega

  • Título: Las vírgenes suicidas
  • Autor: Jeffrey Eugenides
  • Editorial: Anagrama
  • Lugar y Año: Barcelona, 1993

El lugar que Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960) elige para situar las peripecias de su primera novela es una pequeña ciudad de esa América indeterminada y vulgar, alejada del luminoso ideal neoyorquino (o californiano) así como de la épica salvaje del sur profundo de Faulkner y sus numerosos epígonos. Un paisaje más bien gris, anodino, deudor de esa mediocridad que los anglófilos denotan a la perfección con el término average, tan preciso, y cuya grandeza se funda en su absoluta falta de grandeza. Y es curiosamente en esa América monocolor, desprovista de todo heroísmo, donde se han enraizado algunos de los proyectos narrativos más estimulantes del realismo norteamericano de la segunda mitad del siglo XX. Es el país de Cheever y de Carver, y también el de Updike, y, hasta cierto punto, el de Lucia Berlin.

Eugenides coloca en el centro de su relato a las hermanas Lisbon, un grupo de cinco chicas que conforman lo que al principio podría parecer un conjunto indiferenciado de adolescentes entre 13 y 17 años cuyos rasgos y gestos solo se explican en perfecta sincronización de unas con otras, como si en todo momento estuviesen interpretando los movimientos previamente ensayados de una coreografía un tanto indolente. Cecilia, Lux, Bonnie, Mary y Therese: cinco adolescentes vigiladas y enclaustradas en el interior de una arquetípica casa con jardín por los designios del catolicismo intransigente de una madre paranoica. Después se agregan al relato otros elementos característicos de ese subgénero de la narrativa norteamericana, con ramificaciones propias tanto en el cine como en la literatura, que podríamos clasificar como “ficciones de instituto”. El propio instituto como espacio de confrontación con el mundo, los barrios residenciales, el baile, la mitología del coche, los previsibles ritmos de la ciudad de provincias, y la figura del joven rebelde y pasota como héroe definitivo.

En un principio podría pensarse que Eugenides ha escrito una novela que se sostiene en la repetición costumbrista de una mitología ya gastada, la de la vida juvenil en Estados Unidos tantas veces contada en sus diferentes épocas. Sin embargo, lo interesante en la novela de Eugenides es el uso de todos los elementos arquetípicos del género para construir una ficción muy personal. Podría echarse mano de la idea de parodia literaria, como el recurso que tiende a distorsionar levemente los rasgos característicos de un determinado género o cultura. Y en ese sentido Las vírgenes suicidas parece emparentada con películas como Juno o Ladybird o incluso American Grafitti, narraciones que parecen encuadrarse en el espacio reservado para las ficciones comerciales de instituto pero que enseguida se revelan como narrativas con distintos grados de complejidad. Entre los niveles de lectura existe sin duda una visión desencantada del fin de la adolescencia como estación final de la primera juventud que empieza a adentrarse en la hipocresía y en la mediocridad del mundo adulto. Algo que sin duda conecta a la novela de Eugenides con la obra de Salinger en ese espacio reservado para la angustia adolescente, que podríamos considerar como elemento central de cierto existencialismo norteamericano.

Tal vez el rasgo literario más característico de Las vírgenes suicidas y el que sostiene la novela entera en un notable ejercicio técnico de su autor, que consigue mantener la tensión de su apuesta a lo largo de doscientas páginas, sea esa voz narrativa en primera persona del plural, ese nosotros casi poético y siempre tan arduo, que por momentos remite a un indeterminado grupo de amigos, a una generación entera que recoge lo que sucede en una pequeña ciudad de la América profunda, como si el narrador fuese la voz mancomunada de todos los chicos adolescentes que un día estuvieron secretamente enamorados y fascinados por el misterio insondable de las hermanas Lisbon. No han faltado críticos que, ante el origen griego de Jeffrey Eugenides, apelaran al coro teatral de las obras clásicas griegas. El propio Homero muchas veces ha sido confundido con una multitud, como si su voz en lugar de la de un narrador individual encarnara la de un pueblo entero.

Se hace difícil no pensar en Las vírgenes suicidas como un relato clásico perfectamente encuadrado en un marco moderno y algo pop donde todos los elementos están perfectamente dispuestos. Un grupo de tristes sirenas en el que destaca Lux Lisbon, que ‹‹irradiaba salud y maldad››, la más bella y misteriosa de todas las hermanas, como motor de una historia en la que Eugenides renuncia desde el principio a la intriga, pero en la que a pesar de eso (o gracias a eso) consigue mantener al lector cautivo a través del estilo y la atmósfera. Y es en esa nostalgia de un relato que se cuenta años después, en la nostalgia irrecuperable de la juventud , y en el deseo de revisitar una y otra vez un trauma incurable, donde se sostiene ese canto de cisne que es Las vírgenes suicidas, una novela que conecta con lo mejor de la tradición narrativa estadounidense para renovarla.

 

Bio Aitor Romero

Querida Chris

Por Raquel Verdugo

  • Título: Amo a Dick (I love Dick)
  • Autora: Chris Kraus
  • Editorial: Alpha Decay
  • Lugar y Año: Barcelona, 2013

 

Querida Chris:

Todavía no sé muy bien de qué trata tu libro. Amo a Dick me confunde. Me pregunto si el atrevimiento de escribirle tropecientas cartas a un desconocido no fue más que una excusa para aceptar tu fracaso como directora de cine experimental. Y de una vez acabar con tu matrimonio. Pero si Amo a Dick fue un intento de emanciparte ¿por qué dedicarle trescientas páginas de reflexión y confesiones a un hombre?

