¿Por qué dejar de hacer lo que sea que estés haciendo y leer cuanto antes a Cristina Morales?

Por Miguel Blasco

2e9ac80d43adb20cb6615409d8ed376c42a11158

 

 

  • Título: Lectura fácil
  • Autora: Cristina Morales
  • Editorial: Anagrama
  • Lugar y año: Barcelona, 2018 (Premio Herralde de novela)

 

Continuar leyendo “¿Por qué dejar de hacer lo que sea que estés haciendo y leer cuanto antes a Cristina Morales?”

25 años del suicidio adolescente más famoso de la literatura

Por Aitor Romero Ortega

  • Título: Las vírgenes suicidas
  • Autor: Jeffrey Eugenides
  • Editorial: Anagrama
  • Lugar y Año: Barcelona, 1993

El lugar que Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960) elige para situar las peripecias de su primera novela es una pequeña ciudad de esa América indeterminada y vulgar, alejada del luminoso ideal neoyorquino (o californiano) así como de la épica salvaje del sur profundo de Faulkner y sus numerosos epígonos. Un paisaje más bien gris, anodino, deudor de esa mediocridad que los anglófilos denotan a la perfección con el término average, tan preciso, y cuya grandeza se funda en su absoluta falta de grandeza. Y es curiosamente en esa América monocolor, desprovista de todo heroísmo, donde se han enraizado algunos de los proyectos narrativos más estimulantes del realismo norteamericano de la segunda mitad del siglo XX. Es el país de Cheever y de Carver, y también el de Updike, y, hasta cierto punto, el de Lucia Berlin.

Eugenides coloca en el centro de su relato a las hermanas Lisbon, un grupo de cinco chicas que conforman lo que al principio podría parecer un conjunto indiferenciado de adolescentes entre 13 y 17 años cuyos rasgos y gestos solo se explican en perfecta sincronización de unas con otras, como si en todo momento estuviesen interpretando los movimientos previamente ensayados de una coreografía un tanto indolente. Cecilia, Lux, Bonnie, Mary y Therese: cinco adolescentes vigiladas y enclaustradas en el interior de una arquetípica casa con jardín por los designios del catolicismo intransigente de una madre paranoica. Después se agregan al relato otros elementos característicos de ese subgénero de la narrativa norteamericana, con ramificaciones propias tanto en el cine como en la literatura, que podríamos clasificar como “ficciones de instituto”. El propio instituto como espacio de confrontación con el mundo, los barrios residenciales, el baile, la mitología del coche, los previsibles ritmos de la ciudad de provincias, y la figura del joven rebelde y pasota como héroe definitivo.

En un principio podría pensarse que Eugenides ha escrito una novela que se sostiene en la repetición costumbrista de una mitología ya gastada, la de la vida juvenil en Estados Unidos tantas veces contada en sus diferentes épocas. Sin embargo, lo interesante en la novela de Eugenides es el uso de todos los elementos arquetípicos del género para construir una ficción muy personal. Podría echarse mano de la idea de parodia literaria, como el recurso que tiende a distorsionar levemente los rasgos característicos de un determinado género o cultura. Y en ese sentido Las vírgenes suicidas parece emparentada con películas como Juno o Ladybird o incluso American Grafitti, narraciones que parecen encuadrarse en el espacio reservado para las ficciones comerciales de instituto pero que enseguida se revelan como narrativas con distintos grados de complejidad. Entre los niveles de lectura existe sin duda una visión desencantada del fin de la adolescencia como estación final de la primera juventud que empieza a adentrarse en la hipocresía y en la mediocridad del mundo adulto. Algo que sin duda conecta a la novela de Eugenides con la obra de Salinger en ese espacio reservado para la angustia adolescente, que podríamos considerar como elemento central de cierto existencialismo norteamericano.

Tal vez el rasgo literario más característico de Las vírgenes suicidas y el que sostiene la novela entera en un notable ejercicio técnico de su autor, que consigue mantener la tensión de su apuesta a lo largo de doscientas páginas, sea esa voz narrativa en primera persona del plural, ese nosotros casi poético y siempre tan arduo, que por momentos remite a un indeterminado grupo de amigos, a una generación entera que recoge lo que sucede en una pequeña ciudad de la América profunda, como si el narrador fuese la voz mancomunada de todos los chicos adolescentes que un día estuvieron secretamente enamorados y fascinados por el misterio insondable de las hermanas Lisbon. No han faltado críticos que, ante el origen griego de Jeffrey Eugenides, apelaran al coro teatral de las obras clásicas griegas. El propio Homero muchas veces ha sido confundido con una multitud, como si su voz en lugar de la de un narrador individual encarnara la de un pueblo entero.

Se hace difícil no pensar en Las vírgenes suicidas como un relato clásico perfectamente encuadrado en un marco moderno y algo pop donde todos los elementos están perfectamente dispuestos. Un grupo de tristes sirenas en el que destaca Lux Lisbon, que ‹‹irradiaba salud y maldad››, la más bella y misteriosa de todas las hermanas, como motor de una historia en la que Eugenides renuncia desde el principio a la intriga, pero en la que a pesar de eso (o gracias a eso) consigue mantener al lector cautivo a través del estilo y la atmósfera. Y es en esa nostalgia de un relato que se cuenta años después, en la nostalgia irrecuperable de la juventud , y en el deseo de revisitar una y otra vez un trauma incurable, donde se sostiene ese canto de cisne que es Las vírgenes suicidas, una novela que conecta con lo mejor de la tradición narrativa estadounidense para renovarla.

