¿Por qué dejar de hacer lo que sea que estés haciendo y leer cuanto antes a Cristina Morales?

Por Miguel Blasco

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  • Título: Lectura fácil
  • Autora: Cristina Morales
  • Editorial: Anagrama
  • Lugar y año: Barcelona, 2018 (Premio Herralde de novela)

 

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Buenos Aires se ve, tan susceptible

Por Miguel Blasco

  • Título: El año del desierto
  • Autor: Pedro Mairal
  • Editorial: Emecé Editores
  • Lugar y Año: Buenos Aires, 2005

No me atrevería a llamarlo exactamente una “tendencia”, pero sí que es cierto que de un tiempo a esta parte no paro de encontrarme novelas y cuentos de escritores argentinos en los que el telón de fondo es la destrucción completa o parcial de la ciudad de Buenos Aires, su deformación o su transfiguración más o menos aberrante.

El primer caso lo hallé en el fabuloso cuento Las cosas que perdimos con el fuego de Mariana Enríquez —que da nombre a su no menos fabulosa colección de relatos de terror—, un cuento oscuro, muy punk, en el que personas anónimas comienzan a prenderse fuego y a quemar también, de paso, la ciudad.

El segundo caso fue El aire de Sergio Chejfec, en la que el protagonista observa perplejo cómo las azoteas de la capital bonaerense comienzan a poblarse creando una especie de ciudad paralela en las alturas. Una variación inquietante la plantea Fogwill en su novela póstuma La introducción: Buenos Aires como una megalópolis pija llena de campos de golf, gimnasios, centros de belleza, donde, entre otras cosas, ha desaparecido misteriosamente la miseria.

Con El año del desierto, Pedro Mairal se lleva las palmas. Estamos ante una destrucción metódica, calle a calle, barrio a barrio. Un mapa que se borra. La premisa es sencilla: la intemperie —una misteriosa erosión que derruye todos los edificios que encuentra a su paso— está “subiendo” desde el sur de la provincia hasta la Capital. Lo que antes eran bloques de apartamentos, ahora es terreno baldío.

¿Y qué ocurre ante tal amenaza en una urbe de quince millones de habitantes? Se desencadena el caos. Un caos con ecos a Ensayo sobre la ceguera de Saramago que se desgrana o se refleja en una serie de peripecias personales y colectivas en la que los prejuicios prevalecen pese a que el mundo se desmorone.

La elección de una narradora muy cándida, María, responde a un doble propósito: la mayoría de las aberraciones las va a perpetrar el género masculino (María es testigo de su brutalidad y estupidez), y esa primeriza ingenuidad o candor va ir dejando paso, abyección tras abyección, a un nuevo espíritu cínico. Así, ciudad y protagonista se van desintegrando; arquitectura y moral se minan, reflejo de la atrocidad del hombre, que siempre es un lobo para el hombre.

Por suerte, Mairal nos da respiros. No es solemnemente sádico como Saramago en su fábula invidente, pues salpica el relato con toques de humor y fabulosos guiños literarios: ¡Aparecen por sus páginas los dos hermanos protagonistas del cuento Casa tomada de Cortázar!

La segunda parte de la novela ligaría mucho con La carretera de Cormac McCarthy, pura fantasía de peregrinaje post-apocalíptico con toques de western, pero Mairal le resta brutalidad o juega a un salvajismo menos áspero. Así, por ejemplo, se da el hallazgo de una arcadia feliz que nos viene a sugerir que, al final, los más felices no son los que más tienen, sino los que menos cosas necesitan.

El año del desierto es uno de esos libros cuya mayor falla es que en determinado momento se le pone punto final. Uno se encuentra tan a gusto en su lectura que podría seguir las peripecias de María indefinidamente.

¿Qué está pasando entonces con esta serie de narradores que se regodean en la destrucción de Buenos Aires? ¿Se anticipa la literatura a una catástrofe inminente? ¿O son más bien metáforas de la crisis, de la situación actual? Ahora que recuerdo, podríamos encontrar un referente a todo esto en la imaginación desbordante de César Aira, quién se ha encargado varias veces de destruir su ciudad natal, Coronel Pringles, o de asediarla por hordas de zombis y extraterrestres.

—¡Ah, pero Buenos Aires es tan “bescha” que la pueden destruir todas las veces que quieran!— concluye una amiga porteña y pronuncia “bella” a la manera en que sólo por esos lares saben hacerlo.