El personaje de Chris Kraus que creaste para este libro participa al mismo tiempo en distintos niveles de inteligencia y estupidez. Sus divagaciones transversales abarcan desde emociones que podemos encontrar en una canción pop hasta complejas teorías en torno a la escritura y el significado de la identidad de género. Solo tú, querida Chris, eres capaz de romper el estereotipo de que lo íntimo no puede ser sesudo. Tu humor referencial es el cauce perfecto para que confluyan discursos tan distintos. Has inventado un nuevo género literario, el que resulta de mezclar rasgos de la novela clásica, la autoficción, la metanarración, el género epistolar y el diario. Me sigue perturbando una cuestión: ¿Por qué depositar en un hombre, que además representa a todos los penes, tu particular idea de la salvación?

Dick es el ideal insoportable de una vida mejor pero sin escrúpulos. Otras escritoras ya lo habían evocado antes que tú. El 6 de julio de 1995 cuentas cómo encontró Katherine Mansfield a su propio Dick, ese “oyente esquizofrénico perfecto” del que se enamoró a fuerza de narrarlo en su cuento Je ne parle pas français. Me viene a la cabeza Agnès de Catherine Pozzi, la novela en la que le escribe cartas a Dios para compartirle el amor que los hombres no sabrían apreciar. Para ti, Dick se convirtió en ese recipiente. Le dices: “Mientras tú escuchas no necesito aliento, aprobación, ni respuesta”. ¿Acaso somos adictas a ser escuchadas? ¿El silenciamiento histórico nos ha convertido en fanáticas de un interlocutor invisible?

Dick es un estímulo. Tú encuentras respuesta a las preguntas más complejas cuando te desdoblas. Le dices: “No hay forma de comunicarse contigo escribiendo porque los textos, como todos sabemos, se alimentan de sí mismos, se convierten en un juego”. La necesidad de ser escuchadas es, en realidad, la necesidad de configurar nuestros pensamientos con el fin de que existan y que su resonancia nazca en la realidad. El discurso del enamoramiento surge de la misma fórmula. De ahí que rescates esta cita de Ron Padgett que describe el enamoramiento como “el momento en el que la persona se muda dentro”. Hay un paralelismo entre la escritura y el amor. Ambos empujan a la persona a un estado de autoconsciencia brillante y, en la misma medida, inútil.

Adoro cómo te llamas “mala feminista” y etiquetas de la misma manera a distintas artistas que fueron censuradas porque hacían lo que les daba la gana sin atender a los parámetros del arte feminista de su época. Tu libro es un tratado sobre la contradicción. La máxima consecuencia de ser mala feminista es convertirse en una misma. Apenas escribo esta frase y me censuro. Quiero borrarla. Tal vez a todas nos habita una feminista que se está descubriendo y otra rigurosa que pretende saber lo que es correcto; una Katherine Mansfield y una Virginia Woolf. Le cuentas la historia a Dick:

“Katherine, se esforzó en Londres por ser la mejor amiga de Virginia Woolf, quien la odiaba porque Katherine era esa clase de imbécil-naif que los hombres de letras adoraban y defendían en detrimento de ella”. A mí también me habita una Katherine Mansfield (bastante menos sobresaliente), cuyo proyecto de vida es capturar sentimientos adolescentes, que siempre tropieza con una Virginia Woolf, ya sea interior o encarnada, que la reprende. En tu libro estoy a salvo porque has conseguido que un puñado de cartas sea el antídoto contra la culpa.

Eres experta en diferenciar a los académicos que tienen sensibilidad creativa de los artistas. Sin querer has hecho un retrato divertidísimo de la clase intelectual. Criticas a la novela moderna porque los autores masculinos persisten en contarnos su biografía y convierten al resto en personajes simbólicos para alivianar la carga de realidad. Tú te revelas frente al falocentrismo novelado y tomas identidades reales para conformar personajes complejos como Sylvère. Con Dick usaste la identidad de un desconocido para conformar a un juez ficticio proyectado a través de la idealización.

Pero Amo a Dick no es una simple recopilación de cartas, es un juego metanarrativo en el que te inventaste junto a tu esposo escribiendo un diálogo epistolar que terminarías por tu cuenta. ¿Cómo ordenaste tantos discursos? ¿Esperabas llegar a una verdad final o sólo pretendías postergarla? Me inclino por lo segundo porque en una ocasión le confesaste a Sylvère: “Ha de haber algo que una espere, si no, no voy a poder seguir viviendo”.

Yo creo que a nadie le importa no llegar a dibujar certeramente a Dick porque, querida Chris, tú lo ocupas todo y ya habiendo leído el libro varias veces ni siquiera me preocupa no saber de qué trata. No importa de qué trata la vida, lo único que importa (y tú me has animado a hacerlo) es atreverse a escribir, plasmar las contradicciones, revelar los terrenos más peligrosos de la imaginación, para seguir explorándonos.

Te quiere,

Raquel

 

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