 

Bio Aitor Romero

Un buen libro para entrarle a Julian Barnes

Por Alejandro Espinosa Fuentes

  • Título: El ruido del tiempo
  • Autor: Julian Barnes
  • Editorial: Anagrama
  • Lugar y Año: Barcelona, 2016

 

Las novelas que retratan la vida de los artistas bajo un régimen totalitario prefieren tener de protagonista a un mártir. El heroísmo creativo enfrentado a la opresión oficial es un tema fructífero para la industria editorial y cinematográfica. Este no es el caso de El ruido del tiempo, la más reciente novela del escritor británico Julian Barnes (Leicester, 1946), la cual bosqueja la complicidad de uno de los más grandes compositores del siglo XX con el estalinismo.

Dimitri Shostakóvich tuvo la mala suerte de vivir en un régimen en el que sólo había dos clases de compositores: «los que estaban vivos y asustados y los que estaban muertos». Su destino pudo ser el mismo que el de Isaac Babel, Ósip Mandelshtam o Boris Pilniak, escritores exterminados por órdenes de Stalin, pero Shostakóvich optó por la supervivencia, que en su caso implicó atenerse a la censura, colaborar con los poderosos, denunciar a sus colegas y sobrellevar la culpa.

El ruido del tiempo, sin ser del todo una novela biográfica, representa por medio de fragmentos de prosa introspectiva la degradación de un espíritu mutilado. A los nueve años, Shostakóvich se sentó frente a las teclas de un piano y sólo entonces el mundo se volvió comprensible para él. Su tranquilidad se vería interrumpida un 26 de enero de 1936, día en que Stalin asistió a la representación de su Lady Macbeth de Mtsensk en el Bolshói de Moscú y condenó sus creaciones con una editorial aparecida en el Pravda.

A raíz de este incidente y hasta el final de sus días, el músico padeció amenazas e intimidaciones de parte del Estado. El retrato del protagonista no se limita a describir su faceta musical, también lo detalla desde la intimidad de un amante perturbado por el rechazo materno a todas sus parejas, de un esposo engañado y confundido y de un padre amoroso que no se atreve a castigar a sus hijos. ¿Para qué anticiparse si «el país entero era una celda de castigo»?

La escenografía soviética aparece como una orquesta de contradicciones, líneas jerárquicas descoyuntadas en las que cualquier funcionario puede ser fácilmente reemplazado por otro igual de cruel. Por su parte, Occidente tampoco significa la salvación, pues promete una libertad desdibujada que desmoraliza aún más al compositor. Reacio a las ilusiones, Shostakóvich descree del exilio y repudia a todo aquel que intenta convencerlo de escapar.

Al cuestionar la premisa leninista «el arte es del pueblo», Barnes reflexiona en torno a la creación sometida a lineamientos gubernamentales. Y sus argumentos  siguen vigentes en la actualidad. Si la creatividad es evaluada por burócratas, ¿cómo es posible producir un arte autónomo, original y rebelde? y ¿quién forja a los forjadores?

Shostakóvich encontró la respuesta en la ironía, pues la suya, más que la de un genio reprimido, es una historia de rebeldía sutil. De modo que el genio se atrincheró en una frontera humorística, imperceptible para sus censores. En contraposición al optimismo del proyecto soviético, disfrazó su pesimismo en notas que sólo un oído tan educado como el suyo podía interpretar.

Fiel a la atmósfera de la narrativa rusa, mediante situaciones que parecen sacadas de un cuento de Chéjov, y sin olvidar el permanente diálogo que ha establecido con la obra de Shakespeare, Barnes transcribe la asfixia del arte amordazado por la autoridad.

El contraste entre la algarabía de las dictaduras y el silencio de quienes las padecieron produce la metáfora que da título a esta novela: «El arte es el susurro de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo». Pero incluso la ironía tiene sus límites: «Por ejemplo, no podías ser un torturador irónico; o una víctima irónica de la tortura».

La estructura narrativa de El ruido del tiempo persigue ese instante en el que el artista toma una decisión irreversible y se confunde con el dúctil disfraz que durante tanto tiempo consideró una armadura. Se trata de una frontera tan significativa para el que la cruza, que ni siquiera el fin de la vida le propone una vía de escape, pues la memoria del mundo jamás olvidará la corrupción de su legado.

Éste es el segundo libro que publica Barnes tras el fallecimiento de su esposa, la agente literaria Pat Kavanagh. En el anterior, Niveles de vida, abordó esta pérdida y confesó haber contemplado la idea del suicidio en numerosas ocasiones. Es una suerte para los lectores que uno de los mejores narradores en lengua inglesa continúe escribiendo con la misma osadía, tan irónica e inclasificable.

Bio Alejandro Espinosa