 

Miguel Blasco bio

Una novela perfecta

Por Alejandro Espinosa Fuentes

  • Título: Rabia
  • Autor: Sergio Bizzio
  • Editorial: El Cobre
  • Lugar y Año: Barcelona, 2004

 

Anoche soñé con una rata. Anoche terminé de leer Rabia del novelista argentino Sergio Bizzio. Conocí el libro en el stand de Argentina de la FIL del año pasado, y aunque no me alcanzaba para comprar esa bella edición de tapas duras, lo registré en esa listita portátil que llevamos todos los que frecuentamos las librerías de viejo.

La rata, la de mi sueño, se paseaba por el campo nocturno y yo tenía que dispararle a ciegas con una escopeta. No atinaba. Llegaba la policía. Ellos también querían capturarla, pero no me agradaba la idea de que fueran ellos quienes la liquidaran. La rabia me había poseído. La rabia es un proceso que nos posee conforme se suman los infortunios.

O eso le pasa al protagonista de esta perfecta obra. Perfecta, esa es la palabra. Me resultó muy curioso, en el stand de Argentina, leer en la contratapa un cumplido así de hiperbólico por parte de un lector tan severo como César Aira: “Rabia es la mejor novela que leí en los últimos años.” Por eso la registré, por eso la seguí buscando.

A los elogios generosos y más que merecidos también se sumó, en su momento, Rodolfo Fogwill: “Rabia es de una originalidad poco frecuente, una de las mejores y más verdaderas novelas de la última década.” Suscribo cada palabra.

Rabia es de una perfección irritante. En esta novela, incluso los pequeños deslices, que son dos o tres, reafirman una obra prodigiosa que tiene lo mismo de Kafka que de Italo Calvino, sin dejar de ser una obra endemoniadamente sencilla, pulcramente escrita, cómica, trágica, sentimental y habitable como las grandes novelas.

El protagonista de Rabia, José María, un albañil de carácter taciturno, estrecha una relación con Rosa, la criada de una mansión en decadencia. José María y Rosa hablan con sinceridad de temas frívolos, se cuentan perspectivas de la vida humilde, se revelan ingenuos o sabios, filosofan sobre interrogantes que a todos nos rebasan, o comparten con alegría su gusto por la música de Cristian Castro. El narrador es preciso en el lenguaje, los diálogos fluyen como las charlas insustanciales que tenemos con algunos amigos y que podríamos continuar, sin aburrirnos, hasta el fin de los tiempos.

La novela, en esta tónica, se encamina hacia un bonito romance palomero que podría agradar a algún lector, pero que jamás le llevaría a decir a César Aira que es la mejor novela que ha leído en los últimos años. Las etapas de esta obra fluyen cronométricamente de la comedia a lo trágico sin que el lector, ni siquiera el más académico y obsesivo, pueda entender cómo se torcieron los destinos de los personajes.

La envidia de la gente ociosa del barrio, gente racista, gente impulsiva, provoca que a José María lo despidan de la obra y que el protagonista asesine a su capataz. La genialidad del giro radica en que Sergio Bizzio, en vez de encaminar su narración hacia la fuga cómplice de los amantes, la condene a la mudez y al encierro. El albañil se esconde ahí donde sabe que nadie va a buscarlo, en la enormísima mansión en decadencia donde trabaja Rosa. Como artista del trapecio, José María se acopla a una vida herida e ignorada a la vista de todos.

El tema de la novela recuerda a la novela breve de Nabokov, El ojo. José María no interactúa con nadie ni siquiera con Rosa. Vive de las sobras de un hogar, a espaldas de la dinámica viciada que se produce en la mansión: abusos de poder, violaciones, conflictos maritales familias rotas.

Heredera de La invención de Morel y quizá deudora de algunos pasajes shakesperianos, Rabia encuentra su poética en la soledad. El albañil se confina a una vida aislada en la que se limita a desplazarse de un lado a otro, a leer de vez en cuando, a espiar las conversaciones y a monologar con una rata.

Más no puedo o no debo decir. No sé si algún día saldré de la grata sorpresa que me ha producido leer, después de tanto tiempo, una novela perfecta. Sin duda, Rabia, pone la vara muy alta para los libros que vengan a continuación y me hace reconsiderar la vaguedad de otras novelas a las que hice hasta lo imposible por verles el lado bueno.

Aún no conozco el resto de su obra, pero con ésta me basta para afirmar de una vez que Sergio Bizzio, en el panorama de la narrativa actual, es un autor que promete.

Bio Alejandro Espinosa